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La Coctelera

Categoría: Viajes

Templos de Angkor, maravilla sin igual

Hay lugares en el mundo que deberían ser de visita obligatoria. Yo ya conocía algunos, como las Pirámides de Egipto, el Taj Mahal o la Gran Muralla China, pero ahora creo que los Templos de Angkor superan a los monumentos anteriores y a todos los que he visto. Es difícil transmitir su belleza, grandiosidad y variedad, porque es algo que hay que ver para creer. Aun así, como siempre trataré de compartir con vosotros esta maravilla a la que dedicamos dos días completos, que ponen punto final a este viaje por Singapur, Vietnam y Camboya.

Comenzamos nuestra primera jornada visitando Angkor Thom, la capital del reino jemer entre los siglos IX y XV. Habéis visto primero un templo que recuerda a las pirámides incas o aztecas precolombinas, situado junto a la entrada de la ciudad. Para entrar hemos de cruzar un foso, por el puente flanqueado por soldados de piedra que habéis visto en segundo lugar. Finalmente llegamos a la muralla y atravesamos la imponente puerta, coronada por las cabezas del Rey. Todas las puertas que se abren en esta muralla son iguales a esta.

El primer templo que visitamos dentro de Angkor Thom es el más espectacular de todos, el conocido como Bayón. De lejos parece que se trata de montones de piedras, pero todo cambia cuando nos acercamos y entramos. Nos sorprenden las estatuas de Buda y los relieves de bailarinas, pero sobre todo nos sorprenden las torres con las caras del Rey por los cuatro costados. Dicen que el rey que mandó construir este templo era tan egocéntrico que quería ver su cara por todas partes. Desde luego, las caras de piedra resultan impactantes.

De repente, comienza a llover de forma torrencial y hemos de permanecer en el interior del templo Bayón más tiempo del que habíamos pensado, para protegernos de la lluvia. Cuando para y salimos todo ha cambiado, ahora el templo se refleja en un estanque que se ha formado junto a él. Caminamos hasta el vecino Palacio Real, del que queda poco, tan sólo la Terraza de los Elefantes, donde se hacían las ceremonias reales, cubierta de hermosos y a la vez terribles relieves. Sobre esta terraza, la famosa estatua del Rey Leproso.

Salimos de la ciudad amurallada para visitar otro de los templos más famosos del recinto de Angkor, el conocido como Ta Prohm. Se hizo especialmente famoso por la película Tomb Raider, en la que Angelina Jolie interpretaba a Lara Croft. Aquí podemos ver cómo la selva invadió toda esta zona y los gigantescos árboles crecieron sobre el templo, arrasándolo pero dotándolo a la vez de una belleza única. Y es que la naturaleza siempre acaba imponiendo su fuerza sobre la obra del hombre, que trata de dominarla por todos los medios.

Comemos, visitamos varios templos más y descansamos junto a uno de los dos grandes estanques que hay a ambos lados de la ciudad amurallada. Estamos agotados pero queremos ver el atardecer junto al mayor de todos los templos, no solo de la zona sino del mundo entero, el famoso Angkor Wat. Pasamos junto a él por la mañana pero no quisimos parar porque había demasiados turistas. Vamos ahora, cuando empieza a caer el sol, sin saber que viviremos el momento cumbre del día y de todo el viaje que está llegando a su fin...

No tenemos tiempo de visitar bien el gigantesco templo, pero sí de disfrutar del atardecer. Los rayos del sol iluminan el templo dándole un aire mágico mientras nos alejamos de él. Es entonces cuando se da una curiosa conjunción: sobre el templo aparece un increíble arco iris mientras al otro lado, sobre el estanque, se dibuja la más bella puesta de sol que he visto en mi vida. Con esa imagen volvemos a Siem Reap a descansar, para volver aquí mismo al día siguiente. Queremos empezar la segunda jornada visitando bien este templo.

Angkor Wat es el único templo de la zona que no fue arrasado por la selva, sino que se mantuvo abierto al culto a lo largo de los siglos. Es un templo-montaña, que va creciendo en altura según vas avanzando hacia el interior. Nosotros subimos hasta lo más alto, por la empinada escalera,rodeados de turistas. Desde arriba las vistas son espectaculares y alcanzan toda la extensión del templo, con sus distintos recintos amurallados y rodeados de un foso. Después bajamos y salimos al exterior, para seguir visitando otros templos de la zona.

Visitamos muchos templos, no sé cuántos, pierdo la cuenta... Nuestro chófer nos lleva en el tuc-tuc de uno a otro, nos deja cerca y luego caminamos. Uno está rodeado de agua y hay que llegar a él por una pasarela de madera sobre los pantanos, donde los niños de la zona se bañan divertidos. Otro llama la atención porque un árbol ha crecido sobre la misma puerta del templo, así que hay que cruzar las raíces que abrazan la entrada. Todo es una aventura, una sorpresa, no paramos pero no queremos terminar de ver estas maravillas.

La última zona de templos que visitamos es diferente. Está más alejada y el paisaje es menos boscoso, más transformado por el hombre. Abundan aquí los cultivos de arroz, que aparecen inundados por las intermitentes lluvias que nos han acompañado los dos días. Los templos también son distintos, pues están construidos de ladrillo y arenisca en lugar de granito. La erosión ha transformado las ruinas en montañas que, reflejadas en el agua, recuerdan al paisaje de Halong Bay en Vietnam o de Yangshuo en China. Los búfalos pastan plácidamente en los verdes pastos y yo me despido de este increíble y mágico lugar que os invito a conocer.

