Publicidad:
La Coctelera

Categoría: China

Más Hong Kong, otro mundo

Con este post cierro el relato de mi viaje a China del pasado verano, ya veis que ha dado mucho de sí... Ya os dije en mi anterior post sobre Hong Kong que esta ciudad es otro mundo y hoy os explicaré por qué. Para empezar, aunque pertenece a China en realidad es como si fuera otro país, de hecho existe frontera y en el aeropuerto tienes que pasar la aduana y enseñar tu pasaporte. También la moneda es diferente: si en China es el yuan, aquí es el dólar de Hong Kong, aunque el valor de ambas es similar.

En cuanto entras ves que la gente es diferente, más educada que en China, no se te cuela e incluso te cede el paso. Los habitantes de Hong Kong se enorgullecen de su educación y su limpieza, aunque en parte se debe a las restrictivas leyes, ya que en Hong Kong está todo prohibido. No sólo se prohíbe fumar en lugares cerrados (como ahora en España) sino que, si tiras una colilla al suelo, la multa asciende a 300 euros. Todo está lleno de señales de prohibido y en nuestro segundo día en Hong Kong lo sufriremos.

Se me ha ocurrido ir a la playa, algo inédito en nuestros viajes a Asia, pero posible en esta increíble ciudad. Al otro lado del centro y del Victoria Peak al que subimos ayer, hay playas, así que cogemos un taxi para que nos lleve a una. Nos quedamos en Deep Water Bay, la playa que acabáis de ver. El bicho negro que hay a la derecha en la foto anterior no es una hormiga, sino una mujer tapada completamente. No es que lleve burkini, como en los países árabes, no se cubre por tema religioso, sino para que no le dé el sol. En Asia la piel blanca es sinónimo de belleza, así que las chinas evitan que les dé el sol, no sólo con sombrillas sino con todos los medios a su alcance... Nosotros al ver a esta mujer, evidentemente, nos quedamos a cuadros.

Pero no es esto lo único que nos sorprende en nuestra visita a la playa de Hong Kong. Las boyas rojas y la corchera amarilla y negra que cierran la zona de baño no son para evitar que entren las barcas, sino los tiburones. Para colmo, en la playa está prohibido fumar, aunque sea un lugar al aire libre. Así pues (tened en cuenta que el verano pasado yo aún fumaba) tenemos que subir hasta la carretera, donde hay un gran cenicero, para fumar un cigarrillo... Desde luego, la experiencia es surrealista pero interesante, así pasamos la mañana hasta que abandonamos la playa y cogemos un autobús que nos lleva al cercano pueblo de Stanley. Allí visitamos un turístico mercado y después comemos en un agradable restaurante de dim sum.

Después regresamos a la ciudad de Hong Kong en un autobús de dos pisos, otra herencia británica de esta excolonia que nos traslada a Londres, aunque no por las vistas. De camino atravesamos la playa más famosa de la zona, que veis en la siguiente foto. Se llama Repulse Bay, que en español sería algo así como "bahía repulsiva", una especie de Benidorm local con gigantescos rascacielos de futuristas formas. Por fin llegamos a la ciudad y la entrada no puede ser más impresionante: vemos un enorme cementerio bajo elevados edificios que parecen emerger de la selva. De pronto, nos sentimos inmersos en el bullicio de la gran ciudad, atrapados por el tráfico y los rascacielos que lo cubren todo y no dejan ver más allá...

El autobús nos deja en Hong Kong Central, en pleno corazón de la ciudad financiera. Durante un rato volvemos a disfrutar de las sensaciones que ya vivimos ayer. Cruzamos las calles sobre modernas pasarelas que cominican entre sí los elegantes rascacielos. Los brillantes edificios se reflejan unos en los otros, consiguiendo imágenes únicas, de ciencia-ficción, que nos trasladan a otro mundo. Y es que esta ciudad no es otro mundo, sino muchos mundos. Diferentes mundos que a veces se mezclan entre sí, pero otras veces se separan en distintas alturas, compartiendo un mismo espacio pero a distintos niveles, sin mezclarse.

Cogemos el metro para volver a Kowloon, al hotel, porque esta noche queremos aprovechar para salir. Saldremos por el SoHo (South Hollywood Street), la zona más marchosa de la ciudad, llena de caros restaurantes y garitos de copas donde se mezclan los expatriados. los turistas, los locales, los ejecutivos de paso y los inmigrantes. Una mezcla que representa la sociedad multicultural de esta ciudad internacional, donde conviven muchas etnias y muchos mundos. Cuando salimos del metro nos encontramos un Kowloon que no conocíamos, otro mundo comercial lleno de gente y tiendas, pero estamos cansados y decidimos dejar esta zona para mañana, para las últimas compras. De camino al hotel pasamos junto a una peluquería canina, ya os conté que en China están de moda los perros, pues en Hong Kong parece que más aún...

Nuestro último día permanecemos en la zona continental y no cruzamos a la isla de Hong Kong, ni en ferry, ni en metro, ni en taxi por el túnel. Recorremos la zona comercial de Kowloon, un conjunto de calles llenas de tiendas y puestos, un enorme mercadillo con calles especializadas en todo tipo de mercancías. Comemos en una especie de fast-food chino situado en un primer piso, rodeados de gente por todas partes. Acabamos en un centro comercial colosal, que ocupa un rascacielos entero, en cuyo interior hay una escalera mecánica de proporciones de vértigo. Un perfecto resumen de esta ciudad de récord, que compite continuamente consigo misma por lograr nuevas marcas. En lo alto de la escalera gigante comienza una espiral interminable...

Es en lo alto de esta espiral, llena de tiendas de todo tipo, donde de nuevo nos trasladamos a otro mundo, en este caso a la capital nipona, mi amada Tokyo. Estamos ya en septiembre y los colegios han empezado, nos rodean montones de grupos de colegialas con uniformes imposibles y bolsos talla XL, que parecen salidas de un manga japonés, incluso nos saludan con los dedos como en aquel país. Yo no puedo parar de perseguirlas con mi cámara, me invade un momento Charlitorialist que me acompaña hasta la calle, hasta que salimos del centro comercial y vuelvo a la realidad.

Paseamos hacia la costa y llegamos a un icono de la ciudad: el Hotel Peninsula, sinónimo del lujo en Hong Kong, donde tantos famosos se han alojado desde hace siglos. Aunque le ha crecido un moderno añadido, sigue conservando el encanto de antaño. Entramos en su famoso café, pero me tengo que conformar con hacer una foto porque hay cola para sentarse, supongo que se ha convertido en reclamo turístico. En las galerías podemos disfrutar de los escaparates de todas las marcas de lujo, que tienen aquí sucursal, aunque no son las únicas de esta zona llena de tiendas de lujo.

