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La Coctelera

Categoría: India

Delhi, al final, la capital

Estamos llegando al final del año y yo llego hoy al final de mi viaje a la India. Un viaje que hice ya hace más de tres meses y que he desgranado aquí desde entonces. Creo que ha dado mucho de sí, me ha encantado revivirlo y compartirlo con todos vosotros. Me da pena terminar, como me dio pena entonces que terminara el viaje, a pesar de que tras tantos avatares y experiencias también estaba deseando volver a casa y descansar.

Ya habíamos pasado por Delhi al inicio del viaje, pero entonces llegamos de noche al aeropuerto y sólo tuvimos un vistazo fugaz en el trayecto en coche hasta el hotel. Nos sorprendió la cantidad de gente durmiendo en las aceras de todas las calles y avenidas. Por la mañana abandonamos la capital rodeados del tráfico endiablado. Ahora llegamos desde Varanasi por la tarde y hacemos el mismo trayecto del aeropuerto al hotel bajo una intensa lluvia.

La capital de la India es una gran ciudad llena de contrastes. En realidad es la unión de muchas ciudades de todas las épocas, aunque básicamente se divide en dos: la Vieja y la Nueva. Nuestro hotel se sitúa estratégicamente entre ambas, y junto a él el contraste es patente. Lo primero que habéis visto el el Jantar Mantar, un increíble observatorio astronómico levantado por el maharajá Jai Singh II de Jaipur en 1730. A su lado, modernos edificios como el que veis a continuación.

Vamos dando un paseo hasta el famoso Hotel Imperial, construido en 1930 en un un precioso estilo art déco. Aunque llevamos unas pintas infames y vamos calados, somos bienvenidos porque somos turistas extranjeros. Recorremos las lujosas estancias, los salones y corredores, entre la crème de la crème que se aloja aquí. Me sorprenden los elegantes detalles decorativos hasta en los ascensores. Junto a la puerta, un coche antiguo nos traslada a la época dorada del hotel.

Nuestro hotel se llama The Park y no es tan antiguo ni tiene tanta solera, pero es magnífico. Su construcción es moderna y también su decoración, pero lo que destaca es el estupendo servicio que ofrece. Todos los empleados son auténticos profesionales y nos atienden con eficacia, a diferencia de otros que hemos encontrado a lo largo de nuestro viaje. Ofrece encantadores rincones como la piscina, pero su estilo es impersonal e internacional, igual podría estar en la India que en cualquier otro lugar del mundo.

Nueva Delhi es una ciudad que nada tiene que ver con el resto de la India. Trazada por los ingleses a comienzos del siglo XX como nueva capital, muestra el poderío del imperialismo británico. Sus anchas avenidas están flanqueadas por edificios administrativos y amplias zonas verdes. Aquí están los ministerios y las instituciones gubernamentales, en grandes y blancos palacios que apenas podemos ver entre la bruma. Sí vemos la Puerta de la India, el monumento más emblemático de la ciudad.

Visitamos un moderno bazar con tiendas de diseño y comemos en un café que podría estar en cualquier país europeo, si no fuera porque algunas mujeres adineradas visten saris de los caros. Nos cansamos de caminar por las anchas avenidas y cogemos un tuc-tuc para que nos lleve a la Vieja Delhi. Tras una loca carrera llegamos al templo de Lal Mandir, que veis a continuación. El ambiente nos resulta familiar y nos devuelve a la India que conocemos. Ante nosotros se alza la puerta del imponente Fuerte Rojo, que nos abstenemos de visitar.

Espero que os haya sorprendido la foto que acabáis de ver. Efectivamente, se trata de una svástica que decora la fachada del templo, como las que decoran todos los templos hinduistas del país. No podía irme sin fotografiar una, con el objetivo de explicaros esto. La svástica es un símbolo hindú muy antiguo, de tiempos de los arios, antepasados de los indios actuales. Hitler lo adoptó para representar la supremacía de la raza aria y lo hizo famoso, por lo que todos lo relacionamos con el nazismo aunque su origen es muy anterior y lejano.

Nos adentramos en la abigarrada calle Chandni Chowk, por la que casi no podemos caminar. Nos rodea una muchedumbre que camina, compra o vende en las innumerables y variadas tiendas. Nos perdemos por los callejones sin salida de los laberínticos bazares. Cruzamos el de las telas y llegamos finalmente al Bazar de las Especias. Es un espectáculo ver a centenares de hombres acarreando sacos en un marco apocalíptico. Es un placer dejarse llevar por la mezcla de aromas de las más exóticas especias.

Cogemos un rickshaw para que nos lleve de nuevo a la esquina del templo, donde podremos coger un tuc-tuc que nos lleve al centro. El hombre pedalea con dificultad y la bicicleta avanza lentamente por la tumultuosa calle, con nosotros sentados cómodamente detrás. Veo las cúpulas doradas del Templo Sij por el que antes pasamos caminando, uno de los más importantes de la ciudad.

Desde el tuc-tuc, camino del centro capto algunas impactantes instantáneas, como una de las manadas de gente que recorren la ciudad con sus pertenencias a cuestas. Los saris de colores denotan que son familias enteras del Rajastán, que han tomado la capital en busca de trabajo. La sequía que azota la región, de la que ya os hablé, es la culpable de este forzoso éxodo. Igual de impactantes resultan los muchos edificios modernos abandonados, vacíos y en estado semirruinoso, que vemos camino de nuestro destino.

Y nuestro destino no es otro que Connaught Place, el lugar hoy considerado como el centro de Delhi, que pone punto final a este recorrido fotográfico por la capital de la India. Toma su nombre del duque inglés que lo construyó, también en torno a 1930. Es un conjunto de tres avenidas en forma de círculos concéntricos, con varias a modo de radios que confluyen en un parque central. Los edificios son de estilo georgiano, elegantes y porticados. Mientras algunos brillan mostrando un blanco impoluto, porque acaban de ser restaurados, otros muestran el estado de decrepitud al que había llegado este lugar.

Aquí se une lo peor y lo mejor de la ciudad y del país, haciéndose patente el contraste a cada paso. Frente a las tiendas de lujosas firmas, gente tirada en la calle mendigando unas rupias. Veo a un bebé en el suelo con la nariz llena de mocos cubiertos de moscas y se me cae el alma a los pies. Sin embargo, mi pena pasa a ser rabia cuando veo que sentada junto a él está su madre sin prestarle la menor atención. Es esa dejadez de este pueblo que me enerva y que veo difícil cambiar, aunque se hagan esfuerzos por arreglar las cosas y cambiar las costumbres, por limpiar las calles o poner urinarios públicos.

