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La Coctelera

Categoría: Relatos

L. (el drama de la emigración)

L. murió hace poco tiempo. Se suicidó, o lo mataron, no está claro. Se pegó un tiro, o se lo pegaron, no se sabe. Probablemente nunca se sabrá, pero eso no es lo peor de esta historia, es sólo el final. El terrible final de la corta vida de un joven ecuatoriano que aún no tenía edad para morir. ¿Qué es lo que llevó esta historia a este horrible final? ¿Cuál es la causa de esta muerte absurda? Eso es realmente lo peor, lo más triste...

Conocí a L. justo hace diez años, cuando fui a visitar a mi hermana pequeña, que vivía en Quito con él y sus dos hermanas. La mayor, que trabajaba con mi hermana, hacía de madre de la segunda y de L., pues los dos eran aún menores de edad. La madre de los tres hermanos había emigrado a España. El padre lo había hecho años atrás a los Estados Unidos, se buscó otra mujer y se acabó olvidando de su familia.

Se trataba de una más de tantas familias desestructuradas, rotas y destrozadas, de las que existen en Ecuador. Un país abandonado por hombres y mujeres que buscaron trabajo en otras tierras, dejando a montones de niñas y niños huérfanos. Así estaban estos tres hermanos cuando cuando conviví con ellos y con mi hermana. Así han seguido estos diez años, hasta hace poco, ahora sólo quedan las dos hermanas.

Supuestamente se encargaba de ellos la abuela, pero ella vivía en su propia casa con su nueva pareja. La madre llamaba por teléfono todas las semanas desde España, pero eso no era suficiente. Los hijos necesitan padre y madre, o al menos uno de ellos, sobre todo durante la adolescencia y la juventud. La falta de apoyo, de autoridad y de referencia paterna es fatal. Y así ha sido con L., el protagonista de esta historia.

L. era un joven lleno de ilusiones, pero a veces parecía estar triste y solo. Por lo visto le había dejado una chica, no conozco los detalles, pero sin duda esto no era tan grave como para suicidarse. Dicen que un día fue a ver a su segunda hermana, que ha sido madre recientemente. Llegó borracho y gritó llorando a su hermana y a su marido que no abandonaran jamás a su bebé, que nada es peor que abandonar a un hijo.

Creo que en esas palabras está sin duda el origen de esta terrible muerte. La madre voló inmediatamente de Madrid a Quito cuando se enteró de la noticia. Ahora ha vuelto a España y no tiene trabajo, porque se fue sin avisar de las dos casas donde estaba ocupada y ya la han sustituido. Debería haberse quedado en Ecuador para cuidar de las dos hijas que aún le quedan, sobre todo de la mayor, que no va por buen camino.

Espero que la madre decida volver a su país, un precioso país que tengo el placer de conocer personalmente. Puede que ya no llegue a tiempo de salvar a su hijo, pero tal vez aún pueda hacer algo por su hija mayor y evitar otra desgracia. Para que el final de esta historia sea un poco más feliz. El de esta historia real y el de tantas otras, anónimas y tremendas, que ocurren cada día a nuestro alrededor y no las vemos.

La Organización

Cuando salió por última vez de aquella nave grande y oscura no lo podía creer. Siguió caminando rápidamente hasta que paró a respirar, entonces se volvió y la vio a lo lejos, como una ballena varada. Había pasado allí dentro muchos años de su vida, sin duda demasiados, pero había conseguido escapar. Le parecía increíble caminar por la calle a pleno día, bajo los rayos del sol, sintiendo su calor, algo a lo que no estaba acostumbrado. Siguió caminando, ahora más lentamente, paseando tranquilo, mientras recordaba lo que dejaba allá atrás, dentro de aquella mole tan fea y antigua.