Seguimos caminando y, cuando empieza a atardecer, llegamos a la Avenida de las Estrellas, un paseo marítimo ganado a la Bahía, dedicado al cine de Hong Kong. Esta industria tiene gran importancia aquí, gracias sobre todo al mítico Bruce Lee, que tiene aquí una estatua que se recorta frente al skyline de Hong Kong. También tiene una estrella con su nombre en el suelo, al igual que otros ídolos del cine local como Jackie Chan o el director Won Kar Wai. El paseo es agradable y la vista preciosa, aunque la neblina impide apreciarla con nitidez. Un curioso barco navega ante nosotros y termina de trasladarnos al fabuloso mundo del cine. Dedico estas fotos a mi amigo Natxo, mi fiel lector y fan del actor que veis a continuación.

Cierro este post con un par de imágenes más, con la nostalgia del que llega al final de un viaje, en este caso de mi viaje a China del pasado año. Viajar es recorrer mundo y conocer mundos, en esta cosmopolita ciudad he podido hacerlo. Acabo con una breve incursión en el mundo de la moda, y es que en el enésimo centro comercial de la ciudad, en un bello paraje plagado de tiendas de lujo (a continuación podéis comprobar que no mentía, que aquí abundan) hay una novia y un novio posando. Pensaréis que es una pareja de novios haciéndose fotos el día de la boda, pero os aseguro que no es así por la parafernalia (cámaras, estilistas y demás) que hay alrededor. Bueno, en mis fotos no se ve esa parafernalia, así que os podéis quedar con estas tiernas imágenes llenas de amor y delicadeza que me sirven para poner un bonito punto final.

Hong Kong, la ciudad vertical

El pasado verano viajé a China y después os conté detalladamente mi viaje en este blog, pero se me quedó pendiente la última etapa. Ya os dije que no me importaba, porque se trata de Hong Kong, que es otro mundo. Tras pertenecer al Reino Unido durante más de un siglo, esta increíble ciudad volvió a manos chinas en 1997, pero las diferencias con el resto del país siguen siendo enormes. Se dio un plazo para que los ciudadanos de Hong Kong se adaptaran a las leyes chinas, pero está sucediendo lo contrario: el país está evolucionando a pasos agigantados y el resto de ciudades cada vez se parecen más a esta urbe, internacional y comercial como pocas en el mundo. En cuanto llegamos salimos a la calle para impregnarnos de esta cosmopolita ciudad y nos topamos con puestos de comida que nos llaman la atención. Estamos de nuevo en el Sur de China y ya os dije que aquí se come de todo, pero no nos atrevemos a probar estas gigantescas orugas.

Nuestro hotel está en la península de Kowloon, la parte continental de esta ciudad tropical situada en un bello paraje natural. Caminamos hacia la costa para cruzar hacia la isla de Hong Kong, donde se sitúa el centro de la ciudad. El espacio aquí es un lujo, pues es muy limitado y en gran parte está ocupado por el mar y las montañas, así que hay que constrir hacia arriba. Los rascacielos gigantescos como el que habéis visto crecen por doquier, ahora también en la península. Por fin llegamos hasta la costa y vemos ante nosotros, entre la niebla matinal, el famoso skyline de la isla de Hong Kong. Para cruzar hasta allí cogemos el viejo Star Ferry, que hace la misma ruta desde hace siglos. El trayecto es fantástico y extraño, pues la vista desde el viejo barco es futurista, tanto si miramos hacia delante como si fijamos la mirada en lo que dejamos atrás: junto a los cruceros que abundan en el puerto vemos la torre más alta de la ciudad, que se alza en Kowloon y ha superado a todos los rascacielos de la isla de Hong Kong.

El ferry nos deja justo en el centro de la ciudad, donde las grúas ganan terreno al mar una vez más, ya os he dicho que aquí el espacio es un lujo. De inmediato comprobamos que esta ciudad es diferente a todas las que hemos conocido, pues existen varios niveles superpuestos de circulación, como en la película Blade Runner. Por abajo circulan los coches, los autobuses de dos pisos y los tranvías (también de dos pisos, la primera vez que los veo). Por encima de las calles sobrevuelan pasarelas que comunican todos los edificios importantes del centro, por donde circulamos los peatones sin necesidad de cruzarnos con el tráfico rodado. Así cruzamos el centro, desde que desembarcamos del ferry, atravesando edificios de oficinas y centros comerciales, sin pisar el suelo. De pronto este suelo comienza a ascender porque las montañas están pegadas al centro, así que la pasarela peatonal se convierte en el mayor sistema de escaleras mecánicas del mundo. Ascendemos por las escaleras cubiertas hacia la parte más alta de la ciudad, entre impresionantes rascacielos.

Llegamos hasta lo más alto de la escalera mecánica, pero aún no hemos terminado de subir en esta ciudad vertical. Aquí abundan los parques y produce vértigo ver los gigantescos rascacielos residenciales que ascienden sobre los bosques frondosos, en plena ladera de la montaña. Caminamos un rato hasta llegar al viejo funicular que nos llevará hasta la cumbre de Victoria Peak, el monte más elevado de la isla, que domina toda la ciudad desde sus 500 metros de altura. El ascenso por la empinada ladera en el viejo vagón también resulta vertiginoso, una increíble experiencia en este día tan cargado de sorpresas.

En cuanto llegamos arriba vemos que el ascenso ha valido la pena, pues la vista es espectacular. Pocas ciudades del mundo pueden ofrecer un panorama como este, resulta extraño ver tantos rascacielos desde arriba, toda la ciudad a nuestros pies. Como siempre ocurre aquí, la elevada humedad produce niebla, lo que hace que la vista no alcance hasta muy lejos. Por eso los rascacielos se pierden en la neblina y no en el horizonte, es imposible verlos todos, pero es que hay tantos... Tampoco alcanzamos a ver muchas islas, aunque son centenares las que componen el archipiélago que nos rodea. Como no podía ser de otra manera, junto al mirador y la estación del funicular, en lo alto del monte hay un gran centro comercial para los turistas que suben hasta aquí. En él, además de tiendas, hay un museo de cera de Madame Tussaud's. No entramos al museo, pero en la puerta hay un par de figuras de cera que me dan pie a un par de fotos: en la primera, peleo con el mítico Bruce Lee, en la segunda una familia posa con la estatua de una famosa actriz local.

Bajamos de nuevo en el funicular hasta el centro de la ciudad y nos vemos rodeados de algunos de los rascacielos de oficinas más altos y famosos del mundo. En las siguientes fotos vais a ver, en primer lugar, las brillantes torres gemelas Lippo Towers. A continuación, el edificio Citi tras una sinuosa pasarela que hace juego con su elegante fachada. Después veréis, tras la cúpula del Ayuntamiento de la ciudad, el Two International Finance Centre, que fue durante años el edificio más alto de Hong Kong hasta que, el pasado año, se culminó la torre de Kowloon que le ha quitado el título. En la cuarta foto vais a ver, en una curiosa perspectiva, dos de los edificios más emblemáticos de la ciudad: a la derecha, el HSBC de Norman Foster, que supuso una revolución cuando se construyó, y a la izquierda el Bank of China de Ieoh Ming Pei (el arquitecto de la Pirámide del Louvre) que presenta una de las siluetas más originales del skyline. Me abruma verme rodeado de edificios tan hermosos, que ya están en la historia de la arquitectura contemporánea.

