Año nuevo en Marrakech
Cuando visité Marrakech por primera vez, hace quince años, me prometí que volvería. Tras un intento fallido he cumplido, por fin, mi promesa y mi sueño. No puedo imaginar un marco más incomparable para ver nacer el año nuevo ni puedo imaginar una foto más hermosa para abrir mi primer post de 2009. La maravillosa puesta de sol sobre la plaza Yemaa el Fna, con la Kutubia recortada sobre las nubes que adquieren el color de la ciudad y se funden con el humo que asciende desde los chiringuitos, es de una belleza sobrecogedora.
Esta plaza situada en el corazón de la Medina de Marrakech es la esencia de la ciudad y el gran teatro del mundo. Aunque no es realmente una plaza sino una gigantesca y asimétrica explanada, Yemaa el Fna es un hervidero continuo de gente durante el día y la noche. Es un placer recorrerla y mezclarse con sus extraños habitantes: aguadores, músicos y bailarines, encantadores de serpientes y domadores de monos, vendedores ambulantes e inevitables turistas. Más agradable aún es sentarse en la terraza de uno de los muchos cafés que rodean la plaza, para contemplar plácidamente el deambular de la gente, el transcurso de la vida con el paso de las horas, mientras saboreas un delicioso thé à la menthe. Sobre todo cuando, al atardecer, se encienden las luces y los fuegos de los puestos de comida, pues entonces a los colores se unen los olores de la riquísima gastronomía marroquí.



Al norte de la plaza se encuentran los zocos, con sus estrechas y abigarradas callejuelas repletas de tiendas de todas las mercaderías imaginables. Perderse por estas calles supone un festival para los sentidos y una increíble evasión para la mente. Parece mentira que Marruecos esté tan cerca de España, porque cruzar el Estrecho es como saltar a otro mundo, exótico y diferente. Sin embargo, la ilusión es pasajera: pronto aprecias que marroquíes y españoles somos primos hermanos, más parecidos de lo que pretendemos. Como constaté hace quince años, a diferencia de otras ciudades como Tánger o Fez, Marrakech es un remanso de paz y tranquilidad para el turista. Uno puede recorrer el zoco a su aire, sin temor a ser acosado por vendedores o supuestos guías, disfrutando de la experiencia a cada paso.



Mención aparte merece el zoco de los tintoreros, donde madejas y tejidos tendidos al sol inundan de color las rosadas calles. La luz tamizada que se filtra entre las telas crea increíbles efectos, reflejos y sombras. Pero para poder disfrutar del sol hay que salir de las estrechas y semicubiertas callejuelas de la Medina y visitar alguno de los espléndidos jardines de Marrakech. Esta ciudad es un oasis en pleno desierto, un vergel donde abundan las palmeras y las rosas. Nosotros optamos por los olivos y nos acercamos en calesa (puede resultar turístico pero es agradable y muy recomendable) hasta La Menara. La clásica estampa del pabellón reflejado en el estanque cierra la crónica de mi visita a esta ciudad única en el mundo.








Jo dijo
Desde luego que la cultura de Marruecos y la española tienen mucho en común. Y lo mismo pasa con todos los países del Magreb. Mi novia es argelina, he estado en su casa, con sus padres y hermanos, y no te puedes imaginar hasta qué punto me recuerda el ambiente de aquella casa el de los hogares españoles. El parecido es asombroso.
7 Enero 2009 | 07:50 PM