La Organización era como otro mundo, porque se regía por sus propias normas. Allí imperaba la ley de la selva o la ley del más fuerte, por eso eran tan importantes los amigos: si no tenías padrino, allí dentro no eras nadie. Y esto era literal, porque entonces no eras un hombre, ni siquiera un nombre, simplemente un número. Un eslabón más de la cadena, una parte del todo, sin personalidad propia. Así eran la mayoría de las personas que trabajaban allí, a quienes no se les llamaba trabajadores, sino "colaboradores". Y es que en la Organización existía una lengua propia, que había que aprender.

Cuando conseguías hablar esta lengua propia, ya te sentías parte de esta secta, pero entonces se inventaban algo nuevo, para que nunca te acomodaras, para que no te sintieras seguro. Continuamente sacaban nuevas normas que había que cumplir, nuevos códigos que tenías que estudiar. Todo estaba regulado, cada vez más, de modo que te sentías cada vez más alienado, si conseguías conservar la capacidad de pensar por ti mismo y te dabas cuenta de lo que estaban haciendo contigo. Por eso él estaba tan orgulloso de haber salido de allí, de haber recuperado su libertad antes de que fuera tarde.

Recordaba cómo, a lo largo de aquellos años, su situación se había deteriorado allí dentro. Al principio todo parecía diferente, había luz y posibilidades de movimiento, incluso de viajar. Pero con el tiempo se había visto cada vez más limitado, más atado, sólo faltaba que le hubieran encadenado a su mesa para que no se pudiera mover. Fue entonces cuando anunciaron el "código ético", un conjunto de normas que casi todos los colaboradores ya cumplían. Quienes no cumplían esas normas tenían despacho propio, porque ocupaban los puestos más altos de la Organización, así que de poco servía ese código.

Poco después anunciaron el "código de vestimenta" que pretendía uniformar a los colaboradores. Ante esto él ya no pudo más, le recordaba su novela favorita: "Un mundo feliz" de Aldous Huxley. Pensó que pronto llegaría el "código de ideología" que les obligaría a pensar a todos igual. Fue entonces cuando empezó a buscar una salida y, ahora que por fin la había encontrado, se sentía feliz. Iba caminando por la calle y mirando a su alrededor como si todo fuera nuevo para él. Veía gente diversa, de todos los colores y razas, de toda ideología y condición. Mientras allá dentro todo estaba quieto, fuera todo se movía.

¡Adelante!

No conseguía recordar cuándo había comenzado a llover de aquella manera. Era una lluvia suave y débil, pero continua y persistente. Llovía así desde hacía muchos días, semanas, puede que incluso meses. Tumbado en el sofá, veía cómo la lluvia resbalaba por los cristales de las ventanas, que permanecían siempre cerradas. Ya casi no salía de casa, sólo cuando era imprescindible, pero volvía rápidamente y se encerraba de nuevo en la semioscuridad, en esa triste penumbra que sólo rompía la fantasmagórica luz que salía de la televisión. Ese aparato estaba siempre encendido, era su única compañía en aquella casa, el único sonido que rompía el silencio absoluto en el que vivía.

De repente, un día le pareció ver un rayo de luz en el exterior y decidió salir. Abrió la puerta y avanzó unos pasos, se detuvo y miró atrás. Entonces se dio cuenta de que aquella casa era en realidad su propio cuerpo. Las ventanas eran sus propios ojos, de modo que aquellas gotas de lluvia que empañaban los cristales eran las lágrimas que nublaban su vista. Se quedó quieto, asombrado, y entonces comprobó que había dejado de llover. Poco a poco se disipó la neblina que antes cubría todo y el triste gris comenzó a teñirse de luminosos colores. Todo brillaba de forma increíble, como no recordaba haber visto jamás, ni siquiera en aquellas películas fantásticas que ponían en la tele.

Se frotó los ojos una y otra vez, hasta que empezaron a picarle, al igual que la nariz. No se preocupó, dedujo que por fin había llegado la primavera, que aquellos picores eran los síntomas de su alergia. Era evidente, porque todo estaba cubierto de flores silvestres a su alrededor. El prado verde donde se encontraba lucía un manto multicolor, con motas amarillas, violetas y rojas, de ese color intenso que sólo tienen las amapolas. Respiró hondo y sintió molestias, pero no le importó, prefería las dificultades primaverales a las penas que aquel invierno le habían mantenido aletargado en su casa. Ese invierno triste, gris y lluvioso, que había durado una eternidad, o eso le parecía.

