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La Coctelera

Categoría: Cosas mías

Cinco años de blog (hasta aquí hemos llegado)

Todo lo que empieza tiene un final y este es el final de Charlitox Blox. Cuando comencé con este blog hace cinco años no sabía hasta dónde llegaría, hasta dónde me llevaría esta aventura. Han sido cinco años intensos y maravillosos, pero ha llegado el momento de poner el punto final. Porque las cosas han cambiado últimamente y ya no tiene sentido seguir, cada vez me cuesta más publicar y no quiero forzarme a hacerlo.

Sabéis que el año pasado comencé a hacer una serie de cambios en mi vida y aún sigo en ello. Se ve que en mi nueva vida no tiene cabida este blog, no sé si más adelante empezaré otro, aún no lo he decidido. No os preocupéis, que si pongo en marcha un nuevo blog os avisaré aquí, para que me podáis seguir si lo deseáis. Ahora la aventura que voy a emprender es otra, que va a ocupar todo mi tiempo en los próximos meses.

Ya os hablé el pasado año del Bikram Yoga, en el post que escribí justo antes de mi viaje veraniego, ese que me ha mantenido entretenido durante los últimos meses en el blog. Quería acabar de compartir el viaje con vosotros y eso hice en mi post anterior, el penúltimo de este blog. Quería hacer coincidir este último post con el quinto aniversario del blog, que se cumplió el pasado 21 de marzo, porque me gustan los simbolismos.

En los últimos meses me he enganchado al Bikram y he decidido marcharme a Los Ángeles durante nueve semanas para convertirme en profesor. Se trata de una oportunidad que no quiero desaprovechar, una aventura maravillosa en la que espero conocer a gente de todo el mundo. Sé que será duro y muy intenso, por eso estoy seguro de que valdrá la pena. Después podré compartir los beneficios de este yoga con el resto del mundo.

También la aventura de este blog en La Coctelera ha sido maravillosa, aunque en el último año se ha deteriorado demasiado. Coincidiendo con mis cambios personales, los cambios en esta web han conducido a su práctica destrucción. Los problemas han crecido hasta hacer insufrible la publicación, provocando el abandono de multitud de blogueros. Que conste que yo no abandono debido a estos problemas...

Si hace unos años mi blog recibía más de cien visitas diarias casi todos los días, últimamente es raro el día en que llego a las cincuenta visitas. Si he llegado a tener más de cien amigos en esta comunidad de blogs, hoy no quedan más de quince que publiquen de forma regular. Y en realidad, los pocos que quedan están más dedicados a protestar ante la Cocte por los problemas existentes que a publicar contenidos interesantes.

Repito que no abandono por estos problemas, por esta dejadez que nos ha dejado abandonados, aunque sin duda influye. Simplemente las cosas han cambiado y, si antes publicaba nueve veces al mes, ahora sólo llego a tres. Es curioso, porque ahora tengo más tiempo que antes, pero prefiero dedicarlo a otras cosas. Parece que publicar era una necesidad para mí, una válvula de escape que ya no necesito. Todo tiene su momento.

No me gustan las despedidas y por eso no quiero decir adiós. Seguro que volvemos a vernos y que seguimos en contacto, no voy a desaparecer del mapa. Quiero agradeceros de todo corazón que me hayáis leído, seguido y comentado durante estos cinco años. Sin vosotros, mis lectores, amigos, familiares y seguidores, nada de esto habría tenido sentido. Por eso no digo adiós, pero sí mil gracias a todos y... ¡suerte en la vida!

Fuerza de voluntad

Lo prometido es deuda. Os traigo el segundo capítulo de Charli en el mundo real, la particular serie de dibujos animados que hago cuando el tiempo y la imaginación me lo permiten, espero que os guste.

GoAnimate.com: Charli en el mundo real capítulo 2 by charlitox

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Zafarrancho de limpieza

Ya os dije en enero que este iba a ser para mí un año de cambios, y lo ha sido. Empecé el año con cambios y lo termino igual, con uno que tenía pendiente. Mi casa necesitaba un arreglo, un repaso y una mano de pintura, que había ido retrasando por pereza. Sabía que meterme en obras era un lío, pero no podía retrasarlo más y ha valido la pena. Porque la casa ha quedado impecable, blanca, impoluta y como nueva. Y lo que es más, ahora ya no tengo más remedio que hacer zafarrancho de limpieza.