Es ese sentimiento de indignación el que me queda de este viaje, por encima de la tristeza por las cosas que he visto. Pero son muchos otros los sentimientos que perduran y vuelven a mí con estas últimas líneas. Sensaciones tan fuertes que me han dejado agotado para una temporada, tanto que no me he visto con fuerzas de emprender por ahora un nuevo viaje exótico. En mis vacaciones de Navidad que empiezo pasado mañana me iré de viaje, pero a un lugar tranquilo y conocido. Para descansar mi cuerpo y relajar mi mente, porque lo necesito y porque me lo merezco. Ya os contaré, os deseo un feliz paso de 2009 a 2010.

Varanasi, el río de la vida y la muerte

Varanasi es una de las ciudades más antiguas del mundo y la más santa de la India. Levantada a la orilla del Ganges, el río sagrado del hinduismo, durante mucho tiempo se conoció como Benarés y recientemente recobró su antiguo nombre. Todas las experiencias que hemos vivido en nuestro viaje se ven superadas por esta facinante ciudad, que asusta y atrapa a la vez. Hemos leído y oído infinidad de historias y vivencias antes de llegar, pero estamos deseosos de experimentarlas en nuestras propias carnes. A pesar de la insistencia del guía local en organizarnos la visita a los ghats y el paseo en barca al atardecer, rechazamos la oferta y nos lanzamos por nuestra cuenta. Ya tenemos incluido el paseo en barca al amanecer y nos parece suficiente.

En cuanto pisamos la calle nos damos cuenta de que el hervidero es más frenético de lo que habíamos imaginado. Nos encontramos rodeados de una auténtica marabunta, que crece a medida que nos acercamos al río. Cogemos un tuc-tuc, pero llegamos a un punto en el que está prohibido el tráfico rodado y tenemos que continuar andando. Es entonces cuando tenemos que poner a prueba nuestros nervios, pero decidimos echarle valor y seguir adelante. Yo ya he aprendido, gracias a las experiencias que he vivido hasta ahora en la India, que lo mejor es hacerme el tonto y no contestar a nadie. Así, camino mirando al frenta haciendo caso omiso de los hombres, mujeres y niños que se acercan a mí y tratan de entablar conversación.

Finalmente conseguimos llegar a la orilla del río Ganges, donde se suceden los ghats a lo largo de los kilómetros de ribera. Estamos en el centro, en los ghats principales, que a esta hora de la tarde están bastante tranquilos. Sólo hay un puñado de sadhus sentados en los escalones, a los pies de los majestuosos palacios, tratando de mendigar alguna moneda a los turistas. Como no hemos comido en todo el día, decidimos subir a la terraza de un restaurante, desde donde se divisa una impresionante panorámica. Las aguas de color pardo del río se pierden en la distancia, mientras en primer plano centenares de barcas esperan a los turistas. Estamos a la altura de las copas de los árboles y veo, camuflado entre las hojas, un precioso loro verde.

Hay quien dice que en las sucias aguas del Ganges no hay vida, pero yo os aseguro haber visto a un pescador sacando un pez vivo del río. Es uno más de los misterios de este río sagrado para los hindúes, que se bañan en sus aguas para purificarse. Todos quieren morir aquí y ser quemados junto al Ganges, porque así su alma irá por fin al cielo y se librará del ciclo perpetuo de las reencarnaciones. Por eso abundan en esta ciudad los enfermos, tullidos y ancianos que esperan pacientes y alegres a que les llegue la muerte, un trance que para ellos no tiene nada de triste. Bajamos del restaurante justo cuando comienza a atardecer y contratamos a un barquero para que nos dé nuestro primer paseo por el río, nuestra primera experiencia inolvidable.

Comienza a oscurecer y montones de barcas con turistas a bordo comienzan a surcar las tranquilas aguas del río. Nuestro barquero nos lleva cerca de la orilla y nos va mostrando los ghats, hasta que llegamos al de Harishchandra, uno de los dos crematorios principales. Una enorme pira funeraria arde en todo su esplendor y me veo tentado de hacer una foto, pero me contengo porque he leído que está terminantemente prohibido. Al fijarme en la hoguera veo con total claridad un esqueleto envuelto en llamas; aparto la mirada y la dirijo a otro lado, pero esa fugaz visión me acompañará por el resto de mis días. Todavía hoy, al recordarlo, mi cuerpo se estremece. Volvemos al ghat principal cuando empieza la puja (pronúnciese "puya").

Las pujas son las ofrendas que los hindúes hacen a los dioses. Normalmente se hacen en los templos, pero en Varanasi se hacen también en los ghats junto al río. Normal, pues las aguas del Ganges son sagradas y su orilla está plagada de templos dedicados a todas las divinidades. Las barcas de turistas comienzan a concentrarse ante el ghat de Dashaswamedh, donde tiene lugar la ceremonia más vistosa de todas. Mientras hindúes y turistas van llenando el río de velas que flotan sobre las aguas, siete jóvenes comienzan una mágica danza al son de la música tradicional. El fuego, el incienso, la melodía y los movimientos de los bailarines, rodeados de una multitud por tierra y agua, componen un ritual difícil de explicar con palabras.

No recuerdo cómo volvemos al hotel, pero sí que llegamos exhaustos y nos acostamos pronto. Tenemos que madrugar mucho para volver al río a disfrutar de su otro momento culminante. Aún es de noche cuando nos recoge el chófer en el hotel y nos lleva a toda pastilla hasta los ghats, pues a esta hora las calles están desiertas. Subimos a la barca cuando comienza a amanecer y una luz misteriosa y blanquecina da un aspecto fantasmagórico al río. Volvemos a hacer el mismo camino que hicimos ayer por la tarde, aunque con otra barca, otro barquero y otra luz. Poco a poco la ciudad empieza a desperezarse y los ghats comienzan a poblarse de gente que se baña en las aguas del Ganges siguiendo su ritual de cada mañana.

Bajo la débil luz del amanecer, y la humedad que empaña mi cámara, nos sorprenden los imponentes palacios de todas las épocas que se alzan junto a la orilla. A sus pies, hombres, mujeres y niños, familias enteras, se sumergen alegremente en las sucias aguas. Los hombres casi completamente desnudos, las mujeres casi completamente vestidas. Según sale el sol y se va disipando la niebla, todo adquiere otro tono más brillante y multicolor. Es entonces cuando comenzamos a disfrutar de verdad de este increíble espectáculo, que vivimos entre el regocijo y el pudor. Los vecinos parecen acostumbrados al tránsito de turistas que les contemplan desde las barcas y no parece importarles, siguen con su vida como si nada.

