CICLO
Así es como llaman en mi gimnasio a la clase de spinning, y hoy me toca. Llevo un rato pedaleando sobre mi bicicleta estática, al ritmo de la música ensordecedora y de los gritos del monitor. Él nos anima desde su bici sobre la tarima, mientras pedalea con fuerza para solidarizarse con nosotros. Hace ya unos minutos que rompí a sudar y ahora los chorros caen resbalando por mi rostro, nublándome la vista. Me gusta agitar la cabeza para ver cómo los goterones caen sobre mi bicicleta y encharcan el suelo. No siento las piernas, que giran a toda velocidad mientras mi cabeza empieza a volar.
Con todos los músculos en tensión, entro en un trance difícil de explicar, perdiendo la noción del tiempo y del espacio. Me veo subiendo un puerto de verdad, como si estuviera en el Tour de Francia o en la Vuelta a España. Siento que soy un ciclista profesional, como Contador, Induráin o tantos otros. Veo la carretera, el paisaje, las montañas y la gente que flanquea mi camino. Sus gritos me animan a apretar el ritmo, mientras cierro los ojos suavemente para recrearme en este momento de éxtasis. Entonces la música y los gritos se alejan, se desvanecen y todo queda en silencio.
De repente, siento un golpe y un fuerte dolor de cabeza, supongo que me he caído de la bicicleta. Abro los ojos y miro alrededor, pero no veo la carretera ni las montañas, tampoco el gimnasio ni las bicicletas ni mis compañeros. Estoy solo, tumbado en el suelo de una habitación que al principio no reconozco. Luego sí: estoy en casa de mis padres, me he caído de la cama en la que dormía cuando era pequeño. Intento levantarme pero no puedo, por muchos esfuerzos que hago no consigo mover un músculo. Oigo a mis padres hablar a lo lejos e intento gritar, pero ningún sonido sale de mi boca.
Tras un largo rato que se me hace eterno, oigo a mi madre llamarme y acercarse por el pasillo. Entra en la habitación, me mira, grita, se agacha y me zarandea. Veo cómo las lágrimas asoman en sus ojos y caen por sus mejillas, mientras ella repite mi nombre sin parar. Yo intento decirle algo pero no puedo, mi cuerpo no responde a mis pensamientos ni a mis sentimientos, es una situación inexplicable y espantosa. Mi padre acude ante los gritos de mi madre, que busca en mi cuerpo el rastro de una respiración inexistente. Mientras llaman a una ambulancia decido desconectar. No lo soporto más.
Cuando vuelvo a ser consciente de lo que sucede a mi alrededor, me encuentro dentro de una caja. Veo asomarse ante mí a mis hermanos, amigos y seres queridos. Todos están tristes, algunos lloran y otros me miran extrañados, sin saber qué cara poner. Yo intento decirles algo, que no se preocupen, que estoy bien, pero no hay manera. Oigo sus llantos y sus conversaciones, todos hablan de mí y de lo majo que era, no entiendo por qué hablan en pasado... De pronto cierran la caja y me encuentro sumido en las tinieblas, mientras las voces se van alejando hasta que desaparecen por completo.
Por primera vez, tengo miedo. Estoy solo, rodeado de la nada, en la ardiente oscuridad y en el más frío silencio. El tiempo se para, mientras mi mente vaga recorriendo cada rincón de mi vida. De repente, a lo lejos, me parece oír algo. Escucho con atención, ahora no hay duda: suena una música que se va acercando, la oigo cada vez con mayor claridad. ¿Será música celestial? No, es la música de mi radio despertador, que lleva sonando un rato. Doy un golpe al aparato para apagarlo y me levanto de un salto, tengo que ir a trabajar y se me hace tarde. Que no se me olvide hoy llamar a mi madre para decirle que la quiero...











fantasmita dijo
Menudo sueño, Charli, menos mal que te despertaste. Es bueno decir a nuestros familiares que les queremos.
Besos Contador.
24 Septiembre 2009 | 07:12 PM