Road Movie
Jueves 24 de julio, ocho de la tarde. Salimos de Madrid rumbo a Mojácar. Afortunadamente, en los últimos años se han abierto varias autopistas de peaje que hacen el viaje más cómodo y rápido, sobre todo en un día como hoy, víspera de fiesta y de fin de semana largo en Madrid. Enfilamos la R-4 hasta Ocaña y seguimos por la AP-36 hasta La Roda. El gasto en peajes ronda los veinte euros, pero se compensa con el ahorro en gasolina y tiempo. Como dice la publicidad de esta autopista, con ella te escapas del gran atasco, que sólo encontramos al llegar a Albacete.
Ancha es Castilla, pero es difícil encontrar una gasolinera abierta en Castilla-La Mancha después de las diez de la noche. Ya lo sé para la próxima vez: hay que repostar antes de esa hora o antes de entrar en esta comunidad. Después de dos intentos en vano, de abandonar un par de veces la autovía siguiendo las indicaciones que conducen a una estación de servicio y encontrarla cerrada, a la tercera va la vencida. Después de un rato sin hablar, con los nervios a flor de piel y la reserva a punto de consumirse, por fin encontramos una gasolinera abierta y respiramos. Con carburante en el depósito y más relajados, continuamos nuestro camino.
Entramos en la Región de Murcia, que ha quedado convertida en un gigantesco polígono industrial. Fábricas de todo tipo se suceden a ambos lados de la autovía mientras nos envuelve una sinfonía de olores, a cuál más apestoso. ¿Qué fue de la huerta murciana? me pregunto mientras busco alguna planta en la semioscuridad, entre el humo de las chimeneas y las luces psicodélicas de las factorías de abonos y salchichas. Por fin entramos en la provincia de Almería pasada la medianoche. Se disipa el mal olor y se impone la total oscuridad, sólo rota por el brillo de algunas estrellas y una hermosa media luna amarilla.
Al llegar a Vera me sorprende encontrar unos nuevos puentes, aún en obras. Es el nudo de acceso al nuevo tramo de la autopista AP-7 a Cartagena por la costa. Se ha construido esta carretera de gran capacidad para llegar a la Marina de Cope, uno de los pocos tramos que aún quedaban vírgenes en la costa mediterránea española. Por poco tiempo, porque pronto estará tan construido y alicatado como el resto. Espero que el fin del boom de la construcción ponga fin al sueño de los murcianos de levantar en este precioso paraje natural decenas de urbanizaciones y campos de golf, pero me temo que esta pesadilla se hará realidad.
Abandonamos la A-7 y nos internamos en carreteras oscuras y estrechas, por primera vez desde que salimos de Madrid. Tras varios desvíos llegamos a Mojácar y comenzamos nuestro ascenso hacia lo más alto del pueblo. A la una y media de la madrugada aparcamos y empezamos a recorrer el laberinto de callejuelas. Mañana no es fiesta en Andalucía, así que reina la tranquilidad en la noche. El ruido que hacen nuestras maletas rodando sobre las cuestas empedradas rompe el silencio y se vuelve ensordecedor. Llegamos a la casa agotados y nos vamos a dormir.
Al despertarme por la mañana abro la ventana que hay sobre mi cama. La luz inunda la habitación y me ciega durante unos segundos. Cuando recupero la visión admiro el panorama y sonrío. Podría estar en Tánger o en alguna ciudad más exótica y lejana, pero sigo en España. Siempre que vengo aquí me ocurre igual: sueño despierto con retirarme a este lugar, a disfrutar de las maravillosas vistas que me brinda esta casa. Subo a la terraza para hacer fotos, como siempre. Todo está tranquilo y sólo se oye el ruido de las chicharras en la montaña, detrás de mí. Delante las casas blancas y escalonadas del precioso pueblo y al fondo el mar azul que se pierde en el horizonte.









flor_deloto dijo
Wow, qué belleza. Lo apunto en mi lista de pendientes.
Beso.
31 Julio 2008 | 03:21 AM