Jaisalmer, la ciudad dorada
El trayecto hacia Jaisalmer es más entretenido de lo habitual. El paisaje cada vez es más árido, ya que estamos entrando en el desierto de Thar. Sin embargo, la carretera cada vez está más concurrida. A los camiones, coches, motos, bicicletas y animales que circulan en ambos sentidos hay que añadir ahora grupos de hombres y mujeres en procesión. Ya empezamos a verlos ayer, camino de Bikaner, pero hoy son aún más numerosos. Caminan por mitad de la carretera y no precisamente en fila, portando banderas de colores. Nuestro conductor nos explica, como puede, que se trata de peregrinos que caminan durante un mes unos doscientos kilómetros para llegar a un templo cercano, algo así como el Camino de Santiago.

Sufrimos momentos de pánico cuando tenemos que adelantar (por la derecha, porque aquí se circula por la izquierda) a la vez a los "peregrinos" y al resto de vehículos, mientras se nos echan encima los camiones que vienen de frente. Acabamos curados de espanto y hasta nos atrevemos a echarnos una siestecita, dejando nuestras vidas en manos de Singh (el ilustre apellido de nuestro conductor, el nombre es imposible de memorizar). Sufrimos también varias paradas, cada vez que nos cruzamos con la vía del ferrocarril y tenemos que esperar a que pase el tren, porque aquí todos los pasos son a nivel. Aprovechamos para bajar del coche, fumar un cigarro y mear en la cuneta, como los indios.
Por fin llegamos al hotel Fort Rajwada donde, por primera vez en nuestro viaje, pasaremos dos noches. Está situado a las afueras de Jaisalmer y es tan lujoso como los anteriores, pero no nos permitimos mucho tiempo de relax. En un rato estamos en la puerta esperando un tuc-tuc, ya que hemos decidido dejar descansar a nuestro prudente y apocado conductor. Estamos deseando conocer la ciudad dorada, que vemos brillar desde la distancia. El imponente fuerte domina el horizonte desde su atalaya, como un castillo de arena que nos atrae como un imán. Según nos acercamos lo vemos crecer, sin duda es lo más espectacular que hemos visto hasta ahora. El tuc-tuc nos deja en la puerta de la ciudad amurallada que rodea completamente el fuerte.

Jaisalmer fue fundada en el siglo X por Rawal Jaisal, de quien recibe su nombre. Recorremos la calle principal de la "ciudad de abajo", repleta de comercios y de turistas, hasta llegar a la base del fuerte. No es un palacio como los otros, sino una auténtica ciudad medieval que se alza en lo alto de una montaña de arena. Rodeada de una muralla en la base y otra en lo alto plagada de torreones, es una fortaleza inexpugnable, con una sola puerta de entrada. Subimos hacia la puerta y, al ver los impresionantes palacios en lo alto, sentimos el peso de la historia sobre nuestras cabezas. Mientras varias mujeres que parecen gitanas tratan de vendernos pulseras y tobilleras, cruzamos el umbral de la gigantesca puerta y entramos en la "ciudad de arriba".

El fuerte de Jaisalmer es como una ciudad de cuento, anclada en el pasado, que ofrece rincones encantadores como postales. Caminamos por los estrechos callejones entre palacios, templos, havelis y más turistas. Recorremos las calles y las tiendas de esta ciudad dorada, llamada así con razón por el color de la piedra arenisca con la que se construyó. Subimos hasta las murallas y nos asomamos entre las almenas para contemplar el atardecer sobre la ciudad y el desierto. Contemplamos la vida cotidiana de la gente que vive aquí, mientras esquivamos a las vacas que nos impiden transitar por los angostos pasadizos. Veo a una mujer fregando los platos en el patio de su casa y a otra vendiendo frutas ante dos curiosas pintadas.


Después bajamos de nuevo del fuerte, recorremos la calle comercial y llegamos hasta la puerta de la muralla, que veis a continuación. Es una zona llena de vida, el límite entre la ciudad y el desierto, la puerta que separa los coches (extramuros) de las peatones (intramuros). Pegado a la muralla hay un urinario público y junto a él un gran montón de basura donde, por primera vez, veo ratas. Junto a la puerta, en el interior de la muralla, hay una gran plaza con un restaurante que nos llama la atención: el Trío. Subimos hasta la azotea y nos sentamos para cenar y disfrutar de las espléndidas vistas. Al anochecer, iluminan el fuerte, que resplandece como si estuviera flotando en la oscuridad.