A continuación vais a ver una foto que resume el espíritu del centro de Hong Kong: las grandes tiendas de marcas de lujo y el reflejo de los rascacielos de oficinas en las fachadas de cristal. Desde aquí nos dirigimos hacia la zona de Wan Chai, más popular, multitudinaria y comercial. Las calles se llenan de mercadillos donde podemos comprar cualquier cosa, mientras las grúas construyen sin parar, cambiando el carácter del barrio. Los viejos edificios son demolidos para dejar su lugar a modernos rascacielos, cada vez más altos y estrechos, con el fin de aprovechar al máximo el espacio en esta zona tan céntrica y cotizada.

Cogemos el ferry de vuelta a Kowloon en el embarcadero de Wan Chai a las ocho de la tarde, justo cuando comienza el espectáculo de luz y sonido más famoso del mundo. Cada día, durante media hora los rascacielos de la isla de Hong Kong compieten con los de Kowloon en un increíble espectáculo que llena la Bahía de Victoria de luces, rayos láser y música. Es un privilegio disfrutar de este show desde el ferry, aunque por desgracia no puedo hacer buenas fotos por culpa del movimiento del barco. A continuación veréis algunas ímágenes, pero os aseguro que la realidad es mucho más impresionante, así que os recomiendo disfrutar de este espectáculo si alguna vez en la vida tenéis la oportunidad.

De vuelta al hotel por las calles de Kowloon, hago fotos de los letreros luminosos que iluminan la noche de esta ciudad que nunca duerme. La que vais a ver a continuación me sirve para poner el punto final a este post. Volvemos arrastrando los pies, agotados tras esta dura jornada, pero aún nos quedan un par de días en Hong Kong. Tendré que dedicar otro post a esta ciudad y a sus habitantes, pues aún me quedan muchas cosas curiosas que compartir con vosotros. Pronto os traeré más fotos y más recuerdos.

El embrujo de Shanghai

Nuestro viaje a China da un giro radical, del campo a la ciudad, de Yangshuo a Shanghai. La ciudad por excelencia, la mayor de China y una de las más pobladas del mundo, con más de 20 millones de habitantes. Una urbe impresionante y resplandeciente, con autopistas elevadas y bosques de rascacielos que se pierden en el horizonte. Shanghai tiene una historia corta pero intensa, en la que ha sufrido importantes transformaciones. Cosmopolita como pocas ciudades, hace ciento cincuenta años comenzó a atraer a los franceses, ingleses y japoneses, al calor del comercio de su importante puerto internacional. Llegó a conocerse como la Puta de Oriente (gracias al juego, las drogas y la prostitución) y pasó décadas sumida en un declive que parecía imparable, durante la dictadura comunista más cerrada.

En los últimos años, con el cambio radical que ha sufrido China, Shanghai ha recuperado su pujanza y ha vuelto a ser conocida como la Perla de Oriente. Todo comenzó hace veinte años, cuando el nuevo gobierno creó una zona especial en Pudong, al otro lado del río Huangpu que cruza esta ciudad. Allí donde entonces sólo había arrozales y pueblos de pescadores, hoy ha crecido el centro financiero de primer orden que habéis visto en la primera foto. Disfrutamos de la vista de este espectacular skyline entre la niebla desde el Bund, el paseo más famoso de la ciudad. Un privilegiado mirador que nos permite admirar el contraste entre los modernos rascacielos del otro lado, construidos hace una década, y los monumentales edificios del Bund, construidos hace un siglo. Parece que el río separe dos ciudades y dos momentos de la historia.

Dejamos atrás la monumental fachada fluvial que es el Bund y nos internamos en la ciudad por Nanjing Road, la calle comercial por excelencia de Shanghai. Una vía peatonal ancha y larga, flanqueada por centros comerciales de todo tipo y recorrida por una multitud de chinos y extranjeros. En esta zona se mezclan los edificios más modernos con otros más antiguos, pero igualmente imponentes, dando lugar a curiosos contrastes. Llegamos a la Plaza del Pueblo, un nombre muy apropiado para la zona verde que se considera el centro de la ciudad. Tras el moderno monumento, al fondo a la izquierda, veréis un rascacielos con forma de cohete: es Tomorrow Square, uno de los edificios más emblemáticos de Shanghai. Como podéis ver, en esta zona del centro de la ciudad también abundan los rascacielos, no sólo en el área de Pudong.

Nos sumergimos ahora en el barrio llamado Concesión Francesa, un oasis en pleno centro de Shanghai. Una amplia zona de casas bajas que nos traslada a cualquier ciudad europea. Calles apacibles y arboladas donde circulan bicicletas y viven muchos expatriados, que han venido a la ciudad a hacer negocios o trabajar en la Expo 2010. Aquí se respira un ambiente más tranquilo, alejado del ajetreo del centro. Vemos familias europeas paseando con sus niños, comprando en tiendas pijas o comiendo en restaurantes internacionales. Afortunadamente, nosotros encontramos un encantador restaurante chino donde probamos la deliciosa gastronomía local, que siempre nos sorprende. Después seguimos paseando por este agradable barrio, donde comprobamos de nuevo que la siesta es un deporte que los chinos practican en cualquier lugar.

Ahora cogemos el ultramoderno metro de Shanghai para llegar, cruzando bajo el río, hasta Pudong. Salimos a la superficie a los pies de los dos rascacielos más altos de la ciudad, que podéis ver a continuación. En primer plano veréis la torre Jing Mao, que fue la más alta de Shanghai hasta que, recientemente, se concluyó la que veis detrás: el Shanghai World Financial Center (SWFC). Nos disponemos a subir hasta lo más alto de este rascacielos que, como veis, presenta una curiosa forma de abrebotellas. En los proyectos iniciales el hueco superior era de forma circular, pero los habitantes de Shanghai vieron en ese círculo la bandera de Japón (la empresa promotora del edificio era japonesa) y finalmente se cambió para no herir susceptibilidades. Nos rodean rascacielos recién construidos por los cuatro puntos cardinales.

Nos acercamos al SWFC y lo vemos de perfil, ahora parece otro edificio como podéis apreciar a continuación, se ve puntiagudo y ha desaparecido el hueco trapezoidal que lo culmina. Por fin entramos y pagamos un dineral para subir hasta el mirador más alto, situado justo encima de ese hueco, a casi 500 metros de altura. Previamente hemos de esperar varias colas y subir, rodeados de turistas, en ascensor y escaleras mecánicas. Visitamos primero el mirador inferior, situado bajo el trapecio y más amplio, pero la emoción está en el superior: una pasarela con suelo de cristal sobre el vacío, que produce vértigo. Ya ha anochecido y las vistas son espectaculares, a nuestros pies millones de luces iluminan esta gigantesca ciudad.

