Bikaner, la prueba de fuego
En plena depresión postvacacional, sigo con las crónicas de mi viaje al Norte de la India. Mi primera semana de trabajo después de las vacaciones se me ha hecho muy cuesta arriba y no he tenido tiempo ni fuerzas para publicar. Como mi estado de ánimo, la foto que abre este capítulo es más oscura y triste que la que abrió el primero. Muestra la realidad que os he contado sobre este país: una calle semiinundada y sobrevolada por cables, un gran montón de barro y basura, un chico en bicicleta y un carro tirado por un burro. Me encanta ver los burritos por las calles indias, se ven más limpios que las vacas y las cabras. Me parecen muy tiernos y me traen recuerdos de mi infancia, pues ahora resulta difícil ver burros en España.

Hago esta foto desde el coche al atravesar un pueblo camino de Bikaner, la segunda ciudad que visitaremos en nuestro viaje. En realidad será la primera, pues se trata de una ciudad en toda regla (con más de medio millón de habitantes) mientras Mandawa era un pueblo (con sólo poco más de 20.000 vecinos). Ya lo apreciamos al atravesar los suburbios de Bikaner: nos sorprende el bullicio, el tráfico y el polvo que levantan vehículos y camellos. Seguimos hacia nuestro hotel, que se encuentra a 30 kilómetros de la ciudad y, aunque parezca imposible, supera con creces al de Mandawa. El hotel Gajner Palace es un impresionante palacio, que los maharajás utilizaban para relajarse y cazar. Rodeado de un frondoso jardín, a la orilla de un precioso lago donde abundan las aves acuáticas, es como un oasis en pleno desierto.

Pedimos a nuestro conductor que nos espere para llevarnos a la ciudad, demasiado lejos para ir por nuestra cuenta. Nuestro primer destino es el gigantesco fuerte de Junagarh, situado en el centro de Bikaner y rodeado de un foso. Todas las ciudades de la India, o al menos las del Rajastán, tienen su fuerte. Son imponentes fortalezas donde vivían los maharajás y su corte, algunas de la Edad Media y otras posteriores. En algunos fuertes viven aún los descendientes de las familias reales, pero la mayoría están transformados en hoteles y museos. Esta es la primera visita que hacemos a un fuerte-museo y nos impresiona la belleza de sus palacios, con sus hermosos patios de balcones y celosías, estancias ricamente pintadas y decoradas, rincones y corredores con sorprendentes juegos de luces...



Tras visitar el fuerte nos dirigimos a la Ciudad Vieja, que se encuentra cerca y rodeada por una muralla. Los coches no pueden seguir hasta la puerta, así que desde la mitad de camino tenemos que seguir a pie. Nos vemos rodeados de motos y ruidos entre una muchedumbre cada vez más espesa, mientras nos acercamos a la puerta que abre ante nosotros un mundo desconocido. Somos los únicos extranjeros entre tantas personas, todas nos miran y nos dicen cosas tratando de vendernos algo. Nosotros avanzamos intentando aparentar seguridad, como si nos enfrentáramos a la primera prueba de fuego de nuestro viaje. No hemos querido coger guías porque no nos gusta que nos lleven a los restaurantes y tiendas de sus amigos, para luego cobrar comisión. Preferimos aventurarnos solos y ya sentimos cómo sube la adrenalina.

Comenzamos a callejear por un laberinto medieval, donde por fin veo algo positivo en las vacas sagradas que invaden las calles. Como veis en la siguiente foto, las vacas (en este caso un toro) se comen la basura que se acumula en cada rincón, aunque a cambio dejan la suya. Siguiendo el plano que figura en nuestra guía y mi buen sentido de la orientación, conseguimos llegar a nuestro objetivo: los tempos jainistas situados al sur de la ciudad. El jainismo es una antigua secta desgajada del hinduismo de la que ya os hablaré más adelante. Los templos jainistas suelen ser más antiguos y atractivos que los hindúes, aunque estos no son especialmente bonitos. Sí me sorprende la preciosa cúpula pintada de un templo, que fotografío colocando la cámara en el suelo, siguiendo las instrucciones del hombre que nos lo enseña a cambio de unas rupias.



Los templos están situados junto a la muralla y desde aquí se dominan los barrios bajos de la ciudad, que quedan extramuros. Desde las azoteas de las casas, la gente nos saluda y nos sonríe, como el niño desnutrido que veis a continuación. Parece que en la India a todos, especialmente a los niños, les encanta que les hagan fotos. De nuevo en las calles, también sonríe ante mi cámara una bella mujer que está sentada en un portal bajo una maraña de cables. Está charlando con sus dos amigas, una de las cuales me mira sorprendida mientras la otra se esconde para no salir en la foto. Comprendo que las reacciones ante mi cámara pueden ser más diversas de lo que creía, así que decido ser más precavido.


Seguimos caminando por el laberinto de callejuelas, que cada vez se hacen más estrechas. Atravesamos bulliciosos bazares donde se vende todo tipo de mercaderías. Intentamos orientarnos para volver a la puerta de la ciudad, pero parece imposible. Cada vez vemos menos gente en las calles, que son cada vez más sucias y sórdidas. Las pocas personas que vemos tienen pintas extrañas, nos miran sorprendidas y nos preguntan adónde vamos. Nosotros seguimos caminando dignamente hasta que nos damos cuenta de que nos hemos metido en la boca del lobo, en un barrio marginal. Nos tragamos nuestro orgullo y decidimos dar media vuelta para volver por el mismo camino, antes de que sea demasiado tarde.
Sin duda el sentido del humor es fundamental para sobrevivir en la India y para enfrentarse a situaciones como ésta. Afortunadamente, conseguimos encontrar el camino de vuelta hasta la puerta. Cuando por fin la vemos respiramos aliviados, porque queda poco para que anochezca y hemos quedado con nuestro conductor para que nos lleve a nuestro lejano hotel. Hemos conseguido superar esta primera prueba y nos sentimos satisfechos, porque adivinamos que nuestro viaje será como una sucesión de pruebas, a cuál más dura. Antes de abandonar definitivamente la ciudad vieja de Bikaner cruzamos un precioso mercado de telas, cuyos brillos y colores impregnan mi retina borrando la oscuridad anterior.

Cierro este capítulo con una foto mía, para que no digáis que nunca salgo. Está hecha al día siguiente, por la mañana, después de desayunar. Salimos del restaurante del hotel y nos fumamos un cigarro en la terraza sobre el precioso lago, disfrutando del maravilloso panorama. Mientras vemos loros, garzas, pavos reales y ardillas que vienen a beber y comer junto a nosotros, nos preparamos para partir. Nos esperan las ciudades más espectaculares del Rajastán, los lugares más mágicos y sorprendentes de nuestro viaje, las experiencias más inolvidables. Aún nos queda mucho por vivir en la India; a mí mucho por revivir aquí.











fantasmita dijo
No me extraña que te costara tanto ir al trabajo, con lo bien que estabas en la India..
Maravillosas fotos y como siempre has hecho que estuviera yo también allí.
Besos, espero que pronto nos pongas más fotos.
12 Septiembre 2009 | 08:12 PM