Entre la maleza, semioculto bajo la hierba que había crecido más de la cuenta, reconoció el camino serpenteante. Recordó que antes, mucho tiempo atrás, recorría aquel camino cada día. Instintivamente comenzó a caminar por aquella senda que aún vivía en lo más profundo de su memoria. Y mientras caminaba, volvían a él los recuerdos de aquel tiempo que se había detenido. Recordó entonces que había tomado una decisión, que había quedado en el aire por todo lo que sucedió. Vio que sus pasos se aceleraban y se encaminaban cada vez más rápidos hacia su destino. Sonrió al ver que aún estaba a tiempo de recuperar su vida, de cumplir su sueño. Entonces fue su corazón el que se aceleró.

Por fin vio la puerta al final del camino y entonces sus piernas empezaron a temblar. Las dudas le invadieron y le volvieron a paralizar, pero por poco tiempo. No estaba dispuesto a volver atrás, a renunciar a todo lo que le importaba en la vida. Sus principios, sus valores, sus ideas, todo estaba en juego. Ya había perdido demasiado tiempo y no podía seguir así, sabía que en la vida hay que ser coherente y tomar decisiones, a veces arriesgadas. Al menos para eso le había servido aquel terrible invierno, ahora sabía que no podía seguir así. Los últimos pasos fueron terribles, pero ya no había marcha atrás. Respiró hondo, se armó de valor y llamó a la puerta. La suerte estaba echada. Al otro lado se oyó "¡adelante!".

Hoy hace 30 años

Llegué del colegio por la tarde, a la misma hora que cada día, pero en casa se respiraba una ambiente diferente. Mis padres estaban en el salón, sentados junto a la mesa camilla, oyendo la radio con cara de preocupación. Yo no entendía qué ocurría, pero intuía que era algo gordo, pues el ruido de la radio era cada vez más confuso y ensordecedor, mientras las caras de mis padres se tensaban por momentos. De repente se levantaron y me dijeron que me quedara quieto, en casa, esperando a que volvieran. Salieron corriendo para ir a buscar a mi hermano, que estaba en la calle. Yo me quedé solo y puse la tele para ver si me enteraba de algo, pero no entendía nada.

Llegaron mis hermanas y me encontraron solo en casa, esperando. Por fin volvieron mis padres con mi hermano, todos nos reunimos frente a la tele menos mi madre que no paraba de hacer llamadas telefónicas. Pasaban las horas y todo era cada vez más confuso, nos acostamos sin saber qué iba a pasar, mis padres se quedaron despiertos con la radio, no sé hasta qué hora. Al día siguiente mi madre me dijo que había llamado la madre de un compañero mío del colegio y la había convencido para que yo no fuera a clase. Por una parte me alegré, aunque tampoco lo tenía muy claro, estaba deseando salir a la calle para saber qué pasaba.

Por la tarde me llamó mi compañero de clase para decirme que, como se aburría en casa, había convencido a su madre para que le llevara al colegio a media mañana. Me dio muchísima rabia y lloré por dentro, no entendía por qué su madre (que era de derechas) había decidido primero convencer a mi madre para que yo no fuera al cole y después llevar a su propio hijo. Creo que fue entonces cuando cogí una manía tremenda a ese amigo, ya nunca fue como antes, aunque tal vez él no tuviera la culpa... Me sentí fatal, me pareció que yo había quedado como un cobarde, como si tuviera miedo de los militares golpistas, de los tanques...