Hotel de la Paix (Siem Reap)

Nunca había titulado un post con el nombre de un hotel, pero en este caso lo comprenderéis porque se trata de un hotel muy especial. En realidad, todo en Camboya es muy especial, nada que ver con Vietnam, el país de donde venimos. Volamos directamente de Ciudad Ho Chi Minh (Saigón) a Siem Reap, una localidad camboyana muy turística, porque está situada junto a los famosísimos Templos de Angkor. En cuanto llegamos al precioso aeropuerto, que veis a continuación, notamos la diferencia. Pero cuando realmente alucinamos es al llegar a nuestro hotel, que de inmediato supera todas las expectativas que nos habíamos creado.

Lo que acabáis de ver es nuestra habitación, con esa impresionante bañera a la entrada, rodeada de palmeras y plantas... Es lo más espectacular de la estancia, pero todo en ella es maravilloso, cómodo, cálido y lujoso. Ya nos gustó el hotel cuando lo vimos en la página web, después de que nuestro amigo Ignacio nos lo recomendara. Tuvimos suerte de encontrar una oferta online 3x2 que nos vino al pelo, porque precisamente pasaremos aquí tres noches. Yo ya había estado en otros hoteles de cinco estrellas, pero ninguno como este, donde todo es perfecto, desde las instalaciones hasta la amabilidad de todos y cada uno de los empleados.

La encantadora chica que habéis visto, cuyo nombre no recuerdo, nos viene a buscar al aeropuerto acompañando al chófer y nos lleva directamente a nuestra habitación, donde hacemos el check-in. Se despide de nosotros con una sonrisa y aprovecho para fotografiar los detalles, que muestran ese lujo asiático que tanto habíamos echado de menos en Vietnam. Al salir de la habitación vemos el restaurante y los magníficos columpios junto al jardín, con sus cómodos colchones y cojines, y de inmediato decidimos que esta noche cenaremos aquí. Salimos del hotel para recorrer el pueblo y tomar contacto con la realidad camboyana.

Caminamos hasta el Mercado Central, situado en el centro de la población. Todo en Siem Reap está hecho para el turista y por eso abundan los bares y restaurantes, hoteles y mercadillos de todo tipo. Este mercado conserva su aire auténtico y popular, por eso consigo captar algunas imágenes curiosas. Vemos que aquí también es típico comer y dormir la siesta en el puesto de trabajo, algo común en toda Asia. La mezcla de razas llama la atención, aunque vemos que aquí la gente es menos "china" y más "india" o mejor dicho, más "indochina" como el carnicero que habéis visto, que nos recuerda a la gente que vimos en Myanmar (Birmania).

Comienza a llover de manera torrencial y cogemos un tuc-tuc para que nos lleve de nuevo al hotel. Pensamos que, mejor que andar mojándonos por ahí, es refugiarnos en el maravilloso Hotel de la Paix y disfrutar de sus instalaciones. Al entrar en el vestíbulo nos sorprende la graciosa estatua que nos da la bienvenida, con su ramo de flores de loto. Por suerte, la fabulosa piscina tiene una zona cubierta, que se introduce bajo el edificio, así que podemos bañarnos sin mojarnos, valga la redundancia. La piscina es espectacular desde todos los ángulos, semioculta en la frondosa vegetación. De allí pasamos directamente a probar la majestuosa bañera.

Después del baño, limpios y relajados, vamos a cenar al columpio, iluminado y decorado para la ocasión. La cena es una degustación de platos típicos camboyanos con maridaje de vinos internacionales. Los platos incluyen rana, que está deliciosa (yo ya había probado ancas de rana en España, pero las camboyanas son más gordas). Entre el meneo del columpio y los variados vinos que probamos, nos pillamos un mareo bastante curioso y se nos va la cabeza un poco. Ha dejado de llover y el ambiente es húmedo y caluroso, a la luz de las velas todo es encantador. Disfrutamos del lujo y de la noche soñando con las maravillas que veremos mañana.

Año Nuevo en San Miguel (Azores)

Sabéis que me gusta pasar el Fin de Año lejos de casa, hace mucho que no lo paso en Madrid. Sabéis también que me gustan las islas y muchos años he pasado estas fechas en Canarias, pero ya no me quedan islas de ese archipiélago por descubrir (bueno sí, El Hierro, pero creo que ahora no es el momento)... Buscando destino para el cambio de año encontré una magnífica oferta a las islas Azores y no me lo pensé dos veces. Estas islas portuguesas están un poco mal vistas desde la famosa reunión que mantuvieron allí tres políticos cuyos nombres prefiero no recordar, pero es hora de pasar página y atreverse a conocerlas. Así pensé, así lo hice y he venido encantado, así que os recomiendo a todos visitarlas antes de que pierdan su encanto tan especial.

Las islas Azores son nueve y yo he estado en la mayor de todas ellas, San Miguel, que recibe el sobrenombre de la isla verde. Los prados y los bosques cubren casi toda su superficie y llegan hasta la costa, inaccesible bajo los elevados acantilados. Aunque estas islas son famosas por su anticiclón, del que hemos oído hablar tantas veces al "hombre del tiempo", aquí no hace tanto calor como en Canarias. Pero es que las Azores están a la misma latitud que la península ibérica y estamos en invierno, no hace frío como en Madrid, pero el tiempo es variable e inestable. Por eso sólo pudimos bañarnos en el mar en la piscina natural rodeada de rocas volcánicas que vais a ver. Está en la Ponta da Ferraria, en el extremo Oeste de la isla, y bañarse aquí es una experiencia única, ya que una caldera volcánica calienta el agua y convierte esta poza en un spa natural.