Siempre me han gustado las casas amplias, diáfanas, con pocos objetos, como las que vemos en la tele o en las revistas. Pero me he dado cuenta de que es imposible mantener una casa así, porque es inevitable acumular todo tipo de trastos a lo largo del tiempo. Mi piso no es muy grande, por desgracia, así que con los años había llenado cada uno de sus rincones de cosas: ropa, revistas, libros y cacharros traídos de todos los rincones del mundo. Sabéis que me gusta viajar y, aunque no lo hago para comprar, siempre traigo algo...

El lunes vino la cuadrilla y yo me eché a temblar. Eran como Pepe Gotera y Otilio si conocéis los viejos cómics, o como Manolo y Benito en la serie de la tele. En este caso eran tres: Emilio con su hijo Miguel y su yerno David, el cuñado del anterior. Supuestamente iban a tardar entre una y dos semanas en hacer todo lo que tenían que hacer, pero nada más lejos de la realidad. Iban como motos y acabaron en tres días, mejor dicho en tres mañanas, porque a las dos de la tarde se marcharon puntualmente el lunes, el martes y el miércoles.

Yo ya había empezado a limpiar y recoger un poco antes de que vinieran, pero cuando se fueron llegó lo peor. Si de lunes a miércoles me pegué la gran paliza moviendo los muebles de un lado a otro y guardando todos los cacharritos en bolsas, después comenzó la dura tarea de devolver mi casa a su ser. Y claro, cuando las paredes y los techos están blancos y limpios, se ve mucho más la porquería de todo lo demás, así que llevo días sin parar de dar a la escoba, la fregona y el trapito, luchando contra el polvo acumulado durante años.

Todo está ahora fuera de su lugar, pero no quiero volver a ponerlo como estaba. Es el momento de aprovechar para tirar montones de trastos inservibles que lo único que hacen es estorbar. Afortunadamente no soy materialista y no suelo sentir ningún apego por los objetos, así que llevo días revisando los recuerdos acumulados y tirando montones de cosas: cajas, papeles, ropa, aparatos viejos, rotos y obsoletos... Nunca he encontrado el momento de hacerlo, pero las mudanzas y las obras son ocasiones perfectas para esto.

Y en esto consiste mi zafarrancho de limpieza: en deshacerme de las cosas viejas para hacer sitio a las nuevas. Creo que es importante en la vida, de vez en cuando, pararse a revisar lo que tenemos y analizar lo que es realmente importante y necesario. Estamos acostumbrados a almacenar cosas absurdas que ocupan un espacio que podríamos dedicar a otras más útiles. Ahora que se acerca la Navidad y nos dejamos llevar de nuevo por el consumismo desaforado, deberíamos pensar en esto y elegir con más cuidado nuestros regalos.

Coche nuevo, vida nueva

Ya sabéis que me encanta conducir y que me encantan los coches. Pero no los coches grandes ni fardones, sino los pequeños de diseño y aspecto deportivo. Supongo que mi padre tuvo algo que ver en eso, le gustaron mis coches anteriores y estoy seguro de que le encantaría el que me acabo de comprar. La verdad es que a todo el mundo le gusta, porque es una preciosidad. Desde que me lo dieron hace unos días he tenido que acostumbrarme a ser el centro de las miradas, y eso que nunca me ha gustado llamar la atención. Reconozco que el coche es muy llamativo, sobre todo por el color, pero es que ese era precisamente el color que me gustaba. Bueno, mejor dicho los colores porque ya veis que son dos, amarillo y negro, como una abeja.

El primer coche nuevo que me compré fue un Opel Corsa gris metalizado al que mis amigos llamaban La Balita Plateada. A mí me llamaban entonces El Tío Balín, porque yo iba como loco, raudo y veloz en aquel coche pequeño con forma de huevo. A mi segundo coche, el que acabo de jubilar, fui yo mismo quien le puso nombre. Lo habéis visto aquí: era un Peugeot 206 de color naranja metalizado, pero el nombre oficial del curioso color era Tangerine, que quiere decir mandarina. Por eso yo, para mis adentros, llamaba a ese coche de forma muy original: La Mandarina Mecánica. Mi nuevo coche aún no tiene nombre, ni sé aún siquiera si lo tendrá, aunque por su color puede acabar llamándose pollito, abejorro o zángano, ya veremos...

