Descubriendo Essauira
Mi último viaje a Marruecos no me sirvió sólo para volver a la rojiza ciudad de Marrakech. También aproveché para descubrir Essauira, una ciudad que no conocía. La antigua Mogador es una preciosa perla blanca que emerge sobre sus murallas color tierra frente al Atlántico. Blanca con reflejos azules: los de sus puertas y ventanas, los del cielo y el océano.
Ya descubrieron esta ciudad hace mucho tiempo los portugueses, hace unas décadas los hippies y, más recientemente, los surferos. Por eso aquí se respira un aire de libertad desconocido en otras poblaciones marroquíes, acentuado por la abundancia de gaviotas. Estas aves proliferan sobre todo junto al importante puerto pesquero, imponente como una fortaleza.

Essauira recuerda a cualquier pueblo del Sur de España, con sus casas blancas y su pescaíto frito, pero sobre todo a los de la provincia de Cádiz por su arquitectura colonial y su inmensa playa de arena blanca. Sólo al atravesar la muralla y entrar en la Medina apreciamos que seguimos en Marruecos, pues encontramos de nuevo a sus conocidos personajes.

Resulta curioso caminar por los callejones de la Kasbah y oír el sonido del mar al otro lado de la muralla, sin verlo. Para poder contemplar el océano en todo su esplendor hay que subir a lo alto de la muralla y para hacerlo atravesamos la puerta que veis a continuación. Los gatos son los animales más frecuentes aquí, aparte de las mencionadas gaviotas.

La vista es impresionante: a lo lejos se divisa la fortaleza del puerto y frente a la costa numerosos islotes, alguno de los cuales fue utilizado antaño como prisión. Nos tumbamos sobre las almenas, entre los cañones, y dejamos que nos acaricie la brisa y el sol. Luego seguimos paseando por las calles de la Medina, nos mezclamos con la gente y disfrutamos de cada rincón.

Da gusto perderse por los callejones que nos sorprenden tras cada esquina, charlar con la gente que trata de vendernos cualquier cosa y apreciar los increíbles contrastes de colores. Es precioso el azul de las ventanas y de las curiosas puertas enmarcadas en arcos de formas imposibles. Pasamos continuamente de la tranquilidad al bullicio y del silencio al ruido ensordecedor.

Tras recorrerla de arriba abajo y descubrir cada uno de sus rincones, nos toca despedirnos de Essauira. Hemos pasado aquí dos días y no queremos marcharnos sin pisar la playa, así que dejamos atrás la muralla y caminamos por la fina arena al atardecer. Termino aquí el relato de este maravilloso viaje a Marruecos igual que lo empecé: con una puesta de sol.














julianen dijo
que fotos tan bonitas, me recuerdan mis viajes a esta preciosa ciudad, no hablas del olor caracteristico de las calles donde venden los trabajos en madera de raiz de tuya, base de la artesania local y que solo en esta ciudad se puede apreciar tan intensamente, que pena que hayas terminado el relato de tu viaje
13 Enero 2009 | 09:05 AM