Varios días después, acudí con mis padres y mis tías a la gran manifestación que llenó de gente las calles de Madrid. Tras una gran pancarta con la frase "Por la libertad, la democracia y la constitución" caminamos más de un millón de madrileños, una cifra que jamás se había alcanzado antes en ninguna otra manifestación. Recuerdo perfectamente la panorámica desde lo alto del scalextric de Atocha (que sería demolido años después): era impresionante ver tanta gente por todas partes, mientras oscurecía bajo la débil lluvia y el frío invernal. Yo sólo tenía trece años entonces, pero aquellas sensaciones quedaron grabadas para siempre en mi interior.

Días después, en clase de historia, el profesor (a quien llamábamos el Mofeta) dijo que muy poca gente había acudido a aquella manifestación. Entonces yo salté como un resorte, alcé mi voz y dije que aquello era mentira, que yo había estado allí rodeado de un millón de personas. Me sentía orgulloso de haber formado parte de aquel glorioso momento histórico, de aquella demostración de unidad del pueblo por la democracia. Me daba igual que mi profesor o mis compañeros pensaran de otra manera, yo ya entonces tenía muy claras mis ideas y estaba dispuesto a defenderlas con uñas y dientes. Supongo que ahí empecé a labrar mi fama de "rojo" y revolucionario.

En estos días en los que el mundo árabe lucha por la libertad y la democracia, cuando vemos a ciudadanos de muchos países levantándose contra los dictadores, el recuerdo de estos hechos que ocurrieron hace treinta años en España cobra un significado especial. La transición española tras la dictadura franquista sirve de modelo para los países árabes, los latinoamericanos y otros muchos pueblos que luchan por su libertad. No debemos olvidar el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, que estuvo a punto de truncar nuestra modélica y ejemplar transición democrática. Una fecha que ha quedado grabada en nuestra historia como 23-F.

En la sacristía

Juanito tenía sólo nueve años cuando todo comenzó. Su colegio era de curas y allí ser monaguillo era un honor reservado a unos pocos elegidos. Un viernes, durante la misa, el Padre Grande dijo que su monaguillo se había hecho mayor y que necesitaba uno nuevo. Cuando acabó la eucaristía hizo salir a todos los alumnos excepto a los del curso de Juanito, que permanecieron sentados. Todo en el Padre Grande era como su apellido: su barriga, su cara y sus manos resultaban inmensas a los ojos de los niños que lo miraban desde abajo, sentados diligentemente en los bancos de la capilla del colegio. El sacerdote comenzó a caminar de un lado a otro de la capilla mirando fijamente a los niños, uno por uno. Se frotaba las manos mientras los escrutaba una y otra vez, hasta que se detuvo ante Juanito, lo señaló con su gran dedo y le dijo "tú, a la sacristía".

Juanito era entonces un niño tierno y rubio, de ojos azules y mirada angelical. Se ruborizó, se levantó y avanzó lentamente hasta la sacristía, cabizbajo y temeroso. Oyó cómo sus compañeros abandonaban ruidosamente la capilla y vio cómo el Padre Grande entraba y cerraba la puerta con llave. Comenzó a temblar y el cura le dijo que no temiera, que debía estar satisfecho por ser el elegido, que desde ese momento pasarían mucho tiempo juntos y que nada de lo que ocurriera en la sacristía debería saberse fuera de allí. Le explicó que estaban en la Casa de Dios y que Jesús bendecía todo lo que allí sucediera, pero que si contaba algo a alguien Dios le castigaría y le dejaría sordo, ciego y mudo para toda la vida. Aquel día comenzó para Juanito una pesadilla que duraría tres años, los que estuvo como monaguillo del Padre Grande hasta que se hizo mayor.