Volvemos por el río y bajamos hasta el ghat de Manikarnika, el otro crematorio principal. Aquí los colores se vuelven más apagados, entre el humo de las piras funerarias y los montones de leña por todas partes. Hago una foto discretamente desde la distancia, que podéis ver a continuación. Esta zona es más tranquila y aquí puedo fotografiar a algunos curiosos personajes, en actitud íntima y personal, alejados de la muchedumbre. Me refiero al hombre barbudo que veréis después, que parece sorprendido o asustado, tal vez por nuestra presencia o por mi cámara. También al niño que deja caer el agua del río entre sus manos, en una bella estampa cuyo significado desconozco, pero que sin duda transmite paz y tranquilidad.

Regresamos al ghat principal para poner fin a nuestro paseo en barca matinal. Cuando llegamos está en su momento álgido, abarrotado de gente de todas las clases y condiciones, que se mezcla en una extraña armonía. Bajamos de nuestra barca y nos mezclamos con ellos, deslumbrados por los brillantes colores de los saris de las mujeres y las sombrillas de los sadhus, sin saber adónde mirar. Quienes han terminado de bañarse se visten, mientras nosotros volvemos raudos al coche que nos lleva de vuelta al hotel para desayunar. No son aún las ocho de la mañana, y nos parece increíble que haya tanta vida a estas horas tan tempranas, a las que la mayoría de nosotros habitualmente está durmiendo.

El resto de nuestra estancia en Varanasi pasamos el tiempo recorriendo las callejuelas del casco viejo. Calles estrechísimas que se cruzan formando un laberinto increíble, donde nos perdemos continuamente. Templos que aparecen escondidos tras cualquier esquina y bazares sin fin, donde venden seda y todo tipo de mercaderías agrupadas por gremios. A la hora de comer subimos a la terraza de un restaurante, donde somos los únicos clientes. Tras sentarnos y pedir, notamos un fuerte olor a quemado y vemos que el humo enturbia el aire. Nos damos cuenta entonces de que estamos junto al ghat de Manikarnika, el crematorio que os he mostrado antes. Noto cómo las cenizas caen sobre mi cuerpo, y supongo que también sobre la deliciosa comida. Prefiero no pensar y seguir comiendo, que estamos en Varanasi y "lo que no mata, engorda".

Visitamos la importante Ciudad Universitaria, donde un famoso templo atrae a multitud de fieles. Allí hay un grupo de hombres que entonan rezos y cánticos a distintas voces, que se funden con las campanadas que dan quienes entran al templo. El resultado es un sonido místico de gran fuerza, que consigue conmover y elevar mi espíritu. Aún visitamos otros templos antes de volver al centro y seguir recorriendo el intrincado laberinto lleno de sorpresas. Un niño se pega a mí como una sombra y no consigo que desaparezca; en cuanto me descuido vuelve a estar junto a mí. Tanteo continuamente mis bolsillos y le grito hasta perderle de vista. Cada rato tenemos que apartarnos para dejar pasar a un cortejo fúnebre camino del crematorio: los familiares llevan el cadáver en volandas, cubierto de telas y flores de colores. Caminan lo más rápido que permiten las callejuelas y la multitud. Todos parecen alegres.

Algunas calles acaban, de forma inesperada, en el ancho río. Alivia salir del ambiente cerrado y abigarrado, para enfrentarse a la grandeza del aire y el agua. En el Ganges las sorpresas continúan, como la que veis en esta última foto: un antiguo templo semihundido en las aguas, inclinado, como si se resistiese a ser devorado por ellas. Una imagen que resume la intensidad de esta ciudad, donde la vida y la muerte se dan la mano.

Paz en Orchha y Kamasutra en Khajuraho

Cada vez me queda menos para terminar el relato de mi cada vez más lejano viaje a la India. Cada vez me cuesta más recordar aquellos días, pero me esfuerzo en plasmarlos aquí para compartirlos con vosotros antes de olvidarlos. Creo que vale la pena llegar hasta el final y, además, aún no he llegado al momento culminante de este increíble viaje.

Dicen que un viaje a la India no es completo si no se viaja en tren y nosotros también tenemos nuestra dosis. Después de visitar el Taj Mahal nuestro amigo conductor nos lleva a la estación de Agra, donde nos despedimos definitivamente de él a la vez que le entregamos el sobre con la propina. Estamos un poco acojonados, porque hemos visto los trenes cargados de gente que viaja entre los vagones y sobre ellos. Leemos en la guía que es imprescindible llevar cadenas y candados para que no te roben las maletas, pero nosotros no llevamos. Afortunadamente, nuestro tren es mucho mejor de lo que esperábamos y, al menos en nuestra primera clase, el ambiente es bastante parecido al de un tren español. El viaje hasta Jhansi dura sólo tres horas y es bastante agradable, aunque intentamos no quedarnos dormidos por si acaso. Vemos verdes campos con vacas y búfalos hasta que empieza a llover con fuerza.

Llegamos a Jhansi en pleno aguacero y allí nos espera nuestro nuevo chófer, que nos conduce hasta el cercano pueblo de Orchha, donde pasaremos la noche. En cuanto disminuye la lluvia salimos a dar un paseo y nos sorprende la tranquilidad del pueblo. Aquí todavía no ha llegado el turismo de masas y es un placer pasear junto al río bajo la mirada de los aún sorprendidos vecinos. Después del acoso y derribo de la sucia Agra, se agradece. Vemos el fuerte que emerge entre la fronda al otro lado del río y nos dirigimos hacia él. Al cruzar el puente de piedra me encuentro por fin con la oportunidad de fotografiar a un sadhu, aunque tenga que darle las consabidas monedas. Al hacer la foto no me doy cuenta, pero ahora que la veo me parece que está levitando. Y, cuanto más me fijo, más convencido estoy. Luego entramos en el corazón del pequeño pueblo por su apacible calle comercial.

Los edificios más sorprendentes de Orchha son los cenotafios levantados por la dinastía de los Bundela, que parecen gigantescas catedrales y se divisan desde la lejanía. No entramos porque resulta peligroso, ya que se encuentran en muy mal estado, sucios y abandonados. Me llaman la atención los extraños arcos que hay a la entrada de la población, una perfecta combinación de la arquitectura persa por abajo y la japonesa por arriba. Paseamos por caminos que acaban en el bosque plagado de monos, hasta que vuelve a llover. Entonces buscamos un sitio para cenar y descubrimos el restaurante Krishna, totalmente recomendable. Mientras saboreamos la comida casera, su joven dueño nos habla de la ilusión que ha puesto en él. Espera a los turistas como agua de mayo, pero no llegan, porque el restaurante es tan nuevo que no está en las guías turísticas. Yo le prometo que pondré su foto en internet y él se emociona.