El origen volcánico de San Miguel se hace patente en cada rincón, en las rocas negras que se usan para la construcción y en los gigantescos cráteres, hoy llenos de agua y convertidos en lagunas. Son varias las que hay en la isla y se convierten en su atracción principal. Las más espectaculares son las de la zona de Sete Cidades, una pequeña población situada en el centro de un verde valle al Oeste de la isla. Está rodeada de tres lagunas: la Azul que acabáis de ver, la Verde (separada de la anterior sólo por un estrecho puente) y la de Santiago, que vais a ver a continuación en el fondo de un cráter de empinadas paredes. Los prados y los bosques que inundan todo, gracias al clima atlántico, tan húmedo, llenan los paisajes de una belleza inigualable. Sobre todo cuando disfrutamos de las vistas desde los altos miradores como el de la Vista do Rei.

Estas islas reciben su nombre de las aves rapaces que abundan aquí, como pudimos comprobar. No sólo vimos azores volando en la lejanía, también pudimos ver varios ejemplares de cerca, posados junto a la carretera o incluso en mitad de la calzada. Si en lugar de un animal recibieran su nombre de una planta, sin duda se llamarían islas Hortensias, pues estas grandes y bellas flores están por todas partes, sobre todo al borde de todas las carreteras. Llegamos a la capital de la isla de San Miguel, llamada Ponta Delgada. Es la mayor ciudad de la isla y en ella podemos ver bellos edificios coloniales, de muros blancos que contrastan con la piedra negra volcánica. Hay muchas iglesias y, en la Puerta de la Ciudad, se prepara la celebración del Fin de Año. En su importante puerto, además de barcos pesqueros, descansan algunos grandes cruceros.

Al día siguiente comenzamos nuestra ruta en Ribeira Grande, la segunda ciudad mayor de la isla. En el centro hay una bonito parque con un río y un puente, junto al cual se ha instalado el gran nacimiento. Alrededor del parque hay varios bellos edificios barrocos: dos iglesias y el original Ayuntamiento, con su torre, su escalinata y su arco. Pasamos bajo este arco y caminamos por el humilde barrio de pescadores hasta llegar a la playa, la primera que vemos de proporciones considerables. Los grises nubarrones amenazan tormenta y no apetece nada bañarse, ni siquiera en las piscinas que se han construido en la orilla. Todo está desierto, sólo algunos jóvenes tratan de hacer surf envueltos en neopreno, esperando que llegue la ola sobre la que navegar...

Después comenzamos a ascender hacia la laguna situada en el centro de la isla, pero en la mitad del ascenso hemos de hacer una parada. Estamos en el Monumento Natural da Caldeira Velha, un precioso paraje que nos traslada a la prehistoria, sobre todo por los helechos gigantes que nos rodean por doquier. Vemos la caldera con el agua hirviendo y el humo que asciende hacia el cielo, mientras notamos el fuerte y apestoso olor a ácido sulfhídrico. Seguimos caminando y llegamos hasta una poza donde la gente se baña y se ducha bajo las cascadas que caen por paredes teñidas de colores por el azufre y otros minerales. El entorno es de una belleza increíble y mágica, pero volvemos caminando hasta el coche para seguir el ascenso. Por fin llegamos arriba y vemos la Lagoa do Fogo escondida entre la niebla, como las vacas que pastan en los verdes prados.

El tercer día vamos de excursión hasta la Lagoa das Furnas, aunque parece que estamos en el Parque de Yellystone por el paisaje: bajo las montañas cubiertas de bosques, cientos de calderas escupen humo y hacen hervir el agua de manera natural, lo que aprovechan los vecinos para cocinar. La verdad es que es todo bastante alucinante, yo había visto fenómenos volcánicos parecidos en Canarias, pero no en este paisaje tan verde y boscoso. Todo aquí tiene un aire mágico y diferente, como ese bosque que parece encantado...

Más extraña resulta aún la vecina localidad de Furnas, un pueblo rodeado de montañas y lleno de calderas por todas partes, o sea, columnas de humo blanco y peste a bomba fétida, que inunda incluso el nacimiento que se ha colocado por Navidad. Hay también un bonito jardín botánico con una poza donde uno se puede bañar por un módico precio, pero preferimos huir del pueblo y dejar atrás la peste que impregna todo, para dirigirnos hasta una bella playa de la costa sur. Por desgracia, el tiempo vuelve a dejarnos con las ganas de tomar el sol.

Es 31 de diciembre, así que por la noche vamos hasta la capital para celebrar el Fin de Año. Cenamos en un buen restaurante que reservamos ayer y después disfrutamos de la verbena de Nochevieja en la Plaza, con orquesta y petardos. Un año más nos quedamos sin tomar las uvas, ya nos pasó lo mismo el año pasado en Venecia. Ya sé que es una costumbre española, pero no puedo evitar echarla de menos cada vez que paso un Fin de Año fuera de mi país... Al día siguiente comemos en Lagoa, la tercera ciudad más importante de la isla, donde fotografío un mural con caras de niños, una imagen llena de ilusión para comenzar el año.

Y con esta imagen pongo fin al resumen de este viaje que ha dado mucho de sí, porque me he dejado cosas en el tintero. Me ha gustado San Miguel y aún me quedan ocho islas Azores por conocer, y mucho más por hacer, porque ni siquiera he hecho la actividad más típica de estas islas: avistar las ballenas y los cachalotes que surcan estas aguas del océano Atlántico. Supongo que en verano será mejor, para bañarse en el mar y tomar el sol, pero tampoco desecho volver para ver nacer otro año nuevo...

Singapur, la ciudad-estado

Por fin comienzo a relatar mi reciente viaje a Asia y a compartir fotos con todos vosotros. Empiezo por el principio y por el final, porque paramos en Singapur tanto a la ida como a la vuelta y en ambas ocasiones tuvimos tiempo de recorrer esta increíble ciudad. Yo tenía muchas ganas de conocerla y no quise perder esta doble oportunidad, con el aliciente añadido de pasar allí una noche, la primera del viaje.