El caso es que estoy como un niño con zapatos nuevos, por decirlo de alguna forma. Estoy emocionado porque estrenar un coche es para mí algo muy especial. Y más cuando es el coche que he querido comprarme, que me encanta y que pienso disfrutar a lo grande. Ya he comenzado a hacerlo con mi primer viaje hasta la playa, desde donde escribo estas líneas. En los próximos días pienso hacer muchos kilómetros, el rodaje de rigor, para acostumbrarme a él y para que él se acostumbre a mí. Por ahora se ha portado como un jabato, no esperaba menos de él, no me ha defraudado lo más mínimo. Estoy seguro de que me va a brindar muchos momentos de placer, kilómetros de libertad y miles de experiencias para compartir.

 

Vivir para contarlo

Vivimos en la era de la comunicación, de eso no hay duda. Internet ha conseguido que cualquiera pueda opinar en un blog o una red social y que su opinión llegue rápidamente a mucha gente. Esto es bueno, pero también peligroso, porque hay que ser inteligente para diferenciar entre lo que es información relevante y lo que no lo es. El poder que da saber que te lee mucha gente puede hacerte perder el norte, pero yo voy a tratar aquí de poner un poco de calma, de establecer unas mínimas normas de comunicación.

No creo que todo el mundo pueda o deba opinar sobre cualquier cosa; para opinar sobre un tema hay que conocerlo a fondo. No basta con repetir lo que dicen los medios de comunicación, pues eso no aporta nada y dependerá de los medios que sigas. Se trata de aportar una opinión propia, pero para eso hay que ser capaz de elaborar ideas propias, algo de lo que no todo el mundo es capaz. Creo que para conseguirlo es necesario haber vivido bastante intensamente, de ahí el título de este post: "vivir para contarlo".

Si vives intensamente, conoces el mundo que te rodea y sus problemas desde dentro, podrás crearte una opinión sobre muchos temas. Podrás comunicar muchas cosas, contar muchas historias o no, simplemente crecerás como persona. Porque "la experiencia es la madre de la ciencia" dicen y es cierto, en la vida aprendemos y la edad da sabiduría. Por eso no presto más atención de la justa a los jóvenes ni a la gente que ha tenido una vida fácil o vacía, porque creo que no tienen mucho que enseñarme ni transmitirme.

En la vida aprendemos a base de golpes, que nos endurecen y fortalecen para enfrentarnos a los problemas. Por eso creo que soy un maestro de la vida, porque siempre he tenido que enfrentarme a la incomprensión y la intolerancia. Lejos de haberme retraído, esta lucha me ha ayudado a crecer como persona y a ser más fuerte. Como ya os conté, cuando asistí a la conferencia de Alex Rovira aprendí una hermosa palabra: longanimidad, que se define como "grandeza y constancia de ánimo en las adversidades".

Ahora, en su libro La Buena Crisis he aprendido otra extraña palabra, relacionada con la anterior: resiliencia, que se puede definir como "capacidad para sobreponerse a adversidades o pérdidas". Sin duda yo tengo esta capacidad, o no habría podido superar tantas pérdidas como he sufrido últimamente. Pero no quiero hablar de mí y por eso os voy a hablar de un curioso experimento sobre el que he leído en el mismo libro. Algo que se me ha quedado grabado porque me parece que sirve para explicar muchas cosas.

Sabéis que los gusanos de seda tejen un tupido capullo para su metamorfosis. Cuando se transforman en mariposas deben romper el capullo para salir, pero unos científicos decidieron experimentar rompiendo los capullos para facilitarles la salida. Resultó que las mariposas que no habían tenido que romper el capullo murieron poco después, ya que no fueron capaces de volar y procurarse el alimento. Al no haber tenido que luchar para salir, no confiaban en la fuerza de sus alas para levantarse del suelo...

Es evidente que las personas que han de luchar en la vida están mejor preparadas para el futuro que aquellas a quienes se les da todo hecho. Conozco a amigos cuyos padres eran excesivamente protectores; lejos de beneficiarles, esto les ha acabado pasando factura. Termino con una foto que hice el otro día en Mallorca. Es un homenaje a mi sombra, mi otro yo, que siempre me acompaña. A veces se aleja, se esconde o me persigue, pero me mantiene unido a la tierra. Aunque a veces, como yo, parece estar entre dos mundos.

Los cambios son buenos

Este post no se podía llamar de otra manera y por eso se lo dedico a mi amiga Kilifa, cuyo blog se llama igual. Supongo que he cogido prestado el nombre de su blog, pero es que no se me ocurría otro mejor.

