Fauna y flora en Kandy
Sigo con la crónica de mi viaje a Sri Lanka, porque quiero evocar mis recuerdos antes de que se desvanezcan definitivamente. Me agarro a ellos como a un clavo ardiendo, para combatir la depresión postvacacional y para evitar que me atrape la vorágine de la rutina diaria.
Tras visitar las antiguas capitales de los reyes cingaleses en las llanuras del norte, ascendemos hasta llegar a Kandy, la puerta de entrada al llamado Hill Country (la zona monatañosa del interior del país) y la segunda ciudad más grande de Sri Lanka, aunque sólo tiene 120.000 habitantes. Hay que tener en cuenta que en este país no se ha dado el éxodo rural que ha sufrido casi todo el mundo, así que la mayoría de la población sigue viviendo en pequeñas aldeas diseminadas por el campo.
Kandy parece una ciudad suiza, con su lago rodeado de verdes montañas donde asoman los tejados de casas tipo chalet. No soy yo el primero en pensar esto, porque aquí nos alojamos durante tres noches en el Hotel Suisse. Es un precioso edificio colonial de finales del siglo XIX, con sus salones de baile donde ahora se celebran bodas casi a diario. Esto nos brinda la oportunidad de conocer el folklore local y de ver, cara a cara y por la cara, a los famosos danzarines de Kandy.
La atracción más importante de la ciudad es el Templo del Diente de Buda, donde se venera esta sagrada reliquia. Cuenta la leyenda que una princesa lo trajo desde la India oculto entre sus cabellos. El diente pasó temporadas en varias ciudades y finalmente se quedó en Kandy, donde se construyó el templo-fortaleza que veis aquí para custodiarlo. Miles de devotos de todo el país y de la vecina India acuden cada día, aunque es imposible verlo: está dentro de un relicario que a su vez está dentro de otro... Hay quien dice que el auténtico diente está escondido en otro lugar y tal vez sea cierto, tras el horrible atentado terrorista que sufrió este templo hace diez años.
Por ahora hemos visto pocos animales: algún elefante, un lagarto monitor de tierra de tamaño considerable (más de medio metro) y, sobre todo, cuervos y ardillas. Estas últimas, pequeñas y veloces, dominan la tierra y los árboles. En el aire los amos son los cuervos, que compiten con las ardillas por cualquier migaja en divertida lucha. Uno piensa que en un país tropical encontrará aves de plumajes multicolores, pero aquí sólo hay negros cuervos, tantos que a veces te sientes inmerso en Los Pájaros de Hitchcock... El caso es que paseando junto al hermoso y apacible lago de Kandy (que es artificial como casi todos los del país, pues los antiguos reyes construyeron un ejemplar sistema de presas y canales para regadío) vemos asomar una cabeza que se acerca.
Nos quedamos estupefactos y pensamos en el monstruo del Lago Ness, pero no tiene nada que ver porque éste es de verdad. Llega nadando rápidamente hasta la orilla y, delante de nuestras narices, sale del lago y se tumba tranquilamente a tomar el sol en la orilla. Nosotros no lo podemos creer y hacemos fotos sin parar, mientras los lugareños nos miran con más extrañeza a nosotros que al bicho. Se trata de un lagarto monitor de agua, pedazo de varano de casi dos metros de longitud, el más grande del mundo tras el dragón de Komodo. Bueno, esto lo sé por lo que he investigado después, porque entonces no sabía qué era aquello que tenía ante mí y que ahora podéis ver vosotros aquí:
Al día siguiente visitamos el Orfanato de los Elefantes en la cercana localidad de Pinnawela, uno de los lugares más mágicos de Sri Lanka. Comenzó siendo lo que su nombre indica, pero ha acabado convertido en una especie de fundación para la cría y protección de esta especie. Cada día, por la mañana y por la tarde, los elefantes son conducidos hasta el cercano río para su baño colectivo y para el disfrute de los turistas. Realmente es un espectáculo delicioso ver decenas de elefantes juntos, de todos los tamaños, en un paraje tan hermoso. Nos llama la atención una elefanta coja que perdió una pata al pisar una mina antipersona; probablemente habría muerto si no la traen aquí... De pronto empieza a diluviar y, mientras corremos a refugiarnos en el porche de un hotel para seguir viendo el panorama, los elefantes lo celebran alborozados. Muchos se dirigen a la otra orilla para revolcarse en el barro, mientras otros juegan en el agua como niños.

Tras esta maravillosa experiencia visitamos otro precioso lugar: el Jardín Botánico de Peradeniya. Allí acuden las parejas a pasear, sentarse a la sombra de los árboles, charlar y poco más. En su enorme extensión hay praderas, paseos con palmeras y un pabellón con orquídeas, pero sobre todo llaman la atención algunos extraños árboles, como los que veis a continuación. El primero es un gigantesco ficus cuyas ramas se extienden en todas direcciones, llegando a cubrir una superficie de 200 metros cuadrados. El segundo es llamado popularmente el árbol de las balas de cañón y el tercero es el árbol de las salchichas, sobran las palabras... ¿Y el cuarto?



Miramos hacia arriba y contemplamos los extraños frutos de este árbol. Al principio no los identificamos, pero pronto nos miramos con los ojos como platos. Supongo que habéis adivinado que no son frutos sino murciélagos, pero no como los de aquí. Si en España decimos que los murciélagos son ratones con alas, allí los llaman "zorros voladores" así que os podéis imaginar su tamaño: un metro de envergadura. Nos quedamos horrorizados al ver centenares de gigantescos murciélagos colgando de diferentes árboles. Más tarde nos encontramos el mismo panorama junto a la piscina del hotel. Algunos comienzan a revolotear y consigo captar esta intrigante imagen, que bien podría servir como cartel de una película de Batman:
Al atardecer, el cielo se oscurece de repente, pero aún no ha caído la noche. Vemos que lo cubren miles de aves negras y pensamos que son cuervos, pero hay algo extraño en su forma de volar. Al fijarnos bien nos damos cuenta de que no son aves sino murciélagos, que vuelan a gran altura como si se prepararan para lanzarse en picado. Un escalofrío nos recorre el espinazo, pero nadie se inmuta a nuestro alrededor. Se ve que aquí están acostumbrados, o tal vez en estas latitudes las cosas se ven de otra manera...










Anita B. dijo
Impresionante, como todos los demás posts del viaje. Los elefantes son mis animales favoritos y me encanta ver volar a los murciélagos. Disfruto tanto con todo ser viviente... Así que lo tengo decidido: algún día viajaré a Sri Lanka, je, je, je...
Besinhos!
30 Septiembre 2008 | 09:46 PM