Singapur es una auténtica ciudad-estado, un pequeño país ubicado en una isla entre Malasia e Indonesia, dos de los países más pujantes del Sureste Asiático. La moderna ciudad se puede considerar la capital económica de esta zona, que es hoy en día una de las más ricas del mundo. Por su estratégica situación ha convertido su gigantesco aeropuerto en escala obligada para muchos viajeros y ha sabido rentabilizarlo.

Cuando llegamos por primera vez a Changi Airport nos sorprende por su tamaño, diseño, elegancia, organización y tranquilidad. No en vano este aeropuerto, que habéis visto en la primera foto, ha sido galardonado varias veces como el mejor del mundo. Desde el coche que nos lleva al hotel disfrutamos de las increíbles vistas: la autopista está ajardinada con grandes árboles y flores de todos los colores.

Se suceden los elegantes bloques de apartamentos, rodeados de playas y campos de golf, lo que da una idea del alto nivel de vida de esta ciudad internacional. Al llegar al centro, donde todo se hace más espeso y abigarrado, nos sorprenden los contrastes. Junto a modernos y elevados rascacielos vemos iglesias y edificios coloniales. Desde la habitación de nuestro hotel, la ciudad se pierde bajo los nubarrones.

Aunque estamos agotados tras el largo vuelo de trece horas desde España, salimos del hotel para coger el bus turístico que recorre la ciudad. Hacemos nuestra primera parada en el precioso Jardín Botánico, una de las joyas de Singapur. Esta ciudad cercana al ecuador es de clima tropical y su exuberante vegetación ofrece aquí su máximo esplendor. Vemos árboles selváticos de todos los tonos de verde, entre otros increíbles y brillantes colores. No sólo de las grandes flores y orquídeas, sino también del curioso pájaro que vais a ver a continuación. Las plantas se cuelan incluso en los servicios, los más bellos que he visto jamás.

Volvemos a subir al autobús, que nos lleva entonces por Orchard Road, la calle comercial por excelencia de esta vibrante ciudad. Estamos demasiado cansados como para ir de tiendas y ya tendremos tiempo a lo largo del viaje, así que optamos por ver los centros comerciales desde la ventanilla. Vemos a la gente por las calles y apreciamos la mezcla de razas, pues aquí conviven chinos, malayos, indios y extranjeros de todas partes.

Dejamos atrás los variopintos rascacielos del centro y llegamos por fin a nuestro destino: tenía muy claro adónde quería ir y por fin estamos cerca, aunque todavía tenemos un paseo por delante. Andamos hasta llegar al borde de la bahía, la impresionante Marina Bay. Ante nosotros el skyline de la ciudad quita el hipo, pero más aún sorprende el increíble edificio que vemos a la izquierda, mirando a los demás desde el otro lado.

Aquí lo veis, el hotel Marina Bay Sands, sin duda el edificio más espectacular de Singapur y uno de los más originales del mundo. Tres torres coronadas por una estructura alargada y curvada, que parece un barco, un plátano o una tabla de surf, según se mire. En lo alto se ubica una enorme terraza ajardinada con piscina desbordante y a sus pies un extraño edificio blanco con cuernos que alberga un museo.

Más a la izquierda hay una noria de gran tamaño, semejante a la famosa London Eye, supongo que desde lo alto se podrá disfrutar de la vista. Pero yo tengo muy claro que mi destino es otro, que quiero ver el panorama de la ciudad desde la plataforma que corona el lujoso hotel. Aún no sé si será posible subir, pero yo lo voy a intentar, así que nos encaminamos hacia él y lo vemos crecer y cambiar de forma según nos acercamos.

Cruzamos un moderno y metálico puente helicoidal hasta llegar a la base del edificio. Desde abajo, el "plátano" parece una nave espacial o un dirigible posado sobre las torres. Todavía tendremos que atravesar un enorme centro comercial antes de coger el ascensor que nos llevará a la terraza, mejor dicho el skydeck. Previo pago de unos dólares, subimos a velocidad de vértigo hasta lo más alto y abrimos bien los ojos.

Como podéis intuir en las fotos, las vistas son espectaculares mires hacia donde mires, así tengo yo esa cara de alelado... Por desgracia no puedo ver la piscina, que está reservada a los clientes del hotel (quién sabe si algún día podrá ser). Pasamos un rato entre muchos turistas haciendo fotos y después bajamos, para coger un taxi que nos lleva justo al otro lado de la bahía, a Boat Quai, la calle llena de restaurantes donde cenamos.

Aquí termina mi primera visita a Singapur y comienza la segunda. Me explico: tres semanas después hacemos una nueva escala en esta ciudad antes de volver a España. En esta ocasión no hacemos noche, pero disponemos de seis horas y tenemos tiempo de ir a la ciudad, así que cogemos el metro donde podemos convivir durante un rato con los multiétnicos vecinos. Nos bajamos en Raffles Place, justo en el centro.

Al salir del metro siento auténtico vértigo, como lo sentí hace más de veinte años al hacer lo mismo en plena Quinta Avenida de Nueva York. Los altísimos rascacielos que nos rodean parecen inclinarse sobre nosotros, tan juntos que no dejan apenas pasar los rayos del sol. Estamos en plena city, en el corazón financiero de la ciudad, pero es domingo y las calles están desiertas. Huimos del silencio y salimos buscamos gente.