El día siguiente amanece despejado y radiante. Durante el agradable viaje en coche hacia Khajuraho cruzamos verdes campos y caudalosos ríos. Llegamos a nuestro destino a mediodía y de inmediato salimos del hotel para ir a visitar los templos. Grave error, porque el calor sofocante nos lo hará pagar caro: yo estoy a punto de sufrir una lipotimia bajo el sol cenital. El grupo de templos del oeste es el principal y hay que pagar para visitar el recinto cerrado. En un amplio espacio ajardinado hay un puñado de templos diseminados. Todos tienen una estructura parecida, con su cúpula piramidal precedida de una pequeña nave, sobre un pedestal al que se sube por una escalera. Desde lejos parecen colmenas, pues la piedra roja de la que están construidos está completamente taladrada, como si hubiera sido atacada por un ejército de abejas asesinas.

Al acercarnos nos damos de bruces con la realidad que ya conocíamos: los templos están cubiertos de bellas esculturas, muchas de las cuales son eróticas. Son conocidos como los Templos del Kamasutra, pues muestran parejas y grupos en todas las posturas sexuales imaginables. Algunas esculturas, grandes y delicadas, se exhiben abiertamente en la fachada, como las que veis a continuación. Tres parejas en pleno acto sexual y en posturas imposibles, rodeadas de otras personas, ocupan la parte central de tres grandes frisos. Otras más pequeñas, toscas y primitivas (pero igual de explícitas) se ocultan entre esculturas de diversa temática en los frisos más estrechos. Pasamos la tarde escrutando las abigarradas fachadas de los bellos templos en busca de erotismo, hasta que cae el sol y el recinto se llena de visitantes. Entonces lo abandonamos y contemplamos el precioso atardecer desde la terraza de un café situado enfrente.

Parece imposible que estas esculturas tan provocativas se tallaran hace mil años (entre los siglos X y XI) cuando todavía hoy escandalizan a mucha gente. Hay diversas teorías que tratan de explicar por qué se esculpieron en tiempos de la dinastía Chandela, pero la más extendida (a la vez que peregrina) es que trataban de fomentar el sexo y la natalidad en tiempos de guerra y hambrunas. También vemos algunas de estas esculturas eróticas en el segundo grupo de templos, que visitamos a la mañana siguiente. Es un grupo pequeño de templos dispersos, más deteriorados que los anteriores porque no están en un recinto cerrado. Sin embargo, algunos están bastante restaurados y presentan fachadas aún más intrincadas que todas las que hemos visto, como podéis comprobar a continuación.

El último grupo de templos que visitamos en Kharujaho es diferente: se trata de un conjunto de Templos Jainistas que están abiertos al culto y contienen un museo sobre esta religión o secta. Nos sorprenden las grandes imágenes de dioses completamente desnudos, con sus atributos sexuales perfectamente definidos. Es algo a lo que no estamos acostumbrados, pero que resulta normal para los jainistas, que son naturistas y practican el nudismo. Los seguidores de esta secta visten de forma austera, semidesnudos, como el sadhu que habéis visto antes y el hombre de amarillo que veréis ahora. Viven en armonía con la naturaleza y no comen animales, algunos incluso se tapan la boca con una venda para no tragarse accidentalmente un insecto. Tras esta interesante visita salimos del templo blanco que reluce bajo el sol; estamos a media mañana y ya estamos chorreando de sudor porque aprieta el calor. Montamos en el coche que nos lleva al aeropuerto, desde donde saldremos volando con rumbo a nuestro próximo destino.

Fatehpur Sikri, Agra y el Taj Mahal

Esta mañana dos amigos me han dicho que tengo el blog abandonado y, la verdad, me ha sentado fatal. Debéis comprender que estas crónicas sobre mi viaje a la India me llevan bastante más tiempo que un post normal. Además, como comenté en mi entrada anterior, este otoño está acabando conmigo entre problemas y enfermedades, que me tienen sumido en un estado de letargo del que espero salir pronto. Por último, reconozco que desde que me regalaron Los Sims 3 por mi santo le he dedicado más tiempo que al blog. Me he enganchado a este juego como me enganché a las dos versiones anteriores y a todos y cada uno de sus packs de expansión. Mea culpa.

Salimos por fin del Rajastán y entramos en el vecino estado de Uttar Pradesh. Notamos de inmediato que el paisaje se hace más verde y el atuendo de la gente más apagado. Nada más cruzar la frontera nuestro conductor para el coche para preguntar, como de costumbre. Veo a una extraña mujer, distinta a todas las que hemos visto hasta ahora, y me dispongo a hacerle una foto. Ella me ve y comienza a acercarse a la vez que disparo mi cámara. De pronto recuerdo que no llevo rupias sueltas y me entra el agobio, así que cierro corriendo la ventanilla. Afortunadamente, nuestro chófer llega justo en el momento en el que ella empieza a golpear el cristal. Partimos de de allí a una velocidad que me parece lenta, comparada con el ritmo de los latidos de mi desbocado corazón.

Poco después llegamos a Fatehpur Sikri, la ciudad abandonada. Fundada por el emperador Akbar para ser capital del Imperio Mogol en 1571, fue abandonada por todos sus habitantes sólo catorce años después. Hay varias teorías, pero la más aceptada es que este abandono se debió a la falta de agua que se produjo en esta ciudad rodeada de vegetación. Hoy se conserva en perfecto estado y sus edificios parecen recién construidos, pero el único que se mantiene vivo es su importante mezquita. Atrae a musulmanes de todo el país y su estilo me recuerda al de las mezquitas persas que vi en Irán. Recorremos la gran explanada rodeados de algunas mujeres y muchos hombres de todas las edades, que rezan o se lavan. Alguno nos persigue para que le contratemos como guía o le compremos un collar.

El resto de la ciudad abandonada de Fatehpur Sikri es un recinto cerrado, al que se accede previo pago. Sólo algunos turistas, entre ellos muchos indios, perdidos en esta impresionante ciudad de anchas plazas, espacios abiertos y elegantes palacios de piedra roja. Dejo volar mi imaginación y me veo viviendo en este maravilloso lugar, hoy abandonado y convertido en museo, donde sólo vive algún que otro perro. Como yo, cada uno vive su historia particular en esta mágica ciudad, pienso al ver a unos hombres que tratan de abrazar una extraña columna en el interior de un palacio. Se tratará de alguna leyenda de las muchas que encierra este misterioso lugar, como la que dice que Akbar fundó esta ciudad porque aquí se encontró con el santo que vaticinó el nacimiento de su hijo primogénito.