Tras esta impactante y vertiginosa experiencia, bajamos de nuevo hasta pisar tierra firme. Ante nosotros se alza, iluminada en brillantes colores, la torre Perla Oriental, otro de los edificios más característicos de Shanghai. Una riada de gente lo inunda todo y disfruta del espectáculo de las luces de la ciudad. Porque al anochecer Shanghai se transforma en una ciudad-espectáculo, una especie de parque temático invadido por los turistas. Nosotros nos impregnamos de este sentimiento y decidimos volver al Bund utilizando el túnel panorámico, una especie de atracción que parece sacada de una película de James Bond de los años 70. Viajamos en una cabina acristalada rodeados de luces de colores, música y sonidos inenarrables.

Cuando llegamos al Bund casi no cabemos, de la cantidad de turistas que se amontonan tratando de fotografiar el panorama más codiciado: el skyline de Pudong (la zona de la que venimos) iluminado en mil colores es una postal obligada. A continuación la podéis ver, con las torres que ya os he mostrado (la línea vertical azul del fondo es del SWFC, al que hemos subido). Tras nosotros y la muchedumbre, los elegantes edificios del Bund también aparecen iluminados, en una estampa que compite en belleza con la que vemos enfrente. Es el delirio absoluto, donde los turistas chinos y extranjeros peleamos por encontrar un hueco para conseguir la mejor foto, mientras otros hacen lo mismo desde los barcos que surcan las aguas del río.

Nuestro segundo día en Shanghai lo dedicamos íntegramente a visitar Expo 2010, como ya os conté en otro post detalladamente. Esta exposición universal ha sido la excusa para limpiar la ciudad, que tras una dura labor de varios años ahora luce resplandeciente. En nuestra última mañana en Shanghai nos disponemos a visitar la zona que nos queda: la ciudad antigua. Creíamos que no había nada antiguo aquí, pero nos equivocamos. Vamos paseando entre viejas casas por calles que conservan el auténtico sabor de la China tradicional, a la sombra de los rascacielos residenciales que amenazan su existencia. Como es habitual aquí, poco a poco todo se transforma en un gigantesco centro comercial, lleno de tiendas de recuerdos de todo tipo y atracciones de feria que parecen sacadas de una vieja película.

Por fin, en el centro de este gigantesco bazar, encontramos el embrujo de Shanghai. Se trata de los jardines de Yuyuan, un maravilloso paraje escondido entre tanta aglomeración, absorbido por la urbe que ha crecido alrededor. Construidos originariamente en el siglo XVI y restaurados varias veces, son prácticamente el último vestigio de la jardinería de la dinastía Ming. Tenemos que verlos rodeados de montones de turistas, sobre todo japoneses, pero podemos disfrutar de la belleza de sus rincones, sus estanques llenos de voraces carpas anaranjadas y sus elegantes pabellones. Un auténtico laberinto de pasadizos entre rocas calizas decorativas, cascadas y puentes, kioskos y detalles que llaman nuestra atención. Como los dragones negros que coronan los muros blancos que rodean el jardín, o las delicadas figuras sobre los tejados.

Al salir de estos preciosos jardines nos encontramos con la casa de té de Huxinting, que vais a ver a continuación. Es la más antigua de Shanghai y una de las más famosas de toda China. Está construida sobre un estanque y por eso sucede lo que veréis en la foto: el calor evapora el agua y forma una neblina, así que parece que la casa flota sobre las nubes. Es una visión mágica y evocadora que sirve para poner fin a este recorrido por la ciudad de Shanghai, una gran urbe llena de contrastes y sorpresas. También pone fin a mis posts por este año 2010, aunque me queda la última etapa de mi viaje a China. No me importa que se quede para otro año, porque se trata de Hong Kong y, aunque pertenezca a China, en realidad es otro mundo.

 

Yangshuo, de paraíso a infierno

Comienzo este post en el mismo lugar donde acabó el anterior. Estamos en Yangshuo, una turística localidad de 300.000 habitantes, que en China se considera un pueblo pero en España hay ciudades con menor población. Empieza a atardecer en la orilla del río Li y ha desaparecido el ajetreo de barcos que había por la mañana. Ahora los vecinos y los turistas, la mayoría chinos, se acercan hasta aquí para pasear, bañarse o refrescarse. Si me abstraigo de la multitud, consigo encontrar algunas imágenes románticas y bucólicas, bajo las imponentes montañas calizas que dominan el horizonte.

Paseamos ahora por la Calle de los Extranjeros, sin duda la más turística y transitada del pueblo. Se trata de una vieja calle empedrada, rodeada de antiguas y típicas casas, hoy reconvertidas en tiendas, bares y discotecas. Un centro comercial peatonal donde podemos encontrar todo tipo de mercancías y ver cómo trabajan los artesanos. En plena calle, una chica teje con un telar mientras, un poco más allá, una mujer extrae la seda de los capullos y la extiende para que se seque. Comienza a anochecer y se encienden las luces de colores de esta calle, que poco a poco se va animando.

Entramos en varias tiendas, una de ellas  atendida por las dos preciosas hermanas que vais a ver a continuación. En este pueblo hay gran variedad de razas mezcladas, pues en él conviven multitud de nacionalidades desde hace tiempo. Seguimos caminando por esta turística calle cada vez más llena de gente, menos mal que nos sentimos igual de seguros que en cada rincón de China. Buscamos un restaurante para cenar y finalmente encontramos uno donde probaremos el plato típico local: pescado del río Li a la cerveza. Desde nuestra mesa, en la terraza de un primer piso, la vista de la calle atestada es impresionante.

A la mañana siguiente, subimos a desayunar al comedor del hotel, que se  ubica en el ático. Desde la azotea disfrutamos de la maravillosa vista del pueblo, con sus casas blancas asomando entre los picos calizos y la verde vegetación. El tiempo es espléndido y el día nos parece perfecto para lo que tenemos en mente: alquilar bicicletas para recorrer los hermosos alrededores del pueblo. Primero nos hacemos con un mapa que nos dará más de un quebradero de cabeza, después nos subimos a las bicis y empezamos a pedalear.

En cuanto logramos dejar atrás el pueblo vemos que la idea de las bicicletas ha sido buena, mejor aún, fantástica. La experiencia de recorrer la campiña, ver los verdes arrozales, los campesinos trabajando... es inolvidable. Por fin nos sentimos inmersos en esa China rural que tanto anhelábamos, lejos de las trepidantes ciudades actuales, anclada en el pasado, apacible y sin prisas. Por culpa del mapa nos perdemos y pedaleamos más de la cuenta, pero al final nos alegramos. Gracias a esos kilómetros de más, descubrimos paisajes maravillosos y cruzamos aldeas semiabandonadas, que me recuerdan a mi infancia.

