¡Vampirón al ataque!
Supongo que todos sabéis que el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, es conocido como Vampirón por su molesta afición a chupar la sangre a los ciudadanos. El afán recaudador del alcalde asfixia a los madrileños a base de impuestos y multas, para intentar sanear la maltrecha economía del ayuntamiento más arruinado del mundo. Con las arcas vacías, el alcalde-faraón no puede dedicarse a su pasatiempo favorito, que es llenar la ciudad de obras que se acumulan sin orden ni concierto. Ahora, gracias al Plan Zapatero que le ha caído del cielo como el maná, Gallardón ha aprovechado de inmediato para volver a abrir zanjas por todo Madrid. Incluso tiene la desfachatez de anunciar que acabará el plan Madrid Río, los jardines sobre los túneles de la M-30, antes de las próximas elecciones municipales de 2011. Pretende así conseguir votos, aunque no esperará que le votemos los vecinos del Manzanares que hemos sufrido estas obras paradas durante años.
En Madrid no te libras de las multas de ninguna manera. Yo tengo garaje en casa y trabajo fuera de Madrid, pero cada vez que aparco en el centro me llevo alguna multa de recuerdo, aunque pague y ponga el papelito de la ORA. Siempre hay un revisor al acecho y, en cuanto te pasas un minuto, te la casca. Peor es lo del famoso túnel de la M-30: una autovía subterránea de tres o cuatro carriles con la velocidad limitada, de forma completamente ilógica, a 70 kilómetros por hora. Cuando entras en el túnel tienes que frenar bruscamente a la vez que te deslumbran los potentes focos que hay para que las cámaras de los radares puedan fotografiar las matrículas. Es la demostración de la absurda política recaudatoria del Ayuntamiento, porque parte del dinero de las multas será para pagar las excesivas luces del túnel, siempre más iluminado que el exterior. Yo recorro el maldito túnel cada día y trato de no rebasar el límite de velocidad, porque ya me han llegado varias fotos por ir a 73 kilómetros por hora. Resulta patética la caravana de coches circulando despacito por semejante autovía.
No entiendo la manía de enviar las multas por correo certificado. Para mí es un trastorno porque en mi casa no suele haber nadie, así que el cartero me deja el correspondiente aviso de correos. Como no suelo pasar por el portal (voy en ascensor directo de mi piso al garaje y viceversa) tampoco vacío mi buzón con mucha frecuencia. Cuando veo los avisos ya es tarde para ir a recogerlos, así que las multas siguen su curso, engordando con los intereses de demora. Cada vez que he recurrido una multa me han negado el recurso alegando diferentes motivos o que había pasado el plazo, de modo que ya he desistido de intentarlo. En un absurdo ejercicio de rebeldía personal, me niego a pagar la mayoría de las multas voluntariamente, porque creo que son injustas y no quiero hacerle el juego al alcalde. Y digo que esto es absurdo porque al final soy yo el perjudicado: las multas engordan y se acumulan, volviendo a mí una y otra vez hasta que me embargan. Ya me han embargado dos veces y pronto lo harán por tercera, pero yo sigo en mis trece: prefiero que me quiten el dinero antes que pagar.
Otra cosa son los impuestos: por muy excesivos que me parezcan, siempre he pagado todos religiosamente por motivos solidarios y porque espero ilusamente que con ellos se hagan cosas buenas por la sociedad. Resulta que el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) no me llegaba desde que compré mi casa hace diez años, lo cual me mosqueaba bastante. Por eso, hace unos años fui a mi Junta Municipal y pregunté al funcionario que me atendió a qué se debía esto y qué podía hacer. Me sorprendió sobremanera su respuesta: "qué suerte tienes, esto no lo está pagando nadie, así que lo mejor es que no hagas nada". Yo no lo podía creer y le dije que no estaba dispuesto a pagar luego el IBI de todos los años de golpe, pero él insistió en que no me preocupara. Y no me preocupé hasta que el año pasado me llegó por primera vez el recibo del IBI anual, aunque por mi perpetua falta de tiempo y mi enfermiza aversión a la burocracia me olvidé del tema hasta ahora.
El otro día, al recoger el correo, me encontré con un aviso de la Agencia Tributaria. Pensé que me habrían embargado de nuevo la devolución de mi declaración de IRPF, pero quise saber de qué se trataba. A la mañana siguiente, antes de ir al trabajo, me planté en la oficina de Correos con mi papel para recoger la carta en cuestión. Siempre que voy a Correos sufro la misma experiencia y comprendo por qué los funcionarios en general tienen tan mala fama, aunque yo siempre los defiendo porque mi padre ha sido funcionario y siempre ha trabajado como el que más. Cuando llegué a la oficina sólo había una persona esperando, pero tuve que ver cómo crecía la cola detrás de mí mientras los funcionarios reían y charlaban sobre sus vacaciones. Finalmente, cuando yo ya estaba a punto de estallar, uno de ellos se dignó a atendernos y me entregó mi carta, que abrí con impaciencia. Era de la Agencia Tributaria Madrileña (el final no cabía en el aviso de correos) y me informaba de la deuda pendiente, pero sin intención de embargarme aún (prefieren cargarme más intereses antes).
Cuando vi el montante de la deuda me quedé estupefacto y me fijé en el detalle: a las muchas multas de tráfico (sobre todo de aparcamiento) habían añadido el IBI (que no me pasaron en su momento) de los tres años que aún no habían prescrito, con sus intereses y apremios correspondientes. Ante semejante atropello decidí tomar cartas en el asunto y a mediodía, en lugar de ir a comer, me fui hasta las oficinas de la Agencia Tributaria Madrileña, sitas en la calle Sacramento. Tras una odisea entre obras y calor conseguí llegar al edificio, situado en el mismito centro de Madrid, junto a la Plaza de la Villa. Las modernas oficinas estaban llenas de mostradores vacíos, supongo que muchos funcionarios estarían de vacaciones y el resto comiendo, así que me tocó esperar una hora con mi número de turno en la mano. Finalmente conseguí solicitar el fraccionamiento de los recibos del IBI (con sus intereses, porque si los recurro siguen generando más) y dejé las multas igual, en espera del embargo.
Vivir en Madrid se ha convertido en un lujo al alcance de unos pocos, debido al elevado coste de la vida. Yo antes amaba esta ciudad y decía que viviría en ella para siempre, pero desde que está gobernada por el Partido Popular resulta cada día más inhóspita. Tanto la administración local como la autonómica, en lugar de facilitar la vida al ciudadano, lo que hacen es sangrarte y ponerte las cosas difíciles por sistema. Así, la vida en Madrid resulta cada vez más incómoda y más parecida a una pesadilla. Ya sólo deseo salir de aquí para marcharme a algún lugar más tranquilo y humano. Ahora que Mojácar se ha quemado entero ¿adónde iré? Quién sabe, tendré que seguir buscando el paraíso...









turquesa dijo
si pues donde yo vivo, te dejan el certificado en el buzón, y te tienes que trasladar cuatro kilometros a la oficina más proxima ,con horario de 9 a 9,30
24 Julio 2009 | 07:36 PM