Ya os dije en mi primer post de este año que deseaba cambiar de vida y todo se ha cumplido como había previsto. Tal vez incluso mejor, porque la verdad es que las cosas me han salido como en mis mejores sueños. Es evidente que no es algo casual ni arbitrario, los cambios no se dan porque sí, sino porque nosotros los buscamos. Yo buscaba un gran cambio en mi vida y he puesto todo de mi parte hasta conseguirlo. Empecé poco a poco, con pequeños cambios que preparaban el camino para el definitivo y más esperado, porque los cambios nunca vienen solos. No quiero decir que estos pequeños cambios no sean importantes, al contrario: a primeros de enero dejé de fumar, después de 25 años sin parar. Bueno sí, lo había dejado un par de veces pero no había durado más de dos meses y ahora ya llevo cinco, así que creo que voy por buen camino, aunque aún no puedo cantar victoria en esta dura batalla.

En el mes de febrero cambié por fin la caldera de mi casa, porque se me rompió de nuevo y decidí que era el momento. El desembolso era importante, pero ya me había dado muchos problemas y había tenido que repararla demasiadas veces. Y es que cuando algo de problemas es absurdo prolongar la agonía, poner parches que no duran más que unos meses... Y lo mismo ocurría con el problema que me preocupaba, lo que ocupaba mi mente, lo que ocasionó aquel primer post del año y también éste. En realidad, llevaba meses dando vueltas al asunto, aunque sabía que mucha gente no lo entendería. ¿Cómo explicas que quieres abandonar tu trabajo y quedarte en paro en una situación como la que tenemos en España? Con más de cuatro millones de parados ¿cómo dices que tú quieres engrosar esta cifra? Sé que es complicado, pero son muchas las razones que me incitaban a tomar esa decisión, razones demasiado complejas para explicar aquí.

El caso es que llevaba diez años trabajando en una empresa y nunca había estado tanto tiempo haciendo lo mismo. Se supone que si llevas diez años en la misma empresa es porque has tenido una evolución, un recorrido, una carrera. Pero este no era mi caso porque yo seguía exactamente igual, o mejor dicho, peor. No voy a entrar en detalles, pero simplemente mi situación en el trabajo iba de mal en peor, en todos los aspectos. Hacía meses que me decía "si me dan la pasta me voy ahora mismo" y eso se había convertido en una obsesión para mí, iba al trabajo como si fuera al matadero. No sabía cómo hacerlo, pero finalmente me decidí, preparé mi discurso y busqué el momento adecuado, que llegó a finales de marzo. Me arriesgué y lancé mi órdago, cargado de incertidumbre porque desconocía cuál sería la respuesta, pero cargado también de esperanza, que es lo último que se pierde.

El mes de abril transcurrió sin noticias y yo estaba al borde de un ataque de nervios. La suerte estaba echada, pero yo seguía buscando argumentos por si tenía que seguir luchando por mi libertad. Pero no hizo falta, porque a principios de mayo todo se aclaró. El día 5 me dijo mi jefa que había hablado con Recursos Humanos y que hablarían conmigo. Ese mismo día escribí aquí un relato lleno de esperanza y, al día siguiente, mi sueño se hizo realidad. A primera hora me llamaron de Recursos Humanos y me hicieron una propuesta inmejorable, ante la que no tuve nada que objetar. Me parecía increíble que hubiese sido tan fácil, no tenía que discutir ni que pelear, podía respirar tranquilo. Las condiciones me parecieron perfectas, debía trabajar hasta fin de mes y así lo hice, pero ya de forma mucho más relajada. La verdad es que el mes se me hizo eterno, iba contando los días que me quedaban para dejar el trabajo, parecía que no llegaba el final.

El mes de junio llegó por fin y con él mi ansiada libertad. Después de diez años sin tener tiempo para nada, con un trabajo que me ocupaba tantas horas, ando en busca del tiempo perdido. Me parece increíble tener tanto tiempo para dedicarlo a las cosas que me gustan, a escribir o a leer, un placer que casi tenía olvidado. Hoy iba en el metro leyendo La buena crisis, el libro de Álex Rovira del que ya os hablé, que nos regalaron tras la conferencia del autor a la que asistí. Como os dije, este libro no me enseña nada nuevo, pero me sirve para reafirmarme en mis ideas: que las crisis son buenas porque provocan cambios, y los cambios son buenos porque nos sirven para transformar lo que nos disgusta en algo agradable y positivo. En eso estoy yo, aunque muchos os preguntaréis si estoy loco, cómo se me ocurre renunciar a un trabajo fijo por un capricho. Pero para mí no es un capricho mi dignidad como persona, es lo más importante que tengo.