Salimos de la ciudad y regresamos hacia el coche caminando por una carretera que parece tranquila y apacible. Hago una bonita foto a una mujer que cruza los arcos de la muralla, sin ver que al fondo hay un grupo de niños. Hacia ellos vamos sin remedio y sin saber lo que nos espera. En cuanto nos acercamos comienzan a pedirnos jabón, chocolate, rupias o lo que sea. Sacamos los botes de gel que hemos cogido en los hoteles y se los damos, pero de todas partes empiezan a salir niños y niñas que nos rodean y nos acosan hasta que me pongo nervioso. Seguimos andando sin hacerles caso, pero una niña me persigue hasta que estallo. Cuando me agarra la mochila le suelto un guantazo en la mano, a la vez que le pego un grito, pero a ella le da igual y sonríe. Por primera vez en el viaje, han conseguido sacarme de mis casillas.

Desde que entramos en Uttar Pradesh hemos notado que la gente es más agresiva, pero aún no hemos visto nada. Llegamos a Agra, donde la agresividad llega a cotas insospechadas. Tiene su lógica: aquí está el Taj Mahal, el monumento más visitado del mundo, así que lo peor de cada casa de la India ha venido a Agra a intentar aprovecharse de los turistas que vienen de todos los rincones del mundo. Resulta que estamos a viernes, justo el día que cierra el famoso monumento, que sólo podremos ver mañana al amanecer. Cogemos un tuc-tuc al centro de la ciudad, pero allí no encontramos nada interesante y encima nos sorprende la lluvia, haciendo aún más desagradable la visita. Finalmente escampa y nos decidimos a entrar en el Fuerte Rojo, que nos sorprende favorablemente: un remanso de paz entre tanta violencia.

Desde lo alto del fuerte disfrutamos de una maravillosa vista del Taj Mahal, que aparece a lo lejos, a la orilla del río. Es la primera vez que vemos el famoso monumento, que incluso desde la distancia resulta impresionante. También disfrutaba de esta vista el maharajá desde los arcos de la Sala de Audiencias, donde ahora se hacen fotos los turistas locales. El fuerte encierra muchas sorpresas, que nos dedicamos a descubrir hasta que llega la hora del cierre. Comienza a atardecer y las estancias se vacían de turistas, apareciendo aún más majestuosas ante nuestros asombrados ojos.

Salimos del fuerte con intención de acercarnos al Taj Mahal, pero no conseguimos cumplir nuestro deseo de que alguien nos lleve a la fachada que da al río. Nos bajamos de varios tuc-tuc porque los conductores sólo quieren llevarnos a tiendas o restaurantes, vendernos drogas o liarnos. Finalmente cogemos un rickshaw (cuyo conductor nos ofrecerá mujeres por el camino) que nos acerca hasta el parque que rodea el famoso monumento. No conseguimos verlo de cerca porque el recinto está rodeado de un muro, así que desistimos y nos vamos a cenar. Después, más relajados, decidimos cruzar a pie el bazar que nos separa de nuestro hotel, el fabuloso The Gateway, la nueva marca de hoteles urbanos de la cadena Taj. No han acabado las sorpresas, porque caminando por este bazar viviremos el último momento tenso del día.

Paseamos por un laberinto de callejuelas intentando orientarnos, cuando de repente quedamos sumidos en la más absoluta oscuridad. Ya os he contado que en este país son frecuentes los apagones, pero hasta ahora ninguno nos había sorprendido tanto. Nos quedamos clavados como estatuas sin saber qué hacer, intentando mantener la calma. Afortunadamente, poco a poco empezamos a ver luces y conseguimos salir de allí sanos y salvos. Llegamos al hotel reventados y exhaustos, en busca de nuestro merecido descanso. Tenemos que madrugar para visitar el Taj Mahal al amanecer, pues dicen que es la mejor hora: hay menos turistas, hace menos calor y el sol de la mañana hace que brille más. Desgraciadamente está nublado y no brilla mucho, cuando lo vemos aparecer tras la puerta del recinto, después de pasar los férreos controles de seguridad.

Me siento confuso entre un sinfín de sensaciones encontradas. He visto tantas veces el Taj Mahal en fotos o películas que me parece increíble estar aquí por fin. Aunque conozca el monumento y la leyenda de su construcción, la maravillosa historia de amor del rey que levantó el edificio más bello para recordar a su fallecida esposa, no me decepciona. Aunque esté nublado, el majestuoso mausoleo supera todas mis expectativas. La belleza, simetría y perfección del edificio no tienen parangón. Acercarse y verlo crecer, apreciar los detalles de su fachada, todo es una experiencia sin igual, aunque yo no esté muy despierto a estas horas de la mañana. Lo rodeamos y entramos en su interior, lo que sí supone una pequeña decepción porque está muy oscuro y no se ve nada. Luego volvemos a alejarnos y nos despedimos de él y de su perspectiva perfecta.

Jaipur, la ciudad rosa

Después de unos cuantos días recorriendo el estado del Rajastán, por fin llegamos a su capital, Jaipur. La ciudad más grande que hemos visitado hasta ahora, con más de tres millones de habitantes. Aquí pasaremos dos noches y desde aquí escribiré mi único post desde la India, contando las primeras impresiones del viaje. El nombre de la ciudad, por supuesto, viene del de su fundador (Jai Singh II). Su sobrenombre de ciudad rosa se debe a que de ese color se pintaron sus viejos muros para la visita del Príncipe de Gales en 1876. En cuanto llegamos nos absorbe el bullicio de la gran ciudad, el tráfico enloquecido, el ruido ensordecedor. Se hace patente la superpoblación y entendemos los continuos anuncios de la "píldora del día después" en la tele. Aquí todo se eleva a la máxima potencia: las vacas, las bocinas y la multitud que nos rodea.

No podemos parar de caminar por esos fascinantes barrios que encierran mercados de todo tipo. Nos encontramos de repente en pleno bazar de las gemas, donde gente apiñada se muestra y nos muestra toda clase de piedras, supuestamente preciosas. Huimos rápida y discretamente porque estamos avisados y escarmentados, pero no puedo evitar acordarme de mi amiga Teresa y del peligro que aquí tendría... Cuando conseguimos salir de los callejones a las anchas avenidas que dividen en cuadrícula la Ciudad Rosa, nos relajamos un poco. Podemos pasear entre las tiendas viendo la vida cotidiana y las sorprendentes imágenes que surgen a cada paso. Desde la "vaca sin cabeza" hasta el "hombre disfrazado" (probablemente empleado de hotel) hablando por teléfono (y no móvil precisamente) en plena calle.