El segundo día volvemos a subir al fuerte para visitarlo más detenidamente. Si ayer sólo paseamos por sus calles, hoy nos dedicamos a visitar sus monumentos. Entramos en el Palacio y recorremos sus muchas habitaciones y galerías, ascendiendo hasta llegar a la azotea, en el punto más alto de la ciudad. Desde allí se divisa un impresionante panorama: delante los torreones del fuerte y sus murallas, abajo la ciudad y al fondo el desierto. Después visitamos los templos jainistas, levantados entre los siglos XII y XVI. Se trata de un conjunto de siete templos comunicados entre sí, cuyas paredes de piedra tallada muestran esculturas y filigranas imposibles. Nos sorprende encontrar en su interior estatuas de Buda, pero es que para esta secta que se separó del hinduismo el el año 500 antes de Cristo, se trata de un dios más al que adorar.



Bajamos de nuevo a la ciudad y recorremos sus bulliciosas calles. Nos sorprenden los grandes turbantes de colores que llevan los hombres, como el anciano que veis en primer plano a continuación. También el hombre que duerme la siesta plácidamente ante un edificio en construcción. Nos hemos salido de la zona más comercial y nos internamos en una más tranquila, donde encontramos las havelis más espectaculares que hemos visto hasta ahora. Son tan altas y están a ambos lados de una calle tan estrecha que resulta difícil fotografiarlas enteras. Sólo consigo fotografiar una que tiene una placita delante, así que dispongo de más perspectiva. Parece imposible que se pueda tallar la piedra arenisca con esa maestría, para conseguir esas filigranas y celosías, de una belleza que corta la respiración. La altura del edificio y la belleza de su fachada es signo de la riqueza de sus antiguos dueños, los comerciantes de la Ruta de la Seda.



Terminamos nuestra estancia en Jaisalmer con una actividad típica de la zona, destinada a los turistas. Se trata de montar en camello por el desierto, una experiencia nueva para mí, ya que ni siquiera lo he hecho en Canarias. Nuestro conductor nos lleva a unos 30 kilómetros de la ciudad, donde el desierto de Thar se hace más árido y comienzan a verse dunas y tormentas de arena. Estamos a sólo 15 kilómetros de la frontera con Pakistán, esa línea caliente que se trazó para separar a los hindúes de los musulmanes. Paramos donde vemos a los primeros camelleros, subimos rápidamente a nuestros camellos y nos dejamos guiar hacia un conjunto de dunas que vemos al fondo. En la mitad del trayecto, de repente, me doy cuenta de que he perdido mi pasaporte, que llevaba en el mismo bolsillo que el bono que he entregado a los camelleros.

Llegamos a las dunas, que están llenas de camellos y de turistas. En la arena hay botellas vacías, plásticos y desechos de todo tipo. Resulta imposible hacer una foto sin sacar a otros turistas haciéndose fotos, así que esto tiene poco de desierto y mucho de parque temático. Uno de los hombres que nos han acompañado en el trayecto saca unos refrescos calientes de su bolsa y nos los ofrece, pero nosotros los rechazamos. Aparece una niña de corta edad, con aspecto de gitanilla, y baila para nosotros al ritmo de la pandereta que toca un hombre, tal vez su padre. En fin, todo vale por intentar sacar unas rupias a los turistas, pero yo no tengo ganas de nada. Cierro de nuevo con una foto mía, de pie ante mi camello. Voy vestido de naranja, mi color favorito, y lo que llevo al cuello es el turbante que me he comprado pero no me he puesto. Sonrío ante la cámara, pero me muero por dentro, pensando que voy a tener que rastrear el desierto entero en busca de mi pasaporte.


La experiencia podría haber sido divertida, pero para mí se ha convertido en una tortura. Sólo estoy deseando volver al coche, que nos espera en un lugar distinto de donde salimos, para ver si está allí mi pasaporte. Deseo fervientemente que así sea, porque si no me va a tocar buscarlo y está empezando a anochecer. En cuanto llegamos a nuestro destino me tiro de mi camello y corro hasta el coche, que veo aparcado a lo lejos. Abro la puerta, que ni siquiera estaba cerrada con llave, y veo mi pasaporte tirado en el suelo. Por fin respiro tranquilo, pero casi me da algo. Puedo continuar mi viaje como si nada hubiera ocurrido...










al-javivi dijo
Maravillosa ciudad medieval, maravillosas havelis de piedra de arenisca tallada, el restaurante trio y su cena al anochecer con el fuerte como escenario, las dunas....
y todo ello con una sensación termica de 50º, uf!
Maravillosa experiencia!
19 Septiembre 2009 | 05:34 PM