Pedaleando por este paraíso, después de dar un largo y agradable rodeo, conseguimos llegar al destino que nos habíamos marcado: la Montaña de la Media Luna, cuyo nombre comprenderéis en cuanto la veáis. Se trata de un espectacular arco natural de roca en lo alto de la montaña. El hueco parece una media luna y cambia de forma según la perspectiva. Estamos ya en plena ruta turística y por aquí abundan las atracciones de todo tipo: picos curiosos, árboles gigantes, ríos y barrancos, algunos verdaderos y otros falsos. También hay varias cuevas y visitamos la primera que nos encontramos: la Cueva del Dragón.

Visitamos la cueva en grupo, rodeados de chinos, así que no entendemos las explicaciones de la guía en su idioma. Tampoco hay mucho que entender y nos deleitamos con las curiosas estalactitas y estalagmitas, las gigantescas columnas y formaciones curiosas (todo profusamente iluminado y multicolor, como ya hemos visto que es norma en este país). Recorremos parte de la cueva en barca, navegando por ríos y lagos subterráneos, el resto del entretenido paseo lo hacemos a pie. Salimos por la puerta del dragón que da nombre a la gruta y cruzamos centenares de puestos para turistas (otra norma china), subimos de nuevo a las bicis y pedaleamos hasta el río Yulong, donde encontramos un agradable lugar para comer. Comemos al aire libre, junto a este hermoso río donde los turistas chinos vienen a navegar en balsas y hacer batallas de agua: se mojan unos a otros con todo tipo de artilugios inventados a tal efecto.

Tras la agradable comida montamos en las bicis para volver a Yangshuo y, tras pedalear un rato, es cuando el paraíso se transforma en infierno, pero no de fuego sino de agua. De repente, sin previo aviso, comienza a llover con una fuerza indescriptible. La tormenta monzónica nos pilla desprevenidos en mitad de la carretera, en medio del campo, de la nada. No podemos avanzar y no hay nadie alrededor, nos refugiamos bajo un árbol pero no sirve de nada, estamos calados hasta los huesos, sin saber qué hacer. Entonces aparece un ángel (no tiene ojos claros porque es chino) en una furgoneta, para y dice que subamos. No sé ni cómo nos metemos con las bicicletas en la furgoneta, pero lo conseguimos y el hombre nos lleva hasta nuestro hotel, con una sonrisa en los labios. Le damos unos billetes mojados como propina, aunque ni siquiera nos la pide. Es la aventura del viaje, al menos tenemos una, aunque la sensación de infierno se repite al día siguiente.

En nuestro último día en Yangshuo entramos en el Mercado, que nos sorprende más aún que el de Guilin. Ya os dije que en esta zona de China se come de todo, pero aquí vemos cosas que ni siquiera reconocemos y otras que preferimos no reconocer. Entre patos, sapos y serpientes, oímos ladridos a lo lejos y nos tememos lo peor. Cuando nos acercamos, vemos un espectáculo dantesco para nuestros ojos occidentales: un hombre escalda un gato y lo despelleja, medio perro quemado cuelga del techo y otros canes vivos lo miran desde las jaulas. Hago la foto disimuladamente, pero una mujer me interrumpe pidiendo dinero (por eso sale movida). Cuando se lo contamos a la guía en el coche de vuelta a Guilin, ella nos explica que es "una raza de perro para comer". Nos quedamos con las ganas de comprar un perro en el mercado para salvarlo de su destino. Más adelante, en Hong Kong, veremos a un joven con aspecto de colgado y con un perro de esa misma raza...

Por el río Li, como Avatar en Pandora

Llegamos al momento culminante de nuestro viaje a China: el crucero por el río Li, desde Guilin hasta Yangshuo. Un viaje de cuatro horas en barco, cruzando el paisaje más alucinante que he visto jamás. Esas montañas de origen kárstico que ya os he mostrado en posts anteriores, pero que ahora vais a ver en todo su esplendor. Un paisaje que inspiró a James Cameron para crear el planeta Pandora, que es el auténtico protagonista de su película Avatar.

Este crucero es una ruta turística de gran importancia: del puerto de Guilin parte un convoy de barcos cargados de turistas, que surcan  las aguas del río ordenadamente. Es por la mañana y el cielo está cubierto de nubes, pero el sol calienta fuerte y se encargará de disolverlas. Algunos chinos navegan en sus balsas de bambú y se acercan a nuestro barco para intentar vender sus mercancías a los turistas. Según avanzamos, el paisaje se va haciendo cada vez más abrupto y espectacular.

En las riberas del río, bajo los picos de formas imposibles, crecen frondosos bosques de bambú de cola de pavo real (sobra explicar por qué los llaman así, ya habéis visto cómo son). Viajamos sobre la cubierta del barco disfrutando del panorama y del sol que comienza a apretar, rodeados de otros turistas. La mayoría son italianos de todas las edades, que viajan juntos en un nutrido grupo. En la popa de nuestro barco, como en todos los demás, ondea la roja bandera china.

Pasamos ante una pequeña aldea situada junto al río, oculta entre los bambúes. Montones de barcas aparcan alineadas en la orilla y surcan las aguas rodeando nuestro barco. Las ocupan familias de turistas locales, que vienen a disfrutar de este delicioso lugar y nos saludan sonrientes cuando estamos cerca. Componen una estampa maravillosa y auténtica, cuando entramos en la zona más impresionante del recorrido. El paisaje que nos rodea ahora nos traslada definitivamente a otro planeta.

Acabáis de ver la montaña de los siete caballos, como llaman los locales a esta enorme formación rocosa. Sobre la pared negra podéis ver siete caballos blancos, o eso es lo que dicen ellos, porque hay que echarle imaginación. Yo sólo consigo distinguir el grande de arriba, mirando hacia la derecha, y si acaso otro más pequeño justo debajo, mirando en dirección contraria. También son famosas las dos montañas gemelas que vais a ver a continuación, porque salen en el billete de doscientos yuanes.

Llega la hora de comer y bajamos por primera y única vez al interior del barco. Tenemos incluida la comida, un variado buffet del que damos buena cuenta rodeados de los ruidosos italianos. Lo que no tenemos incluido es el licor de serpiente que nos ofrecen a continuación, así que nos abstenemos de probarlo (tampoco resulta muy atractivo a primera vista). Después de comer subimos de nuevo a la cubierta a fumar y disfrutar del paisaje, que ahora se llena de prados donde pastan los búfalos de agua.

Finalmente llegamos a nuestro destino: el precioso pueblo de Yangshuo, que tendréis ocasión de conocer en un próximo post. Los barcos se amontonan y descargan por turnos hordas de turistas de todas las nacionalidades (aunque el 90% son chinos). La naturaleza que nos rodea es espectacular, sobre todo al otro lado del río, donde vemos las barcas, los bosques de bambú y las extrañas montañas que parecen seres vivos. Un perfecto resumen de este crucero que jamás olvidaré.

