En la playa de los hombres
Si el verano pasado os hablé de mis playas favoritas, hoy voy a hablaros de la playa más extraña en la que he estado. Fue en Irán hace cuatro años, durante el viaje que hice entonces y que últimamente recuerdo especialmente por los duros momentos que atraviesa aquel país. Las noticias se olvidan pronto y parece que ya nadie se acuerda del pucherazo de las recientes elecciones iraníes, pero ese país ha vuelto a la actualidad con motivo de un tremendo accidente. Un avión de la compañía Caspian se estrelló ayer poco después de despegar de Teherán y murieron sus 168 ocupantes. Como yo también soy iraní desde que conocí personalmente aquel hermoso país, sigo compartiendo con vosotros algunas de las experiencias que viví allí.
Nunca hasta ahora os había hablado de la última etapa de este viaje, que nos llevó hasta la orilla del Mar Caspio, muy cerca de donde ayer se produjo el accidente aéreo. Llegamos al anochecer al imponente hotel, de un estilo muy moderno y diferente a todos aquellos en los que habíamos estado. Era de la época del sha, supongo que de los años setenta, pero estaba bastante abandonado y descuidado. Sin duda había conocido tiempos mejores y se había quedado grande para el escaso turismo nacional, pues nuestro grupo era la única representación extranjera.



Por la mañana el sol lucía esplendoroso y nos brindaba una bella panorámica desde la terraza de nuestra habitación. Al fondo las aguas azules del Mar Caspio, que en realidad no es un mar, sino el lago más grande de la Tierra. En primer plano la desierta piscina del hotel, en la que sólo vimos bañarse a algunos niños vigilados por sus madres, completamente vestidas y cubiertas por el velo. Las estrictas normas dictadas por el integrismo islámico que rige este país chirrían a los ojos occidentales. Así, la separación de sexos habitual en muchos lugares de Irán también se da en las playas, para evitar las tentaciones pecaminosas. A la derecha de la piscina salía un camino en dirección a la playa de las mujeres, y a la izquierda arrancaba el que iba hacia la de los hombres. Entre las dos playas, tierra de nadie, donde vimos algunas parejas paseando recatadas de la mano.


La playa de los hombres estaba rodeada de un muro de hormigón y unas lonas que se adentraban en las aguas para evitar cualquier visión desde el exterior. Supongo que la de las mujeres sería igual, aunque me quedé con las ganas de saber si las hermosas iraníes usaban bañador (bikini seguro que no) o se bañaban vestidas. Tal vez usarían esos bañadores de cuello alto, manga larga y pantalón hasta los tobillos, aunque no creo que fuera necesario estando aisladas de las miradas libidinosas de los hombres. Eso pensaba yo mientras contemplaba la playa cerrada llena de iraníes, entre ellos muchos padres con hijos (las hijas, con las madres en la otra playa). La sensación era extraña, pero las sorpresas acababan de empezar. Aunque en Irán está prohibido beber alcohol y casi todo lo que aquí entendemos por diversión, hay algo muy típico de aquel país y estaba disponible en aquella playa.


La experiencia fue increíble: tumbado en la hamaca, fumando la shisha mientras tomaba el sol, me sentía como un pachá en las mil y una noches. A pesar de estar rodeado de barricadas de hormigón, que daban a la playa el aspecto de un campo de concentración, la sensación era de auténtico lujo asiático. Así pasamos el rato apaciblemente, mientras el cielo se cubría de nubes y se volvía gris, dando a las aguas del lago un color verdoso. Todo estaba tranquilo a nuestro alrededor y sólo nos distraía el ruido de una barca, con la que unos hombres trataban de retirar un tronco que había llegado a la orilla. Sólo las primeras gotas de lluvia nos sacaron de nuestro letargo y nos devolvieron a la realidad, así que emprendimos nuestro camino de regreso al hotel fantasma.
















lascosasdepepe dijo
tremendo,,,un bonito lugar. un abrazo.
16 Julio 2009 | 08:28 PM