Vemos cómo el sol se pone a los pies de los rascacielos, reflejado en el río, sobre el restaurante donde cenamos en la primera visita. Paseamos por el centro histórico entre los edificios más antiguos de la ciudad, ahora en plena remodelación. Recorremos un enorme centro comercial especializado en productos tecnológicos y terminamos nuestra visita en el mítico Raffles Hotel, que veis en la última foto. Es un precioso edificio colonial que conserva el esplendor de antaño, con sus lujosas tiendas y elegante clientela. Aún tenemos tiempo de cenar antes de volver al aeropuerto, así que nos ponemos las botas en un restaurante tipo buffet que está repleto. Y aquí acaba mi segunda visita a Singapur, espero que no sea la última... 

Cuatro años de blog

Hoy, Charlitox Blox cumple cuatro años, pues escribí mi primer post de este blog el 21 de marzo de 2007. Sabéis que cada año me gusta celebrarlo de alguna forma especial, pero ahora me ha llegado este día en un mal momento personal. Ando triste, ocupado y sin tiempo para publicar, dando vueltas a la cabeza más de la cuenta. Por eso y porque últimamente todo me parece demasiada coincidencia, me he dado cuenta de que también viajé a Japón hace cuatro años, pues fue en 2007 cuando visité aquel país. En estos días tristes para los japoneses, muchos de los cuales han perdido lo que más querían, me acuerdo mucho de ellos. Por eso he decidido celebrar este día de una forma muy simbólica y por tanto muy nipona, compartiendo con vosotros algunas fotos que hice en mi viaje y no os mostré en su día. Son cuatro fotos (una por cada año) y las cuatro muestran a japoneses alegres, porque demasiadas imágenes tristes hemos visto de aquel país últimamente.

En esta primera foto veis a varias personas sonrientes dentro del gran mercado cubierto que se extiende ante el gran templo de Asakusa, al norte de Tokyo, la increíble capital japonesa.

En esta segunda imagen habéis visto un grupo de baile en plena actuación en el parque de Yoyogi. Este céntrico parque de Tokyo se llena los domingos de grupos como éste, compuestos por personas de todas las edades igual vestidas, que desfilan sonrientes mientras bailan y ondean banderas de forma sincronizada. Se trata de una costumbre muy popular en Japón, que resulta muy vistosa y colorida por las distintas vestimentas.

En esta tercera foto veis a tres encantadoras y sonrientes jóvenes japonesas, ataviadas a la manera tradicional con la yukata y el obi. Están sentadas en torno a una mesa al aire libre, en el precioso Jardín de Orquídeas de Nagoya. Están bebiendo cerveza y comiendo calamares y vieiras, que ellas mismas preparan en la pequeña plancha portátil que veis a la derecha de la mesa, una delicia que yo también probé.

He querido cerrar con esta foto que muestra a dos niñas preciosas y sonrientes, en realidad sonreían a su padre que les hacía una foto, pero yo aproveché para disparar también. Están sentadas frente a una tienda, en un pequeño y tradicional pueblo de postas perdido en los Alpes Japoneses. Bueno, perdido no, porque nosotros llegamos allí como muchos otros turistas. Creo que son los niños quienes más sufren en los desastres como el que ha vivido y vive Japón estos días. Por eso quiero dedicar este post y este cuarto aniversario de mi blog a todos los niños japoneses, para que vuelvan a sonreír como las niñas de la foto.

 

Anno Nuovo Veneziano

Como cada uno de los últimos años, he pasado la Nochevieja lejos de casa. Es algo que para mí se ha convertido en tradición, supongo que para alguien que ama viajar tanto como yo, empezar el año de viaje trae buena suerte... Esta vez sólo quería ausentarme de Madrid unos pocos días y busqué destino para una escapada: en cuanto se me ocurrió Venecia no lo dudé, no pude pensar en un lugar mejor para ver nacer el año 2011. Curiosamente, antes de 2010 lo único que conocía de Italia era Sicilia, la preciosa isla que tal vez os muestre algún día, pero parece que el pasado año decidí reconciliarme con ese país. En primavera visité Roma por primera vez y ahora he descubierto Venecia, así que me queda Florencia para un próximo puente.

¿Qué os voy a contar de Venecia que no sepáis? Supongo que la mayoría ya conocéis esta ciudad única, construida sobre el agua. Si no la habéis visitado personalmente, la habéis visto miles de veces en el cine, en fotos o en la tele. Ahora que yo la he pisado, debo deciros que no es lo mismo: ni siquiera estas fotos hacen justicia a la belleza de esta ciudad. Hay que visitar Venecia al menos una vez en la vida y os lo digo ahora que yo lo he hecho, no es lo mismo que te lo cuenten, hay que estar ahí. Cruzar los canales, perderse por las callejuelas y las placitas (allí llamadas campos), alejarse de los miles de turistas que la invaden y descubrir rincones encantadores, llenos de magia. Lugares tranquilos que nos trasladan a otra época, hace siglos.

Eso ha sido si duda lo que más me ha gustado de esta escapada de tres días a Venecia: caminar desde el amanecer hasta el atardecer, recorriendo la ciudad y descubriendo cada rincón. Recrearme en cada puente que cruzaba uno de tantos estrechos canales, ver las románticas góndolas que se amontonaban en ellos y fotografiar las decrépitas fachadas de los elegantes palacios. Sentir miles de sensaciones, no sólo el intenso frío y la humedad que te cala hasta los huesos. Porque hacía frío, sí, pero con abrigarse bien bastaba para seguir disfrutando de la hermosa ciudad. Al menos no llovió, así que no había impedimento para callejear. Incluso hacía sol y a ratos se agradecía, cuando conseguíamos verlo asomar entre nubes y palacios.