Juanito aprendió que su función como monaguillo era ayudar al Padre Grande a vestirse para la Misa y a desvestirse después. Lo que no entendía era por qué debían quedarse desnudos los dos, si él siempre había creído que la túnica y el alba se colocaban sobre la ropa de calle. Tampoco entendía por qué debía tocar aquella cosa grande que tenía el cura entre las piernas, por qué tenía que frotarla y agitarla hasta que salía un líquido blanco y pringoso. El Padre Grande le decía que era para purificarse y hacía lo mismo con el niño, pero a él no le salía nada. El sacerdote no desistía y seguía intentando día tras día, incluso con la boca, hasta que un día por fin salió. Entonces el Padre Grande dijo satisfecho que por fin había conseguido sacarle todos sus pecados e impurezas. Juanito ya había terminado su etapa como monaguillo y el cura necesitaba buscar a otro.

Juanito ahora es Juan, un hombre adulto hecho y derecho, que no es feliz ni lo ha sido jamás. Algo en su interior se lo impide, porque aquellos tres años le marcaron para siempre y condicionaron su forma de ser y de relacionarse. Nunca contó a nadie lo que ocurría en la sacristía, aunque todo aquello le parecía raro y le daba asco. Al principio no se atrevía por miedo a quedarse sordo, ciego y mudo. Luego prefirió borrarlo de su memoria, porque sabía en el fondo que aquello no estaba bien. Se volvió introvertido y comenzó a tener problemas en el colegio, su adolescencia fue complicada y sus padres no entendían nada. Ahora, al destaparse los escandalosos abusos sexuales cometidos por curas en toda Europa, vuelven a su memoria aquellos días y decide hablar por fin. Está dispuesto a denunciar a aquel cura para que otros niños no pasen por lo mismo que él.

Este relato es pura ficción, pero desgraciadamente es bastante real.
Se lo dedico a todos los juanitos y les animo a que hagan como Juan.

¡He ganado un concurso, por fin!

Por si no lo sabéis, me apunto a todos los concursos de relatos o fotografía que encuentro, pero hasta ahora no había ganado ninguno. Comprenderéis mi emoción al anunciaros que he ganado el Primer Concurso de Retro Foto Redacción organizado por The Retro Syndicate. Me hace especial ilusión este premio porque combina ambas disciplinas: el concurso proponía una fotografía y se trataba de escribir una historia basada en ella. A continuación podéis ver la foto en cuestión y, después, leer el relato que me inspiró.

La foto de Chang

Entre montones de trastos y nubes de polvo, Chang recoge sus cosas. Está triste porque mañana debe abandonar su casa para mudarse a un apartamento. Van a derribar su barrio de casas bajas para construir en su lugar bloques de pisos. Es lo que ha venido ocurriendo a lo largo de los últimos años en Pekín y en otras ciudades chinas, nada se puede hacer, sólo obedecer. Chang aprovecha para hacer limpieza, pues en su nueva vivienda no tendrá tanto espacio como en ésta. Selecciona con cuidado los objetos que se va a llevar, algunos por necesidad y otros simplemente porque le traen recuerdos.

Al hojear un viejo libro, de entre sus páginas cae una foto sobre su regazo. La mira y sus ojos rasgados se abren como platos, mientras le invade la nostalgia. De inmediato se reconoce en aquella instantánea, con su camisa azul y su pañuelo rojo al cuello, escuchando atentamente a aquel hombre. Recuerda perfectamente el día en que su maestra hizo aquella foto, de la que luego entregó copias a él y sus compañeros. Se acuerda de la fecha exacta, 17 de abril de 1967, porque estuvo marcada en rojo durante largo tiempo en su calendario de mesa.

La visita de aquel hombre del Partido Comunista a su pequeña aldea fue todo un acontecimiento. La maestra les avisó con tiempo y les pidió que ese día vistieran su ropa más nueva y limpia. Ensayaron canciones que todos cantaron a coro cuando el hombre entró en la escuela, como si del mismísimo Mao se tratara. El hombre les habló de la Revolución Cultural y todos escucharon atentamente, aunque Chang no entendió todo lo que dijo. Aún recuerda el atractivo de aquel hombre, la gravedad de su voz y el magnetismo de sus palabras como si fuera ayer.