Cuando llego al hotel y me veo en el espejo me sorprendo: estoy rojo como un tomate. Al final ha salido el sol y en el barco nos ha pegado de lo lindo. Estamos en el sur de China y aquí el sol es más fuerte que en el norte, así que -por primera vez en el viaje- me veo hasta moreno. Se me había ocurrido ponerme una camiseta sin mangas para el crucero y, cuando me la quito, parezco un click de famobil... ¡Tengo los brazos de un color y el tronco de otro!

 

Guilin, una ciudad de cuento

Desde Xi'an volamos hacia el Sur de China, hasta Guilin (ya os dije que se pronuncia Güilín). Una pequeña ciudad de unos 700.000 habitantes, rodeada de mágicas montañas de origen kárstico y formas caprichosas. Un río y varios encantadores lagos, entre frondosa vegetación, acaban de cerrar este precioso panorama. En cuanto llegamos al hotel y vemos la vista, decidimos salir a recorrer la ciudad y vivir la tranquilidad que se respira. Lo estamos deseando porque, además, por fin hace sol y calor, después de tanta lluvia como sufrimos en el Norte. Comenzamos a pasear y nos sorprende la cantidad de motos que circulan por las calles, supongo que hace pocos años las bicicletas eran mayoría. Pero sobre todo me llama la atención una moto cargada de patos y pollos vivos, atados por los pies en un increíble manojo rodante y sonoro.

Comemos deliciosos platos locales en un restaurante situado en un segundo piso, con amplios ventanales desde donde dominamos las calles del centro. Los elegimos por las fotos que se muestran en la carta, pero no sabemos con certeza qué pedimos. Mejor no pensarlo, porque la chica que nos ha llevado del aeropuerto al hotel nos ha dicho que en esta zona de China se come de todo. Lo corroboramos al salir del restaurante, porque nos encontramos un gran mercado que me empeño en visitar, a pesar del olor. Comprobamos de inmediato que la siesta no es una costumbre exclusivamente española, sino que en China es también muy popular. La diferencia es que los españoles suelen dormirla echados en la cama o el sillón, mientras que los chinos lo hacen en cualquier lugar, incluso en su puesto de trabajo. En los puestos del mercado se venden animales vivos de todo tipo: desde patos y pollos hasta tortugas y sapos.

Caminamos hacia el Norte de Guilin hasta nuestro destino: el Pico de la Belleza Solitaria. Por fin lo vemos, con la empinada escalera que lleva hasta su cumbre, pero no podemos llegar hasta él porque un muro nos lo impide. Resulta que la curiosa colina se encuentra dentro del recinto del Palacio de Wan Cheng, así que nos disponemos a visitarlo previo pago. Se trata de un gran conjunto palaciego del siglo XIV, con varios pabellones de extraña arquitectura, muy restaurados como ya estamos acostumbrados a ver en China. Entre ellos se extiende un amplio y frondoso jardín, donde destaca un árbol muy particular. Tiene un colgajo del tamaño y la forma del pene de un caballo, una especie de símbolo o talismán de la fertilidad o la potencia que todos los hombres agarran, como el joven que vais a ver.

Por fin llegamos a los pies del Pico de la Belleza Solitaria y nos decidimos a emprender la empinada subida, no sin cierto reparo que vencemos al ver que lo hacen ancianas y niños. El ascenso se hace duro y llegamos a la cumbre chorreando sudor, pero de inmediato vemos que ha valido la pena. Aunque comienza a llover débilmente y el cielo está cubierto de una fina niebla, podemos disfrutar de la maravillosa vista. El espectáculo de los edificios de la ciudad entre los escarpados picos, que se elevan sobre ellos y se pierden en el horizonte, es indescriptible. Parece un decorado, algo irreal, mágico, como sacado de un cuento infantil (en este caso un cuento chino).

En lo alto del pico hay un pequeño templo budista y un par de puestos de recuerdos. Estamos allí poco tiempo, el justo para dejar el panorama grabado en la retina y en la cámara de fotos, pero también para descansar de la dura subida. La lluvia amenaza con arreciar y decidimos emprender el descenso, que se nos hará casi tan duro como el ascenso. Menos mal que la tormenta se queda en falsa alarma y sólo chispeará durante un rato, así que podemos seguir disfrutando del agradable paseo. A los pies del pico hay un encantador estanque atravesado por un puente en zigzag, típico chino (por lo visto en este país piensan que el camino más corto entre dos puntos no siempre es el recto). Los kioskos y los faroles rojos completan el encantador paraje, que invita al relax y la contemplación.

Salimos del Palacio de Wan Cheng por la misma puerta que usamos para entrar y encontramos ante nosotros la calle peatonal más comercial de la ciudad, donde vivo mi momento Charlitorialist. Al final de la calle nos topamos con uno de los lagos de la ciudad, famoso por las dos elevadas pagodas que se alzan en su orilla. Bueno, en realidad una está al borde del lago y la otra en una isla en su interior, a la que se accede por un puente. Comienza a atardecer y las pagodas se recortan ante la puesta de sol a la vez que se reflejan en el agua, en una postal de belleza incomparable. Una postal que cambia a cada momento, según recorremos el paseo que bordea el lago y nos acercamos hasta los pies de las esbeltas pagodas.

Seguimos paseando y llegamos a otro lago, unido al anterior por un pequeño canal. Este segundo lago es famoso por sus puentes de todo tipo, algunos son copia de puentes famosos y otros son originales. El primero que vemos es el Puente de Cristal, cuyo nombre es totalmente literal como vais a ver a continuación. Parece sacado de un cuento de hadas, es mágico y etéreo, fantástico y de ensueño. Más adelante vemos un puente blanco y elegante, de estilo japonés: en el país del Sol Naciente cruzar un puente implica siempre subir y bajar. Está rodeado de árboles y el conjunto resulta precioso, pero no es nada comparado con lo que estamos a punto de ver. Está anocheciendo y, de repente, se encienden luces multicolores que transforman todo el entorno en un mágico lugar. De nuevo nos sentimos inmersos en un cuento infantil.

En el centro del lago hay un islote al que se llega atravesando un puente zigzagueante y, sobre él, una preciosa casa de té. Consigo hacerle la foto que vais a ver a continuación, sin duda una de las más hermosas de mi viaje. Tomamos un té disfrutando del paisaje iluminado por esas luces multicolores que le dan un aspecto irreal. Luego seguimos paseando junto al lago, que a esta hora está lleno de vida: barcas llenas de turistas lo recorren pasando bajo el puente blanco, mientras en la orilla se acumulan parejas y familias enteras. Vemos un grupo de mujeres que bailan juntas: una pone música y comienza a danzar, las demás van llegando y se unen al baile. También hay ancianos haciendo ejercicio, corriendo o caminando hacia atrás. A lo lejos, vemos el puente de cristal iluminado, cambiando de color, como todo en esta increíble ciudad de cuento.