Habéis visto el Gran Canal, la arteria acuática principal de la ciudad, que la cruza en zigzag como una gran serpiente. El famoso Puente de Rialto, que atraviesa el Gran Canal justo en el centro de la ciudad, con sus tiendas de recuerdos a ambos lados. Parece que todos los caminos llegan a este puente, o al menos todas las indicaciones que abundan por las calles. Nosotros huimos de las indicaciones para evitar la riada de turistas que se mueven en masa, siguiendo todos el mismo camino. Así descubrimos encantadores campos como el que habéis visto, con su iglesia y su torre, su pozo y su pintora vendiendo cuadros. A continuación veis los preciosos palacios que asoman al Gran Canal junto al Puente de la Academia, al Sur de la ciudad.

Este puente se llama de la Academia porque está junto al museo del mismo nombre, el más famoso de Venecia. Lo visitaremos y disfrutaremos de los bellos lienzos de Tintoretto, Tiépolo, Genovés y otros, que se exhiben tras la fachada en obras, cubierta por una gran lona. Desde lo alto del puente vemos, a lo lejos, la cúpula de La Salute. Por fin llegamos al auténtico centro de Venecia, aunque se encuentra al Sur de la ciudad: la Piazza de San Marco (esta sí se considera plaza, sin duda por su gigantesco tamaño). Los edificios que nos rodean compiten en belleza y magnitud: frente a nosotros la Basílica de San Marco, cuya fachada también está en obras y semioculta por una lona, de ahí que sólo fotografíe la parte descubierta y salga asimétrica.

Tras la basílica habéis visto la fachada del Palacio Ducal con sus arcos góticos, el lugar desde donde se gobernó la ciudad de Venecia durante siglos, cuando alcanzó su esplendor en la Edad Media. Sobre estas líneas, el esbelto Campanile que sustituyó al anterior, que se desplomó hace poco más de un siglo. Gracias a esta perspectiva vemos ante él la columna con el león, símbolo de la ciudad. Estamos en la Piazzeta de San Marco, que se asoma a la Laguna, frente a la Isla de San Jorge que veis a continuación, en una estampa veneciana de incomparable belleza. Después veréis el famoso reloj de la Piazza San Marco, con su esfera azul con los sinos del zodíaco, otro de los monumentos de esta plaza que también está en obras.

Seguimos recorriendo cada rincón de esta romántica y fascinante ciudad, ya casi llevamos dos días sin parar de andar y aún somos capaces de sorprendernos ante el reflejo de una fachada en las verdes aguas de un canal. Visitamos el famoso Mercado de Pescado junto a Rialto, donde los peces y mariscos recién pescados lucen frescos y brillantes bajo los focos. Los vecinos recorren los puestos en busca de la mejor pieza, pues esta noche es Nochevieja y nada como un buen pescado para una buena cena... Apuramos las últimas horas de sol del último día del año 2010 paseando por la zona más septentrional de Venezia, visitando la punta de la Dogana di Mare y la basílica de Santa María della Salute, co su grandiosa cúpula que antes visteis de lejos.

Por fin llega la noche, la última del año, y os preguntaréis cómo se celebra el Fin de Año en Venecia... Nosotros habíamos oído que comían lentejas, pero la verdad, no vimos lentejas por ninguna parte. Tampoco uvas, con eso ya contábamos porque sabíamos que esta es una costumbre española... El caso es que cenamos en un restaurante fabuloso que descubrimos el primer día, en una plaza muy auténtica y veneciana, donde no había tantos turistas como en el resto de la ciudad. Mientras cenábamos dieron las doce de la noche y después de cenar nos dirigimos hacia San Marco. Una gran muchedumbre había tomado la calle y cuando llegamos a la plaza no podíamos creer lo que vimos: miles de personas llenaban todo el espacio celebrando la Nochevieja.

El primer día del año 2011 era nuestro último día en Venecia y decidimos aprovecharlo bien. Pensamos que muchos turistas estarían resacosos de la fiesta y que era el día perfecto para nuestros planes. Comenzamos cogiendo el vaporetto, el autobús acuático que aún no habíamos utilizado (ya os he dicho que habíamos preferido caminar). Efectivamente, la idea era perfecta, había menos cola que los días anteriores y pudimos ir sentados, así que pudimos descansar (nos lo merecíamos). El recorrido era el Gran Canal al completo, pues nuestro hotel estaba situado al Norte de la ciudad, junto a la estación de tren, y nos dirigíamos al Sur, o sea a San Marco. Impresiona ver palacios tan hermosos como la Ca' d'Oro, con su blanca y elegante fachada gótica.

Tras el agradable (aunque frío) paseo en el vaporetto llegamos a La Piazza San Marco, donde podremos cumplir nuestro deseo de visitar la Basílica. Como habíamos supuesto, hoy hay muchos menos turistas que en los días anteriores, así que apenas tenemos que esperar cola. En el interior está prohibido hacer fotos (aunque algunos se pasan la prohibición por el forro) y no puedo mostraros la belleza de esos mosaicos dorados que cubren sus bóvedas. Sólo os muestro las fotos hechas desde la terraza situada sobre la puerta principal, donde están los famosos caballos de bronce. En realidad, estos caballos son réplica de los originales, que hemos visto en el museo de la basílica y que fueron robados de un arco de triunfo romano.

Nuestro tercer día en Venecia transcurre como los anteriores. Tras la interesante visita artística nos dedicamos a recorrer el barrio que nos quedaba: Castello. Pasamos por el Puente de los Suspiros, que también está en obras y rodeado de lonas firmadas por las empresas patrocinadoras. Hago la foto que acabáis de ver, con un canal, un palacio y la torre de una iglesia. Si os fijáis en la torre, veréis que está bastante inclinada, como tantas otras en Venecia (ahora que han dejado recta la de Pisa)... Seguimos paseando y parando a tomar café en las minúsculas tabernas venecianas, visitando museos y pequeñas tiendas, comiendo pasta y pizza en una trattoría... Así apuramos el día hasta que llega la noche y hago una foto nocturna desde un puente.