Aquí no acaban los cambios, porque estoy "redecorando mi vida" y haciendo zafarrancho de limpieza. Mi casa lo necesita porque se me acumulan los montones de papeles y de ropa, que nunca he tenido tiempo de recoger. Ahora me puedo pasar días mirando, seleccionando y tirando cosas viejas para hacer sitio a las nuevas. Me he hecho una lista de cosas que quiero hacer, aprovechando que por fin tengo tiempo, así no me aburro. Mi próximo objetivo es cambiar de coche, pues es algo que tengo pensado desde hace meses, antes incluso de los otros cambios. Mi coche actual tiene casi diez años y más de 200.000 kilómetros, así que creo que ya ha cumplido con creces. Ya me he decidido y he comenzado a visitar concesionarios, creo que tendré que esperar un par de meses hasta que me lo entreguen, pero lo voy a pedir cuanto antes. Os dije que me gustan los coches pequeños y reconozco que este es un capricho, pero no me negaréis que es precioso.

Por si no lo conocéis, se trata del Citroën DS3. Esta foto la hice el otro día en CasaDecor, donde estaba este coche, justo del color que a mí me gusta, el que me voy a comprar. Es lo que más me gustó de la exposición.

¡Santa Semana!

Perdonad que no esciba en mi blog ni comente en los vuestros, últimamente no tengo tiempo de nada. Ando muy liado, con mucho trabajo, menos mal que ahora tenemos unos días para descansar... He conseguido escaparme a la playa y esta mañana incluso me he bañado, aunque luego se ha puesto a llover, ya sabéis que siempre pasa igual con el tiempo esta semana... En el rato que he estado tumbado en la playa, bajo el sol que no acababa de salir entre las nubes, me he relajado y he pensado en muchas cosas, en la vida, en los cambios... Precisamente el otro día fue mi cumpleaños y me divertí con mis amigos, entonces me acordé de mis tiempos en la universidad por los años 70, cuando tenía un grupo de música folk y jugaba al ajedrez. En aquella época tenía bastante pelo y cambiaba frecuentemente de peinado, como podéis ver en estas fotos:

Evidentemente, se trata de una broma, pues yo en los años 70 no iba a la universidad, era un niño, así que iba al colegio... Estas divertidas fotos las he hecho con Yearbook Yourself, una web en la que puedes hacer montajes con tu cara y las de tus amigos, en retratos antiguos, individuales y en grupo, como estos. En las últimas duras semanas de trabajo he desconectado algunos ratitos para reírme jugando con este desternillante programa. Quería compartirlo con todos vosotros por si aún no lo conocéis, espero que paséis unos momentos divertidos viendo cómo erais o seríais en distintas épocas, desde los años cincuenta hasta ahora, con los peinados y las pintas más inverosímiles. Que disfrutéis de estos días de descanso, yo tendré que trabajar un poco, pero espero poder darme algún baño más en la playa, por todos vosotros.

Siento, luego existo

Será porque últimamente estoy especialmente sensible, debido a todo lo que me ha pasado, aunque creo que siempre he sido un poco sentimental. Más bien diría que soy apasionado, porque me gusta vivir y sentir todo a tope, al máximo. Creo que de eso se trata, la vida es para vivirla al máximo y disfrutar de los sentimientos y de las sensaciones. Puede que sea importante pensar, no lo dudo, pero yo me suelo dejar llevar por el corazón antes que por la cabeza, soy más impulsivo que cerebral. Estos días le he dado vueltas a la cabeza y he sacado la conclusión de que somos más lo que sentimos que lo que pensamos, tal vez porque he vivido momentos de sentimientos a flor de piel. He visto que hay personas que no son capaces de mostrar sus sentimientos, porque los reprimen o tal vez simplemente porque no los tienen. Me parece muy triste, porque creo que los sentimientos son muy importantes y no hay que temerlos ni esconderlos. Por todo eso he acuñado la frase que da título a este post, una especie de eslogan personal que pienso utilizar con profusión a partir de ahora. En este caso va dedicada al pueblo japonés, un pueblo que precisamente tiene bastantes dificultades para mostrar sus sentimientos, debido a su cultura. He conocido a japoneses y he comprobado que lo pasan fatal por tener que reprimirse y no poder mostrar sus sentimientos libremente como nosotros. Parece que ya nadie se acuerda de Japón, pero yo sigo teniendo presente la triste situación de aquel país.