La vieja ciudad de Jaipur es una cuadrícula perfectamente planificada, rodeada de una muralla que se cruza por hermosas puertas de color rosa. Agotados de caminar, cruzamos una de ellas en un rickshaw conducido por un hombre en bicicleta,  que en la cuesta arriba se baja y empuja a pie. Cuando llegamos a nuestro destino le damos mucho más de lo que habíamos acordado, para limpiar nuestra conciencia. Estamos ante una maravilla que, casualmente, se sitúa junto a nuestro Hotel Trident. En medio de un lago parece flotar el mágico Jal Mahal (Palacio del Agua), brillante como su reflejo. Han construido un moderno paseo donde tal vez algún día habrá palmeras, pero al que ahora hay que llegar cruzando la tierra y el barro. Aquí acuden las parejas al atardecer, para pasear y disfrutar de la romántica vista bajo la atenta mirada de los policías, que vigilan para evitar robos y altercados. Una bella y relajante imagen para poner fin a un largo día.

El día siguiente, que será aún más agotador y sorprendente que el anterior, empieza pronto. Madrugamos para ir al Fuerte de Amber, que se alza entre las montañas a 11 kilómetros de Jaipur. Siguiendo la turística tradición, subimos a lomos de un elefante desde el fondo del valle hasta lo alto del fuerte, en una experiencia única y sin duda inolvidable. Es un espectáculo ver la caravana de elefantas pintadas (todas son hembras y todas se llaman Laxmi) ascendiendo hacia el imponente fuerte que crece ante nosotros al acercarnos. Nos llama la tención el colorido de los animales y de los turbantes de sus guías, bajo la mole de piedra y el cielo azul. También el tenue amarillo del elegante sari de la mujer que sube la cuesta paciente, a pie porque no es una turista ni viene de un lejano país, a diferencia de quienes la vemos desde lo alto de los paquidermos.

La vista desde los torreones del fuerte es espectacular: abajo los jardines y al fondo las murallas que trepan por las montañas, donde en mi imaginación veo subir y bajar elefantes en otros tiempos. A diferencia de otros fuertes que hemos visitado, aquí no tenemos que seguir un orden ni limitarnos a una ruta establecida. El inmenso castillo nos ofrece innumerables salas vacías y fantasmagóricos pasillos por los que perdernos. Nos sumergimos en una emocionante aventura, investigando cada rincón. Intentamos aislarnos y huir de la masa de turistas japoneses que se mueven como un enjambre, disparando sus cámaras como si fueran aguijones. Cuando nos cansamos de dar vueltas y no nos queda nada por descubrir, emprendemos el descenso. Bajamos por la interminable escalera dejando atrás el fuerte y a los persistentes vendedores de recuerdos. 

Tras la preciosa visita al Fuerte de Amber, nuestro chófer nos deja en el centro de la Ciudad Rosa para visitar el Palacio de la Ciudad. Es la residencia oficial del maharajá de Jaipur, que aún habita en un ala del palacio. El resto del enorme recinto está convertido un gran museo, que alberga colecciones de pinturas, antigüedades y todo tipo de objetos relacionados con la historia de la ciudad. Recorremos rápidamente las salas de audiencias y de exposiciones, donde se exhiben desde vestidos hasta armas, desde coches hasta aviones. Al salir del palacio vemos, junto a él, la fachada del edificio más famoso y fotografiado de Jaipur: el Hawa Mahal (Palacio de los Vientos). Desde esta impresionante colmena rosa, formada por montones de balcones cubiertos de celosías, contemplaban antaño vida en la calle las princesas y mujeres de la casa real.

Cansados de visitar fuertes y palacios nos echamos de nuevo a la calle, salimos de la vieja ciudad rosa y seguimos la calle comercial hacia la zona más moderna. Nos encontramos de pronto con una sorpresa inesperada: ante nosotros se alza imponente el cine Raj Mandir, uno de los más famosos de la India. Su impresionante fachada rosa de estilo art déco nos traslada al Miami de los años treinta y de inmediato tenemos una idea. Dicen que una visita a Jaipur no es completa si no se ve una película en este cine, así que sacamos las entradas para la primera sesión de la tarde. Somos fans de Bollywood desde que vimos Bilú el barbero en Lavapiés hace unos meses, en el festival de cine indio al aire libre que se celebra en este barrio madrileño. Entonces pensábamos que no aguantaríamos la película, pero nos quedamos hasta el final.

El interior del cine es aún más espectacular que el exterior, como una gigantesca tarta de fresa, pero no consigo hacer fotos porque una mujer de uniforme me persigue y me lo impide. La película de estreno, como veis, se llama Love Aaj Kal (que no sé qué significa, aparte de amor) y es en hindi sin subtítulos, pero aun así nos la tragamos entera. Familias enteras, niños llorando en el cine, descanso en la mitad de la película... la experiencia me recuerda aquellas tardes en el cine cuando era pequeño. Aunque no entendemos los chistes (de pronto todo el mundo se ríe y no sabemos de qué) podemos seguir el argumento y nos ayuda que los indios utilicen algunas palabras y expresiones en inglés, como all the best. Se trata de una comedia romántica con ambiente internacional que habla de la dualidad entre tradición y modernidad que vive el país. Por supuesto, la factura de la película es espléndida y los números musicales fabulosos, como podéis ver aquí:

 

La visión de esta película en semejante palacio del cine nos deja locos y acrecienta nuestra pasión por Bollywood, sus canciones, actores y actrices, que están hasta en la sopa: salen en todos los anuncios de la tele, en las portadas de las revistas y los carteles de las calles. Volvemos a la ciudad vieja y fotografío a unos niños con ojos tristes, que miran las fotos como si nunca hubieran visto su cara antes. Luego cogemos un tuc-tuc para que nos lleve a Samode Haveli, un precioso lugar que nos han recomendado para cenar. Después de tanto ruido y ajetreo nos sentimos en un remanso de paz, sentados en el patio de este hotel-palacio mientras disfrutamos de la deliciosa comida, del sonido del agua de la fuente y de la música tradicional. Un marco incomparable y relajante para poner punto final a nuestra estancia en la bulliciosa capital del Rajastán.

Una vez más, el destino fatal que persigue los destinos de mis viajes me da que pensar... Mientras escribía este post se ha producido un gigantesco incendio en Jaipur. Siguen ardiendo los depósitos de combustible situados a varios kilómetros del centro, tras varios días de infierno. Ha habido una decena de muertos, aunque al menos se ha salvado de las llamas la ciudad rosa.

Pushkar, el lago sagrado

Algo recuperado de mi tendinitis en el hombro, sigo con el relato de mi viaje a la India. El trayecto desde Udaipur es más accidentado de lo normal, porque la carretera está en mal estado y tenemos que desviarnos varias veces. Hemos oído y leído mucho sobre Pushkar, es pequeña población plagada de templos, construida alrededor de un lago en cuyos ghats los brahmanes timan a los turistas. Por fin llegamos a nuestro hotel Pushkar Palace, que también es histórico, o como dicen aquí heritage. Nos asomamos a ver el panorama y quedamos estupefactos, al ver que el lago está prácticamente seco y sólo hay agua en algunas albercas construidas junto a los ghats. Nos cuentan que el Rajastán sufre una pertinaz sequía y, lo que es peor, el monzón de este año no ha sido generoso.