Con esta foto pongo punto final al relato de este viaje, que terminará al amanecer, cuando emprendamos el regreso a casa. Ha sido una maravillosa manera de comenzar el año y por eso quería compartirla con vosotros. Igual que quiero compartir con vosotros todos mis buenos deseos para este año nuevo, de la forma en la que lo hacen los venecianos. Así lo he aprendido y así os lo digo: Auguri!

 

Dientes de betel

Lo que os voy a contar sucedió hace ya casi cuatro años, en mi viaje a Myanmar (Birmania). Comenzamos la visita a este fascinante país en Yangón, que entonces era la capital. Nuestro primer contacto con aquella ciudad permanece en mi memoria como si fuera ayer. Nada más llegar salimos del hotel a dar un paseo y nos adentramos en las transitadas calles del centro. De repente, nos sorprendió un fuerte aguacero, el primero de los muchos que sufriríamos allí (normal, pues estábamos en agosto, en pleno Monzón). Buscamos un lugar para refugiarnos, corriendo y saltando para evitar los charcos. Al mirar al suelo, vimos que muchos de esos charcos eran rojos, como de sangre, y un escalofrío nos recorrió el espinazo. Finalmente nos paramos bajo una estrecha pasarela que cruzaba la calle; no nos cubría mucho, pero sí un poco.

Estábamos allí parados mirando el ajetreo provocado por la lluvia y seguíamos mirando los charcos rojos del suelo. De pronto vimos un bicho desconocido para nosotros, una especie de escolopendra gigante de color blanco, nadando por un charco hacia nosotros, y nos miramos aterrados. No tuvimos tiempo a reaccionar, porque de inmediato apareció entre la muchedumbre un chico semidesnudo, con el torso descubierto y vestido sólo con el longyi (la falda tradicional birmana). Ante nuestro estupor, saltó sobre el monstruoso bicho y lo pisoteó con sus pies descalzos. Luego nos miró y sonrió, mostrando sus dientes podridos y ensangrentados. Nosotros no entendíamos nada, no dábamos crédito, nos preguntábamos qué hacíamos en aquel país, en aquella ciudad. Fue una primera impresión impactante y fuerte, que se nos quedó grabada con fuego.

Luego todo cambió y comenzamos a disfrutar de nuestro viaje por aquel maravilloso país. Aprendimos que allí existe una costumbre muy extendida entre la mayoría de los hombres y algunas mujeres, sobre todo las más mayores. Mascan la nuez de betel, un fruto que machacan, mezclan con especias y envuelven en una hoja que introducen en la boca. Por todas partes veíamos a los hombres masticando y escupiendo al suelo un líquido rojo, que al principio nos pareció sangre. Esta costumbre, equivalente al tabaco en nuestra sociedad, tiene efectos estimulantes y sedantes. Pero también tiene una consecuencia desagradable: los dientes se pudren y enrojecen de tanto mascar betel. Así, mientras los niños birmanos lucen una sonrisa blanca y limpia, casi todos los hombres y algunas viejecitas muestra una boca a la que da miedo mirar, así que evitan sonreír.

Aquello me pareció muy curioso y pasé medio viaje tratando de conseguir una foto "de dientes" que mostrara en imagen lo que os he explicado. Mi amiga Tere, a quien acababa de conocer, observó que yo me planteaba objetivos alcanzables a corto plazo y que lograrlos me hacía feliz. Pues bien, conseguir hacer la foto "de dientes" se convirtió en mi principal objetivo, casi en una obsesión, durante muchos días. En el trayecto en barco desde Mandalay hasta Bagán había un candidato perfecto, que al llevar a una preciosa niña en brazos no se extrañó de  mi obsesión por fotografiarle, pero no hubo manera: cada vez que disparaba, el hombre cerraba la boca pudoroso. Ya creía que no lo iba a conseguir cuando, al bajar caminando hacia Pindaya desde el Monasterio de Yatzaki, me encontré con este sonriente joven, disparé y... ¡Misión cumplida!

Domingo en el Vaticano

Por fin llegamos a nuestro tercer y último día en Roma. Llevamos dos días en esta ciudad y aún no hemos visitado el Vaticano, queda en la otra punta y hemos preferido pasear por el centro. El viernes y el sábado no hemos parado de andar y de ver cosas, como os he mostrado aquí, pero aún no hemos pisado el país del Papa. Sabéis que este hombre no es de mi agrado, ni nada de lo que representa, supongo que también por eso hemos retrasado la visita. Pero el domingo decidimos coger el metro por la mañana en dirección al Vaticano, porque creemos que, a pesar de todo, merece la pena verlo, ya que estamos aquí...

Bajamos del metro y caminamos junto a montones de turistas en dirección a la Plaza de San Pedro. Según nos acercamos yo empiezo a ponerme nervioso, cada vez hay más curas y en cada uno de ellos yo veo un pederasta. No lo puedo evitar, si antes tenía manía a los curas, ahora es auténtica aversión lo que siento hacia ellos. Aquí son los reyes, están en su casa y me siento un intruso, creo que no debería estar aquí. Llegamos a la abarrotada Plaza a las doce en punto y oímos una voz aguda y monótona que nos resulta familiar. Los fieles no miran hacia la Basílica sino a un punto sobre nosotros. Nos volvemos, alzamos la vista y...

