El amor, la paz y la alegría habiten siempre en ustedes.

Antes de empezar a escribir voy a presentarme, pues tal vez les resulte extraño que esta carta proceda de un convento. Yo soy una religiosa de 23 años, y formo parte de esta comunidad desde los 18. Somos un total de 23 monjas, nueve de las cuales tienen las edades comprendidas entre los 17 y los 34 años.

El motivo de mi carta se debe a un anuncio que leí hace unos días en una revista, cuando me encontraba en la consulta del médico. Dicho anuncio hablaba de una oferta de suscripción a sus revistas con los regalos de una traductora de bolsillo y una lamparilla de lectura... ¡Una magnífica oferta! que a mí y a la comunidad de religiosas nos sería de gran ayuda dado el carácter internacional de la orden (traductora) y para el rezo y la lectura espiritual (lamparilla).

Yo, debido a mi estado de religiosa, no dispongo de dinero ni de ninguna cuenta corriente. Por ello, confiando en su gran comprensión y generosidad me atrevo a pedirles estos dos obsequios antes mencionados, gratis, es decir, sin hacer la suscripción, pues pienso que para ustedes no supone una gran pérdida y harían una enorme obra de caridad (que nuestro señor Jesucristo les recompensará con creces) pues ambos regalos nos son de mucha ayuda y utilidad.

Sin nada más que comunicarles, les pido me disculpen por las molestias que haya podido causarles y hagan una excepción, pues me he dado cuenta (aunque tarde) que la oferta ha terminado. En fin, reciban un cordial saludo y mis oraciones.

Es cierto que la oferta había terminado, pero evidentemente, ante una carta tan tierna no podíamos permanecer impasibles. La hermana nos tocó la fibra sensible y no le enviamos una traductora y una lamparilla, sino varias unidades de cada regalo para que las pudiera repartir entre sus compañeras. Para ser tan joven y vivir tan aislada parecía bastante lista, pues supo conseguir su objetivo con creces. Tenía razón: para nuestra empresa no significaba mucho y uno se siente mejor cuando hace una obra de caridad. Por supuesto, la monja volvió a escribir emocionada para darnos las gracias por los regalos.