Nos disponemos a recorrer el pueblo, que se limita a una larga calle paralela al lago en dirección al Templo de Brahma, el único dedicado a esta deidad en todo el país. Recorremos la calle rodeados de peregrinos de todo pelaje y apreciamos la diversidad de razas y costumbres. Comprendemos que los hippies vinieron a la India en los años 70 y se llevaron a Europa y América las costumbre locales. Porque los indios caminan descalzos, llevan pendientes y pulseras, toda clase de piercings y tatuajes... Por no hablar del cabello, que llevan largo, con rastas, rapado y con una trenza detrás... Entre los transeúntes vemos también animales, como las palomas en el ghat o las omnipresentes vacas a la puerta de un templo.

El cielo comienza a nublarse de pronto y comienza a llover, así que nos refugiamos en un restaurante con intención de comer. La lluvia se transforma en una fuerte tormenta y vemos el arco iris sobre los templos y los montes. La tromba de agua arrecia y parece no tener fin. Nos habían hablado de la sequía, pero parece que nosotros hemos traído la lluvia y los vecinos lo agradecen. El problema no es que llueva, sino que no hay luz. Estamos ya acostumbrados a los continuos apagones que se dan en este país, aunque normalmente duran poco. Sin embargo, nos dicen que en Pushkar se va la luz cada tarde durante tres horas, y necesitan electricidad para cocinar o para hacer un simple lassi.

Esperamos en vano a que vuelva la luz para poder comer y, cuando la lluvia comienza a amainar, decidimos seguir nuestro camino. Continuamos paseando por la calle, rodeados de templos, havelis, mujeres con saris y hombres con turbantes. Finalmente llegamos al Templo de Brahma, el destino de todos los visitantes, donde nos rodea una gran multitud. Dentro no se permite hacer fotos, ni introducir cámaras, ni tabaco ni bolsas, así que optamos por turnarnos: mientras uno entra, el otro se queda con sus pertenencias, incluidos los zapatos. Yo subo descalzo la escalera que conduce a la entrada, mientras las mujeres me ofrecen flores y los hombres se ofrecen para hacerme de guía. Yo no hago caso a nadie porque estoy prevenido de los timos, y hago como si no entendiera lo que me dicen.

La experiencia es interesante, aunque me resulta un poco agobiante. Me siento extraño, en medio de una multitud unida por un fervor religioso que no comparto. Doy una vuelta rápida por el interior del templo y me abstengo de bajar a un cubículo donde la gente se amontona todavía más. Salgo deprisa y luego me toca esperar mientras me repongo, a la vez que un niño me presiona hasta lo imposible para que le compre algo de comer. Luego volvemos por el mismo camino y, por fin, podemos parar a cenar en un restaurante con terraza. Devoramos lo que nos ponen, después de todo el día sin comer (creo que es mi primera comida tras mi incidente intestinal). Ya ha anochecido y, de vuelta al hotel, vemos los templos iluminados, donde sigue el bullicio constante.

Al día siguiente, el sol brilla y los colores se ven más luminosos. Desde nuestro precioso hotel, con ese aire antiguo y decadente, tenemos una vista privilegiada del espectáculo junto al lago seco. Mientras desayunamos en el comedor, amueblado y decorado al estilo colonial británico, nos despedimos de Pushkar. El ajetreo sigue en los ghats, pero nosotros tenemos que marcharnos para continuar nuestra ruta. La visita a esta legendaria población ha sido corta pero intensa; sin duda ha merecido la pena.

Udaipur, la ciudad romántica

Sigo con las crónicas de mi reciente viaje a la India, de las que hoy os traigo una nueva entrega. Seguimos en el Rajastán, donde casi todas las ciudades llevan el nombre de su fundador. Salimos por la mañana de Jodhpur (fundada por Rao Jodha), en dirección a Udaipur (fundada por Udai Singh II). Dejamos atrás el árido desierto de Thar y nos internamos en una zona más verde y montañosa. Hacemos una parada en el camino, para visitar los impresionantes templos jainistas de Ranakpur.

Como vestimos bermudas, para entrar en los templos nos tenemos que poner encima unos horribles pantalones anchos que parecen de pijama, con los que tenemos unas pintas tremendas. El interior es de una belleza sobrecogedora, no en vano se trata de uno de los conjuntos jainistas más importantes del país. Nos vemos rodeados de cientos de columnas de mármol, todas diferentes, talladas y esculpidas magistralmente con motivos geométricos y florales. Las figuras humanas de los capiteles me recuerdan a las estatuas de los templos aztecas.

Tras esta extraordinaria visita continuamos camino hasta Udaipur, la ciudad más romántica del Rajastán. Tanta fama tiene que se ha convertido en la "ciudad de las bodas" y la gente acude hasta aquí para casarse, tanto de la India como del extranjero. La bella ciudad está situada a orillas del lago Pichola y rodeada de verdes colinas. En cuanto nos instalamos en el hotel Trident, a las afueras de la ciudad, salimos a dar un agradable paseo hasta el lago. Allí, un elefante hace las delicias de los turistas mientras su cuidador se baña.

Por primera vez vemos los famosos ghats: esas escalinatas de piedra que bajan desde las fachadas de los edificios hasta las aguas del lago. Aquí, los hombres y mujeres se bañan, lavan la ropa, rezan o se sientan a ver pasar la vida. Detrás de ellos se alza el majestuoso Palacio que domina toda la ciudad, rematado por un sinfín de torreones y cúpulas. Frente a este conjunto, cubriendo por completo una isla situada en medio del lago, se encuentra el hotel Lake Palace, un lujo al alcance de sólo unos pocos privilegiados.

Subimos a la terraza del restaurante Rainbow, situado junto a los ghats a la orilla del lago. Disfrutamos de un delicioso lassi (yogur batido con frutas) mientras vemos a unos jóvenes bañarse y hacer piruetas en el agua. Estamos tan a gusto, recostados en un colchón al borde de la azotea, contemplando el paisaje. El dueño del local se acerca a conversar con nosotros en un aceptable español y nos cuenta su sueño: levantar dos plantas el edificio que alberga su restaurante para dar cabida a un hotel. Nos explica que la inversión necesaria sería mínima para nuestros bolsillos españoles.

"I had a hotel in Udaipur" repito en voz alta una y otra vez, emulando la famosa frase de Meryl Streep "I had a farm in Africa" con la que comenzaba la película Memorias de África. El propietario del restaurante nos ha ofrecido asociarnos con él y me ha contagiado su sueño. Me veo regentando el hotel a orillas del lago Pichola, viviendo una vida tranquila y sosegada. Comienza a atardecer y la vista se hace aún más romántica, así que decidimos pedir la cena para no tener que abandonar nuestra relajada postura.