Allí está, asomado a la ventana de sus aposentos, el mismísimo Benedicto XVI. Yo no me lo puedo creer, pues no tenía intención de venir al Vaticano y menos aún de ver al Papa en persona. Queda constancia de que el encuentro es totalmente fortuito, pues de otro modo no se entendería la imagen que decora mi blog y que podéis ver a la derecha. El caso es que el Papa se dirige a la enardecida multitud que ha venido a verle desde todos los rincones del mundo. Saluda a las distintas comunidades en diferentes idiomas y los católicos se emocionan y agitan banderas de sus respectivos países. Yo asisto estupefacto al espectáculo.

El Papa, en referencia al escándalo de los muchos abusos sexuales cometidos por el clero durante décadas o siglos y que él mismo ha silenciado, dice que hay que perdonar los pecados. Añade la famosa frase "quien está libre de pecado que tire la primera piedra" y yo busco desesperadamente y sin éxito una piedra a mi alrededor, para arrojársela a la cara al Sumo Pontífice, porque yo no he abusado jamás de menores ni pienso hacerlo. No creo en los pecados ni en su perdón, pero sí creo en los delitos y en la justicia. La pederastia es un delito y los curas pederastas deben ir a la cárcel, donde serán ellos quienes sufran abusos sexuales.

Aprovechamos que la multitud está obnubilada escuchando a su ídolo y nos ponemos a la cola para visitar la Basílica de San Pedro, que se alza imponente ante nosotros. Cuando el Papa termina su discurso vemos cómo son sus fieles: sin reparo ni pudor se lanzan contra nosotros, que esperamos pacientemente, saltan la valla, empujan y se cuelan en una clara muestra de la conocida hipocresía católica. Entre ellos hay muchos españoles, familias con hijos que no paran de moverse y molestar. Finalmente cruzamos las fuertes medidas de seguridad y entramos en la gigantesca Basílica, la iglesia más grande del mundo.

El interior de la Basílica es espectacular por su gran altura. En un rincón se encuentra la Pietà de Miguel Ángel, protegida por un cristal. Decepciona un poco porque es más pequeña de lo que imaginas y encima la tienes que ver entre turistas y reflejos. Lo que más me impresiona es el baldaquino de Bernini, que veis a continuación, y la gigantesca cúpula que corona el conjunto. Todo está cubierto de oro y de mármoles de todos los colores, gigantescas estatuas de todos los Papas y muestras de la riqueza de la Iglesia en todo su esplendor. El conjunto resulta demasiado barroco y demasiado ostentoso para mi gusto, lo reconozco.

Salimos de la Basílica mareados por tanto lujo y, en el exterior, sigue la acumulación de estatuas. Veo una muy blanca y nueva y leo el nombre escrito en el pedestal: se trata de la española Santa María Soledad Torres Acosta, recién cononizada por el Vaticano. Junto a ella, grandes hornacinas vacías esperan llenarse de estatuas con nuevos santos. Fotografío a dos miembros de la Guardia Suiza, que también me decepcionan: los imaginaba más imponentes y elegantes, pero parecen dos jóvenes disfrazados. Los Museos Vaticanos están cerrados hoy domingo, así que nos quedamos sin visitar la famosa Capilla Sixtina.

Volvemos a la Plaza de San Pedro, que ya está desierta. Me sorprendo al ver a dos curillas jóvenes que tocan la guitarra y cantan acompañados de una chica. Me pregunto quién les habrá engañado y con qué malas artes, busco el cazo para echar una moneda, pero no lo veo. Dejamos atrás la Ciudad del Vaticano, no sin antes visitar las tiendas de horrendos recuerdos que rodean la plaza, en busca de un regalo para nuestras católicas madres. Buscamos un lugar para comer y lo encontramos en un encantador callejón de edificios desconchados, que nos traslada por un momento a otra ciudad, tal vez Nápoles o Génova.

Por la tarde visitamos los Museos Capitolinos, que están situados en dos palacios de la Plaza del Campidoglio, diseñada por Miguel Ángel. Se trata del museo público más antiguo del mundo y en él destaca la gran colección de esculturas de la antigua Roma. En su sala principal, la Exedra de Marco Aurelio, encontramos la colosal estatua de Hércules en bronce dorado que veis más abajo. También la famosa Loba Capitolina, convertida en símbolo de la ciudad, que os muestro en inédita perspectiva. Al parecer, las estatuas de los gemelos Rómulo y Remo fueron añadidas posteriormente, en el Renacimiento.

Cruzamos por una galería bajo la plaza desde el Palacio de los Conservadores al Palacio Nuevo, donde se suceden las salas de preciosas esculturas. Una sala está dedicada a los filósofos, otra a los emperadores, y así llegamos a una de las estatuas más famosas, que veis a continuación. Se trata del Gálata moribundo, una preciosa figura llena de sensibilidad, que nos demuestra que no todas las esculturas romanas eran triunfales. Finalmente salimos al patio de este segundo palacio, dominado por una enorme estatua de Marforio. Aquí ponemos fin a la visita a este interesante y completo museo de arte y de historia.

Emprendemos por última vez el camino de regreso a nuestro hotel, justo cuando comienza a atardecer. En el trayecto encontraremos aún algunas sorpresas. Primero pasamos ante el Palacio del Quirinale, residencia del Presidente de la República Italiana. Después entramos en la Iglesia de Santa María de la Victoria, donde se encuentra otra obra cumbre de Bernini: El éxtasis de Santa Teresa. Esta escultura, que tantas veces he visto en los libros de arte, cierra un día de lo más escultural. Cansados de comer pasta y pizza, decidimos ir a cenar a un precioso restaurante japonés. Luego a dormir, que hay que madrugar para volver a Madrid.