Estamos llegando al final del año y yo llego hoy al final de mi viaje a la India. Un viaje que hice ya hace más de tres meses y que he desgranado aquí desde entonces. Creo que ha dado mucho de sí, me ha encantado revivirlo y compartirlo con todos vosotros. Me da pena terminar, como me dio pena entonces que terminara el viaje, a pesar de que tras tantos avatares y experiencias también estaba deseando volver a casa y descansar.
Ya habíamos pasado por Delhi al inicio del viaje, pero entonces llegamos de noche al aeropuerto y sólo tuvimos un vistazo fugaz en el trayecto en coche hasta el hotel. Nos sorprendió la cantidad de gente durmiendo en las aceras de todas las calles y avenidas. Por la mañana abandonamos la capital rodeados del tráfico endiablado. Ahora llegamos desde Varanasi por la tarde y hacemos el mismo trayecto del aeropuerto al hotel bajo una intensa lluvia.
La capital de la India es una gran ciudad llena de contrastes. En realidad es la unión de muchas ciudades de todas las épocas, aunque básicamente se divide en dos: la Vieja y la Nueva. Nuestro hotel se sitúa estratégicamente entre ambas, y junto a él el contraste es patente. Lo primero que habéis visto el el Jantar Mantar, un increíble observatorio astronómico levantado por el maharajá Jai Singh II de Jaipur en 1730. A su lado, modernos edificios como el que veis a continuación.
Vamos dando un paseo hasta el famoso Hotel Imperial, construido en 1930 en un un precioso estilo art déco. Aunque llevamos unas pintas infames y vamos calados, somos bienvenidos porque somos turistas extranjeros. Recorremos las lujosas estancias, los salones y corredores, entre la crème de la crème que se aloja aquí. Me sorprenden los elegantes detalles decorativos hasta en los ascensores. Junto a la puerta, un coche antiguo nos traslada a la época dorada del hotel.
Nuestro hotel se llama The Park y no es tan antiguo ni tiene tanta solera, pero es magnífico. Su construcción es moderna y también su decoración, pero lo que destaca es el estupendo servicio que ofrece. Todos los empleados son auténticos profesionales y nos atienden con eficacia, a diferencia de otros que hemos encontrado a lo largo de nuestro viaje. Ofrece encantadores rincones como la piscina, pero su estilo es impersonal e internacional, igual podría estar en la India que en cualquier otro lugar del mundo.
Nueva Delhi es una ciudad que nada tiene que ver con el resto de la India. Trazada por los ingleses a comienzos del siglo XX como nueva capital, muestra el poderío del imperialismo británico. Sus anchas avenidas están flanqueadas por edificios administrativos y amplias zonas verdes. Aquí están los ministerios y las instituciones gubernamentales, en grandes y blancos palacios que apenas podemos ver entre la bruma. Sí vemos la Puerta de la India, el monumento más emblemático de la ciudad.
Visitamos un moderno bazar con tiendas de diseño y comemos en un café que podría estar en cualquier país europeo, si no fuera porque algunas mujeres adineradas visten saris de los caros. Nos cansamos de caminar por las anchas avenidas y cogemos un tuc-tuc para que nos lleve a la Vieja Delhi. Tras una loca carrera llegamos al templo de Lal Mandir, que veis a continuación. El ambiente nos resulta familiar y nos devuelve a la India que conocemos. Ante nosotros se alza la puerta del imponente Fuerte Rojo, que nos abstenemos de visitar.
Espero que os haya sorprendido la foto que acabáis de ver. Efectivamente, se trata de una svástica que decora la fachada del templo, como las que decoran todos los templos hinduistas del país. No podía irme sin fotografiar una, con el objetivo de explicaros esto. La svástica es un símbolo hindú muy antiguo, de tiempos de los arios, antepasados de los indios actuales. Hitler lo adoptó para representar la supremacía de la raza aria y lo hizo famoso, por lo que todos lo relacionamos con el nazismo aunque su origen es muy anterior y lejano.
Nos adentramos en la abigarrada calle Chandni Chowk, por la que casi no podemos caminar. Nos rodea una muchedumbre que camina, compra o vende en las innumerables y variadas tiendas. Nos perdemos por los callejones sin salida de los laberínticos bazares. Cruzamos el de las telas y llegamos finalmente al Bazar de las Especias. Es un espectáculo ver a centenares de hombres acarreando sacos en un marco apocalíptico. Es un placer dejarse llevar por la mezcla de aromas de las más exóticas especias.
Cogemos un rickshaw para que nos lleve de nuevo a la esquina del templo, donde podremos coger un tuc-tuc que nos lleve al centro. El hombre pedalea con dificultad y la bicicleta avanza lentamente por la tumultuosa calle, con nosotros sentados cómodamente detrás. Veo las cúpulas doradas del Templo Sij por el que antes pasamos caminando, uno de los más importantes de la ciudad.
Desde el tuc-tuc, camino del centro capto algunas impactantes instantáneas, como una de las manadas de gente que recorren la ciudad con sus pertenencias a cuestas. Los saris de colores denotan que son familias enteras del Rajastán, que han tomado la capital en busca de trabajo. La sequía que azota la región, de la que ya os hablé, es la culpable de este forzoso éxodo. Igual de impactantes resultan los muchos edificios modernos abandonados, vacíos y en estado semirruinoso, que vemos camino de nuestro destino.
Y nuestro destino no es otro que Connaught Place, el lugar hoy considerado como el centro de Delhi, que pone punto final a este recorrido fotográfico por la capital de la India. Toma su nombre del duque inglés que lo construyó, también en torno a 1930. Es un conjunto de tres avenidas en forma de círculos concéntricos, con varias a modo de radios que confluyen en un parque central. Los edificios son de estilo georgiano, elegantes y porticados. Mientras algunos brillan mostrando un blanco impoluto, porque acaban de ser restaurados, otros muestran el estado de decrepitud al que había llegado este lugar.
Aquí se une lo peor y lo mejor de la ciudad y del país, haciéndose patente el contraste a cada paso. Frente a las tiendas de lujosas firmas, gente tirada en la calle mendigando unas rupias. Veo a un bebé en el suelo con la nariz llena de mocos cubiertos de moscas y se me cae el alma a los pies. Sin embargo, mi pena pasa a ser rabia cuando veo que sentada junto a él está su madre sin prestarle la menor atención. Es esa dejadez de este pueblo que me enerva y que veo difícil cambiar, aunque se hagan esfuerzos por arreglar las cosas y cambiar las costumbres, por limpiar las calles o poner urinarios públicos.
Es ese sentimiento de indignación el que me queda de este viaje, por encima de la tristeza por las cosas que he visto. Pero son muchos otros los sentimientos que perduran y vuelven a mí con estas últimas líneas. Sensaciones tan fuertes que me han dejado agotado para una temporada, tanto que no me he visto con fuerzas de emprender por ahora un nuevo viaje exótico. En mis vacaciones de Navidad que empiezo pasado mañana me iré de viaje, pero a un lugar tranquilo y conocido. Para descansar mi cuerpo y relajar mi mente, porque lo necesito y porque me lo merezco. Ya os contaré, os deseo un feliz paso de 2009 a 2010.