Mi visita a Expo 2010 Shanghai

El pasado 31 de octubre cerró sus puertas Expo 2010 Shanghai, tras haber batido todos los récords de visitantes con más de 70 millones en sus seis meses de duración. Yo la visité el 29 de agosto, justo un día antes que el presidente Zapatero, quien acudió para celebrar el Día de España. Cumplí así mi sueño de visitar esta exposición, que ya compartí con vosotros cuando se inauguró, y hoy cumplo mi promesa de contaros mi experiencia y mostraros mis propias fotos. Aún no me tocaba en el relato cronológico que estoy haciendo de mi viaje a China, pero he decidido adelantarlo porque ahora la Expo está reciente y todavía caliente.

Comenzamos la visita en el Pabellón de España, conocido como "el cesto", sin duda uno de los triunfadores de la Expo. Ha recibido más de 7 millones de visitas y ha sido galardonado con la medalla de bronce por su diseño arquitectónico, un orgullo para los españoles. A continuación veis las tres salas de su interior. En la primera, de Bigas Luna, una bailaora flamenca actuaba rodeada de imágenes que transmitían pasión: fútbol, toros... La segunda sala, de Basilio Martín Patino, mostraba imágenes de la transición democrática y nuestra historia reciente. Reconozco que a mí me pareció interesante, pero que la mayoría de los chinos pasaban de largo hasta la tercera sala, la de Isabel Coixet. Allí les esperaba Miguelín, el gran muñeco-bebé que se ha convertido en el icono de nuestro pabellón y que permanecerá en el Museo de la Expo.

Seguimos en la zona europea y visitamos el Pabellón de Alemania, que a priori era también uno de mis favoritos por su moderno diseño. El recorrido interior era bastante interesante y variado, culminando en la atracción del pabellón: una sala donde el público se disponía en varias alturas alrededor de una gran bola cubierta de leds. Supuestamente la bola se movía en función de los gritos y ruidos del público, enardecido por los animadores. En realidad era todo un paripé, pero no se puede negar que resultaba bonito y original.

Llegamos al Pabellón del Reino Unido, que ha sido galardonado con la medalla de oro por su indiscutible originalidad. A continuación me veis ante esa especie de erizo indescriptible que se ha convertido en la estrella de la Expo. Después veis las fotos del interior del pabellón, denominado catedral de las semillas: las varillas de metacrilato, que desde el exterior parecen púas, albergan en su interior diferentes semillas y forman un espacio único. La luz entra por las varillas y el ambiente que se crea es muy especial, a pesar de la multitud.

Tal vez habéis visto que llevo al cuello mi acreditación, ese era otro importante aliciente para visitar la Expo. La conseguí gracias a que alguien cercano a mí trabajaba allí (ya veis que hay que tener amigos en todas partes, dicen que hasta en el infierno...) y nos permitía la entrada gratuita al recinto y el pase VIP a casi todos los pabellones. Esto quiere decir que podíamos entrar en muichos pabellones sin esperar cola, dato importante porque pudimos visitar muchos en un solo día. Todo habría sido muy diferente si no hubiéramos tenido acreditación, viendo la cantidad de gente que había y conociendo la afición de los chinos a "colarse" en las colas, que ya habíamos descubierto en el metro... Terminamos este recorrido por la zona europea con la visita al Pabellón de Rusia, cuya blanca fachada estaba inspirada en la cerámica popular. Su interior era un mágico país de ensueño, lleno de flores, sorpresas y colores, sin duda un paraíso para los niños.

La Expo de Shanghai era gigantesca, pero le faltaba algo... Yo no podía evitar compararla con la de Sevilla de 1992, que era más pequeña pero más completa: tenía tren elevado, teleférico, barcas, torre mirador... un montón de atracciones además de los pabellones. La de Shanghai tenía muchos pabellones, pero poco más, lo único que podíamos hacer era coger autobuses gratuitos para ir de una zona a otra. A continuación visitamos el Pabellón Temático, un enorme edificio que se utilizará como palacio de congresos y exposiciones. Su contenido me sorprendió muy favorablemente, pues era el más completo y coherente de todos los que vi: presentaba a una familia-tipo de cada continente y comparaba su situación en distintos aspectos como salud, educación, ocio... Una atractiva y didáctica exposición con un derroche de medios.

Entramos después en la zona de Asia, dominada por el gigantesco Pabellón de China, una enorme construcción de color rojo en la que no pudimos entrar con nuestra acreditación. No era plan hacer cola, ya os podéis imaginar la multitud que aguardaba para visitar el pabellón del país anfitrión. Sí entramos en el Pabellón de Nepal que veis a continuación, un precioso palacio lleno de artesanía local. También visitamos el Pabellón de India, aunque su interior no tenía mucho interés. Podéis verlo más abajo, con su cúpula cubierta de césped, junto al Pabellón de Arabia Saudí, ese inmenso barco con palmeras en la cubierta.

Ahora vais a ver tres fotos de los pabellones asiáticos que más llamaron mi atención por su arquitectura, aunque casualmente no pudimos visitar ninguno de los tres. En primer lugar, el Pabellón de Emiratos Árabes Unidos, diseñado por el famoso arquitecto británico Norman Foster, cuya forma imita a las dunas del desierto. En segundo lugar, el Pabellón de Corea del Sur, que ha sido galardonado con la medalla de plata de diseño (detrás de Reino Unido y delante de España) con su caprichosa forma multicolor. Por último, un detalle del Pabellón de Japón, esa especie de gusano de goma de color rosa e inevitable estilo manga.

Ya que estamos metidos en arquitectura, tengo que mostraros el Edificio de Espectáculos y Usos Múltiples que veis a continuación. Esa especie de platillo volante gigante albergó conciertos y espectáculos durante la Expo y permanecerá como una importante instalación para la ciudad de Shanghai. Ya estaba atardeciendo y llegó la hora de la cabalgata, lo que me hizo de nuevo recordar Sevilla '92. Si en aquella Expo la cabalgata era un delirio lleno de color e imaginación, en Shanghai era un pequeño desfile con unas cuantas carrozas, dragones y grupos de personas ataviadas con trajes típicos bailando danzas populares. Al menos nos sirvió para sentarnos un rato y descansar, mientras desfilaban ante nosotros grupos tan curiosos como el de esas mujeres que movían la cabeza adelante y atrás, luciendo sus largas cabelleras.

Ya había anochecido cuando llegamos a la zona americana y visitamos el Pabellón de Estados Unidos, un anodino edificio donde nos proyectaron tres películas en tres salas sucesivas. Comprendí por qué este país está donde está: saben tocar la fibra sensible del público y venden a la perfección el american way of life. Después de ver y oír hablar a Obama y Hillary Clinton, entre otros, diría que la mayoría de los chinos que nos rodeaban estaban contagiados del sueño americano y deseando emigrar a los Estados Unidos. Después entramos en el Pabellón de México, un curioso refugio subterráneo oculto bajo grandes sombrillas multicolores. Aquí pasamos uno de los mejores momentos del día, fotografiando a los visitantes que veían vídeos en los visores con forma de máscaras, logrando efectos tan desternillantes como los que vais a ver.