Al día siguiente visitamos el Palacio de la Ciudad, que es tan hermoso como todos los que hemos visto o incluso más. Recorremos sus patios y sus salones, todos ricamente decorados. Me sorprenden algunas estancias cubiertas de espejos y cristales de colores, que tienen el aspecto de una discoteca psicodélica. En contraste con esta decoración estridente, hay salones pintados en colores pastel que transmiten paz y tranquilidad, donde conversan relajadamente los vigilantes, que aquí visten al estilo militar.

Después nos dedicamos a pasear por la ciudad y a descubrir sus rincones. Visitamos un jardín que nos decepciona bastante y contemplamos una maravillosa panorámica: el ghat de un templo, al otro lado del lago, lleno de mujeres con saris de colores. Visitamos el templo más famoso de la ciudad y fotografío junto a él a una niña muy rara, por supuesto a cambio de unas rupias. Luego comemos en un café muy cool, lleno de jóvenes extranjeras tiradas por el suelo. Udaipur es una ciudad donde los "mochileros" se sienten como en su casa, lo que no es difícil de entender.

Por la tarde tenemos nuestra excursión en barca por el lago Pichola. Es una actividad típica de aquí y no hay turista que se la pierda. Compartimos nuestra barca con el timonel y con gente de diversas nacionalidades, bajo un calor sofocante. Desde el agua todo adquiere un aspecto diferente y mágico: el Palacio brilla como reflejado en un espejo, mientras el blanco hotel Lake Palace parece un trasatlántico perdido, un buque fantasma, como si fuera el Titanic a punto de hundirse entre la niebla. 

Por fin llegamos al punto más lejano de nuestra travesía acuática: la isla de Jagmandir. Nos recibe una hilera de elefantes de piedra y nos disponemos a recorrer el palacio, pero también nos decepciona. No hay nada que ver aquí, sólo el espléndido panorama de la ciudad que se divisa entre los elefantes. El pequeño palacio y su jardín están acondicionados para celebrar bodas, y vemos a unos cuantos empleados preparando un banquete. Afortunadamente hay unos aseos fantásticos y hago buen uso de ellos, porque mientras espero el siguiente barco llega el gran retortijón. Se acabó el romanticismo, el resto de mi estancia en Udaipur será una cagalera continua. Pasaré la segunda noche entre la cama y el retrete de mi habitación del hotel Trident.

Jodhpur, la ciudad azul

Salgo de las tinieblas y vuelvo a la luz y al color, o al menos lo intento. Sigo con las crónicas de mi viaje a la India, para refugiarme en el pasado y alejarme de la cruel actualidad. Llegamos a Jodhpur, la ciudad más grande que hemos visitado hasta ahora en el Rajastán, con casi un millón de habitantes. Nos alojamos en el hotel Taj Hari Mahal, el summum del lujo y el confort, como corresponde a la prestigiosa cadena hotelera Taj.

En este hotel, situado en la ciudad nueva, pasaremos sólo una noche. No hay tiempo que perder y nuestro primer destino es el fuerte de Mehrangarh, hasta donde nos conduce nuestro diligente chófer. La mole del fuerte domina imponente la ciudad, desde lo más alto de una gigantesca roca. Sin duda es el fuerte más grande, alto e impresionante que hemos visto hasta ahora, pero ya nos empezamos a acostumbrar a que cada día sea mejor que el anterior.

Entramos en el fuerte y empezamos a ascender hacia lo más alto, desde donde tenemos una vista privilegiadad de la ciudad que queda a sus pies. Entendemos de inmediato su sobrenombre de "ciudad azul" porque éste es el color que predomina en las fachadas de sus casas. Al principio sólo se pintaban de azul las casas de los brahmanes, pero luego la costumbre se extendió, porque por lo visto este color ahuyenta a los mosquitos.

Mientras visitamos el fuerte, de repente nos vemos envueltos en una marea multicolor. Será porque hoy es sábado, y son muchos los vecinos y turistas locales que aprovechan para visitar este lugar. Además de los impresionantes salones del palacio y sus lujosos muebles, nos sorprende la multitud que nos rodea. Familias enteras que se mezclan con nosotros y con los hombres encargados de vigilar el museo, vestidos de manera pintoresca.

Aprovechamos para hacer fotos a los lugareños mientras ellos posan encantados, pero parece que también ellos se sorprenden de nosotros. Somos muy pocos los extranjeros, así que aquí somos los raros. Nos miran extrañados, nos fotografían disimuladamente e incluso se hacen fotos con nosotros. Sobre la muralla que rodea el fuerte y cae en picado sobre la ciudad, las mujeres con sus saris y los hombres con sus grandes turbantes llenan todo de color.

Nuestro siguiente destino está muy cerca del fuerte y dispone de una privilegiada vista del mismo. Se trata del Jaswant Thada, también conocido como pequeño Taj Mahal, un mausoleo recubierto de mármol, con una cúpula escalonada cubierta de palomas. Está rodeado de un apacible jardín con un estanque, donde todo es tranquilidad porque estamos prácticamente solos. Un músico estratégicamente situado toca una hermosa melodía, a cambio de unas rupias de los turistas.

Estamos ya cansados de visitar monumentos y deseando sumergirnos en la ciudad vieja de Jodhpur, así que pedimos a nuestro conductor que nos deje en el mercado. No se puede llegar en coche hasta allí, pero al menos nos acerca y seguimos a pie. Llegamos a la plaza del mercado, con su puerta y su torre del reloj, que me recuerda a las que había en las ciudades de Sri Lanka. Todo es un barullo de puestos, gente, vacas, motos y bicicletas.

Huimos del jaleo reinante y nos perdemos por el laberinto de callejuelas que rodean la plaza. Un chico nos muestra cómo hace pulseras de resina. Vemos de cerca las casas azules y los preciosos arcos, que me recuerdan a algunas ciudades de Marruecos. Los hombres y las mujeres atienden sus negocios y hacen su vida, mientras los niños nos sonríen diciendo "foto, foto". Finalmente tengo que ceder ante su insistencia, pero no me importa.

Después vamos a cenar a un restaurante que nos han recomendado. Se llama On the Rocks y se sitúa en la ciudad nueva. Aquí descubrimos por primera vez una India que no conocíamos: la pija y fashion. La clientela la forman turistas y locales, todos bien vestidos y aseados, se nota que tienen más nivel que la mayoría. Cenamos en un jardín en penumbra, mientras de fondo suena música electrónica. Con esta nueva experiencia cerramos nuestra visita a la ciudad azul, breve pero intensa.