L. murió hace poco tiempo. Se suicidó, o lo mataron, no está claro. Se pegó un tiro, o se lo pegaron, no se sabe. Probablemente nunca se sabrá, pero eso no es lo peor de esta historia, es sólo el final. El terrible final de la corta vida de un joven ecuatoriano que aún no tenía edad para morir. ¿Qué es lo que llevó esta historia a este horrible final? ¿Cuál es la causa de esta muerte absurda? Eso es realmente lo peor, lo más triste...
Conocí a L. justo hace diez años, cuando fui a visitar a mi hermana pequeña, que vivía en Quito con él y sus dos hermanas. La mayor, que trabajaba con mi hermana, hacía de madre de la segunda y de L., pues los dos eran aún menores de edad. La madre de los tres hermanos había emigrado a España. El padre lo había hecho años atrás a los Estados Unidos, se buscó otra mujer y se acabó olvidando de su familia.
Se trataba de una más de tantas familias desestructuradas, rotas y destrozadas, de las que existen en Ecuador. Un país abandonado por hombres y mujeres que buscaron trabajo en otras tierras, dejando a montones de niñas y niños huérfanos. Así estaban estos tres hermanos cuando cuando conviví con ellos y con mi hermana. Así han seguido estos diez años, hasta hace poco, ahora sólo quedan las dos hermanas.
Supuestamente se encargaba de ellos la abuela, pero ella vivía en su propia casa con su nueva pareja. La madre llamaba por teléfono todas las semanas desde España, pero eso no era suficiente. Los hijos necesitan padre y madre, o al menos uno de ellos, sobre todo durante la adolescencia y la juventud. La falta de apoyo, de autoridad y de referencia paterna es fatal. Y así ha sido con L., el protagonista de esta historia.
L. era un joven lleno de ilusiones, pero a veces parecía estar triste y solo. Por lo visto le había dejado una chica, no conozco los detalles, pero sin duda esto no era tan grave como para suicidarse. Dicen que un día fue a ver a su segunda hermana, que ha sido madre recientemente. Llegó borracho y gritó llorando a su hermana y a su marido que no abandonaran jamás a su bebé, que nada es peor que abandonar a un hijo.
Creo que en esas palabras está sin duda el origen de esta terrible muerte. La madre voló inmediatamente de Madrid a Quito cuando se enteró de la noticia. Ahora ha vuelto a España y no tiene trabajo, porque se fue sin avisar de las dos casas donde estaba ocupada y ya la han sustituido. Debería haberse quedado en Ecuador para cuidar de las dos hijas que aún le quedan, sobre todo de la mayor, que no va por buen camino.
Espero que la madre decida volver a su país, un precioso país que tengo el placer de conocer personalmente. Puede que ya no llegue a tiempo de salvar a su hijo, pero tal vez aún pueda hacer algo por su hija mayor y evitar otra desgracia. Para que el final de esta historia sea un poco más feliz. El de esta historia real y el de tantas otras, anónimas y tremendas, que ocurren cada día a nuestro alrededor y no las vemos.