Mientras Chang mira la foto, sus ojos se humedecen y su memoria viaja a gran velocidad. Pocos años después de aquello, se mudó con sus padres a la ciudad, a la misma casa que ahora debe abandonar. Aquí ha vivido feliz, aunque desde que fallecieron sus padres se siente solo. En esta casa están sus recuerdos, su vida entera. Mira por la ventana y ve los rascacielos que amenazan su futuro y le entra pánico. Los cambios que ha sufrido el país en los últimos años han sido vertiginosos y él no está  preparado. No se siente parte de esa nueva China; prefiere la tradicional.

Chang se sienta en su sillón y aprieta la foto contra su pecho. Siente los fuertes latidos de su corazón, que parece decirle algo. Le escucha y decide que no va a seguir haciendo la mudanza, sino que se quedará allí sentado, esperando a ver qué pasa. Sabe que al final se lo llevarán por la fuerza, pero no le importa. De pronto se siente feliz y nota cómo sus labios esbozan una sonrisa. Después de tantos años callando y obedeciendo, está orgulloso de empezar su particular revolución. Más vale tarde que nunca, piensa.

La visita

Jim jamás pensó que tendría que ir a la cárcel, pero llegó el día. Tenía que ir a ver a su amigo Tom y aquella era la visita más difícil de su vida. No podía retrasarlo más, se lo debía a su amigo, no podía dejarlo en la estacada. Aquel domingo madrugó para llegar a tiempo a la visita. La cárcel estaba lejos, en el límite del Estado, así que tuvo que conducir durante horas para recorrer muchas millas. Según se acercaba, su corazón latía cada vez con mayor rapidez. Finalmente la vio a lo lejos, rodeada de un páramo desierto. La torre dominaba todo, como una atalaya visible desde la distancia. Entonces abandonó la autopista y continuó por la estrecha y maltrecha carretera local.

El día era húmedo y gélido, triste como el corazón de Jim. El cielo estaba cubierto de una nube blanca uniforme, una neblina lechosa que borraba las formas. Una fina lluvia cubría el parabrisas cada rato, como las lágrimas que ocasionalmente nublaban su vista. Jim pensaba en su amigo Tom y se preguntaba cómo había acabado allí. Tom era una especie de Peter Pan: se había negado a crecer, quiso ser un eterno adolescente, sin las responsabilidades de los adultos. Pero la vida es dura y más aún para un adolescente en un mundo adulto. El destino le jugó una mala pasada, ocurrió algo imprevisto e imprevisible, para lo que nadie estaba preparado. Y ahora Tom estaba encerrado tras aquellos muros.

Jim paró su coche junto a la cabina de acceso y entregó su documentación. Cruzó varias alambradas de gran altura y aparcó en la explanada desierta. Había llegado con bastante antelación y tenía que esperar, una hora que se le hizo eterna. Llegaron más personas, de todas las razas y condiciones, familias enteras que hablaban en voz baja bajo el peso de la cárcel. Todos parecían nerviosos como Jim, perdidos en aquel espacio helado. Finalmente llegó la hora y los funcionarios les hicieron pasar uno a uno, entre fuertes medidas de seguridad. El corazón de Jim se disparó y le faltaba el aire, mientras unas puertas se abrían ante el grupo y otras se cerraban tras él. Intentó serenarse y superar la claustrofobia.

Tras pasar el último arco de detección de metales, cruzaron el patio rodeado de alambradas y Jim aprovechó para respirar hondo, pero le costó. Después de una última espera, pasaron por fin al pasillo donde se abrían las cabinas de cristal. Era como un espejo: al otro lado, más cabinas se abrían a otro pasillo. Jim vio a su amigo Tom entrar en una de ellas y corrió para acceder a la de enfrente. Por fin estaban cara a cara, aunque un cristal los separaba. Jim se alegró de ver a su amigo, aunque le hubiera gustado más abrazarle. No sabía que decir, pero intentó sonreír y contener las lágrimas. Le vio bien, pero algo apocado, indefenso y temeroso. Imaginó cómo sería la vida tras aquel cristal.