Cierro el resumen de este día agotador (y digo resumen porque se me han quedado fuera algunos pabellones) con la visita al Pabellón de Chile, que me sorprendió muy favorablemente. Un pabellón sobrio y elegante, cálido y moderno, con el interior de madera, formas suaves y redondeadas. Una exposición de contenidos clara y acorde con el lema de la exposición "mejores ciudades, mejor vida" que brillaba por su ausencia en otros pabellones. Y, sobre todo, lo que me pareció más logrado, un final feliz: el recorrido terminaba en un amplio espacio donde podías sentarte, disfrutar de un concierto en vivo, comprar recuerdos o probar alguno de los famosos vinos chilenos. Un perfecto colofón para un largo día en esta gran exposición.

Dedicado a mi querida amiga Gabriela, que desde su blog nos cuenta novedades y curiosidades del mundo de la ciencia. Me acordé mucho de ti al visitar al Pabellón de Chile en la Expo y por eso quería dedicarte este post. Gracias por leerme, seguirme, cuidarme y preocuparte tanto por mí.

Charlitorialist en Guilin (China)

Supongo que todos conocéis The Sartorialist, el blog más influyente del mundo de la moda. Hace tiempo que quería hacer lo mismo que su autor: fotografiar a gente anónima por la calle, que llamase mi atención. Por fin en mi viaje a China tuve ocasión de hacerlo, en una pequeña ciudad llamada Guilin (léase Güilín), de la que os hablaré próximamente. Nos sentamos por la tarde en la terraza de un café, en la calle peatonal más comercial de la ciudad. Cogí mi cámara y me dispuse a fotografiar a la gente que pasaba para construir una radiografía de la sociedad china actual, muy diferente de la que imaginaba.

Los chinos y las chinas que vais a ver destacan por su estilo o por otros motivos, pues esto es más un experimento sociológico que un post sobre moda. En su país viven bajo una dictadura que impide su libertad de expresión, pero la moda es más democrática que en otros países. Hay de todo al alcance de todos y las marcas, aunque sean falsificadas, no están reservadas a una minoría. Nada tienen que ver estos jóvenes con los chinos de generaciones anteriores, como los que hemos visto en tantas películas. El gran salto que ha dado su país se nota en la calle y en la gente, ahora a la vanguardia del mundo.

Mujer elegante con paraguas, un complemento imprescindible para las chinas: bien para protegerse de la lluvia, bien de los rayos del sol. Hay que tener en cuenta que en este país la piel blanca es sinónimo de belleza, así que muchas mujeres huyen del bronceado como de la peste. El perfecto look se completa con tacones, vestido, bolso y revista. Impecable.

Un chaval vestido como muchos de cualquier parte del mundo, con camiseta y bermudas, aunque lleva un toque local: esos zapatos estaban de moda en China y los vi por todas partes. Un colgante al cuello completa su estilo luvenil e internacional, que contrasta con el del hombre que tiene detrás. Es de otra generación y se nota en su atuendo, más acorde con la China rural y con mis ideas preconcebidas.

Sin duda la tendencia que triunfa entre las chinas jóvenes: pantalones shorts hipercortos y bolso gigante tipo king size. No queremos saber si es de marca o imitación porque poco importa eso aquí. La blusita y las chanclas completan este look informal, ideal para pasear por esta calle a esta hora.

Supongo que os habéis percatado del detalle: los dos miembros de esta joven pareja llevan los mismos pantalones. Bueno, no los mismos porque los de ella son shorts y los de él bermudas, pero son de la misma tela. Algo que nos parece curioso, aunque en China es habitual ver familias o pandillas de amigos igual vestidos. Este chico y esta chica no van igual vestidos, pero sí comparten el mismo aspecto desenfadado.

Ya veis que también el estilo pijo triunfa entre las chinas. Esta mujer con aire de ejecutiva de alto standing, traje oscuro, gafas de sol y móvil pegado a la oreja, pone un toque de color en sus brillantes tacones y en su bolso de Chanel (de nuevo sobra preguntarse si es auténtico). Le falta el paraguas, pero la blancura de su piel la vuelve casi transparente, haciendo que se funda con la pared del fondo.

Tal vez esta joven pareja no destaque por su estilo, pero es bastante representativa. Sobre todo el chico, al que pillo en esa actitud tan típica de los chinos de la que ya os hablé: levantarse la camiseta para refrescarse la barriga. Ya veis que en este país el pudor no existe, al menos tal y como nosotros lo conocemos.

Tenía que poner esta foto, porque este chaval es sin duda el prototipo del chino actual. La vestimenta deportiva es la que marca tendencia en este país y son muchos los jóvenes y no tan jóvenes que se apuntan. Hay montones de tiendas que venden ropa deportiva de todas las marcas, muchas de ellas chinas. Desde luego, es una moda cómoda y las camisetas dry son muy prácticas, con lo que se suda por el calor y la humedad...

Esta foto es muy especial: tres generaciones de mujeres unidas por las manos y por un estilo muy personal. Seguro que es la abuela quien viste a la nieta, pues la lleva igual que ella: con vestido moderno y sandalias. A la pequeña sólo le falta el sombrero y las gafas de sol para ser su miniyo. La madre se escapa de esa tendencia, algo lógico porque se rebela contra la abuela y ahora está entregada a su hija, no a sí misma.

Dos chicas fashion, vistiendo con ese estilo minimalista que tanto se lleva aquí. No sé si son amigas, hermanas o primas, pero se parecen en la cara y hasta en los andares...

Un chico fashion con gorrita y Crocks, colgante y bandolera. Llama la atención especialmente porque lleva los pantalones remangados por encima de las rodillas, para dar a su look un toque original y personal.

Como veis, el rollo bollo también tiene su espacio en China, incluso se podría decir que está de moda. En cualquier caso, esta chica con camisa de cuadros y estilo masculino es una buena representante de este estilo.

En contraste con la anterior, estas dos chicas se preocupan por exagerar su lado femenino. No les falta detalle, desde el peinado que comparten en distinto color (seguro que sabéis cuál va teñida) hasta las sandalias, pasando por el cinturón. Indescriptible.

Impecable look blanco, fresco y veraniego, compuesto por camiseta de tirantes, pantalón largo y zapatillas deportivas (ahora que me fijo, también colgante al cuello). Hay que ver lo tranquilo que camina este joven, que parece estar seguro de haber dado en el blanco.

Cierro este desfile de modelos con esta imagen, en la que no destaca la mujer sino sus perros. Los pocos que se ven por las calles chinas son así de fashion, pues sus amos los miman y llevan a la pelu. Tener perros como mascotas se ha convertido últimamente en una señal indicativa de status social en China. Hasta hace poco tiempo esto era algo impensable en este país, donde estos animales se dedican a otros menesteres. Pero eso es otra historia, que ya os contaré...