Tuvieron casi una hora para charlar y hablaron de muchas cosas, pero de otras no. Jim intentó animar a Tom, darle fuerzas por todos los medios para aguantar allí dentro. Trató de darle consejos, aunque no sabía si le serían de utilidad. Le dijo que fuera fuerte, que ocupara su tiempo en algo útil, que no confiara en nadie. Le pidió que fuera paciente, que esperara y que nunca desesperara. Le contó que todos sus amigos le querían y le echaban de menos, que creían y confiaban en él. El tiempo pasó rápido y un anuncio por megafonía puso fin a la visita. Les pilló desprevenidos, casi no tenían tiempo de despedirse. Sólo pudieron acercar las manos a ambos lados del cristal y decirse un "hasta pronto".

Cuando Jim salió al patio había salido el sol y cuando subió al coche el día estaba radiante. Al dejar atrás la última alambrada, vio colores en el campo que le rodeaba. Quiso ver un rayo de esperanza en aquel repentino cambio, en el antes y el después de aquella visita, de aquella bajada al infierno. Por un momento imaginó que todo era al revés: que era él quien estaba allí dentro, al otro lado del cristal, y sintió vértigo. Le costó todo el viaje de vuelta a la ciudad asimilar aquella visita y entonces comenzó a pensar en la siguiente. Era lo único que podía hacer por su amigo Tom, privado de la libertad que ahora Jim tanto apreciaba. Comprendió que sólo un centímetro separaba dos mundos opuestos.

2009 aleluyas

2009 comenzó
en plena crisis, ¡qué horror!

En enero, una vez más,
Israel contra Hamás.

Fueron más de veinte días
de muertes en Palestina.

En la capital de España
sufrimos la gran nevada.

Fue el mes del cine febrero,
sobre todo por los premios.

Camino arrasó en los Goya,
Penélope ganó el Oscar.

El caso Gürtel estalla,
caen los primeros canallas.

El asunto será largo
y ocupará todo el año.

Marzo casi me lo salto,
sólo hay noticias de bancos.

Se celebran elecciones
en unas cuantas regiones.

Algo histórico en Euskadi:
no es vasquista el lehendakari.

En abril tembló la tierra
en Italia, en la sierra.

300 muertos de golpe,
Berlusconi se echa al monte.

Estalla la gripe A
que dará mucho que hablar.

En mayo Camps va al juzgado
por los trajes regalados.

Los coreanos del norte
prueban bomba de gran porte.

En junio llegó Cristiano,
el futbolista más caro.

Elecciones en Irán,
huele a fraude electoral.

Los persas toman la calle
y los reprimen con sangre.

La buena nueva de julio:
Tour de Contador, segundo.

Murió un joven en Pamplona,
cinco hombres en Tarragona.

Este mes acabó mal,
pues ETA volvió a matar.

Agosto fue un mes tranquilo,
a Camps le salvó un amigo.

El Barça siguió ganando
y a la Tierra deslumbrando.

De septiembre, lo mejor:
el oro para Gasol.

La selección española
fue campeona de Europa.

Un terremoto en Sumatra
sepultó miles de almas.

En octubre, vuelta al cole,
con la crisis cuesta horrores.

Río se llevó los Juegos,
la corazonada al suelo.

Premio Nóbel para Obama,
no se lo creen ni en su casa.

Costa cayó fulminado
por el Gürtel valenciano.

En noviembre los piratas
liberan el Alakrana.

Y los 20 años sin muro
los celebra todo el mundo.

Divorcio en la Casa Real:
Elena y Marichalar.

Diciembre aún no ha terminado,
pero ya bastante ha dado.

El asunto de Haidar
tuvo en jaque al personal.

Una cuarta ensaladera
para España, que es la pera.

Berlusconi fue agredido,
me dio pena aun merecido.

La cumbre de Copenhague
trae decepción a raudales.

Aquí termina el relato
de este año tan nefasto.

Espero que 2010
nos traiga la placidez.

 

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