Udaipur, la ciudad romántica
Sigo con las crónicas de mi reciente viaje a la India, de las que hoy os traigo una nueva entrega. Seguimos en el Rajastán, donde casi todas las ciudades llevan el nombre de su fundador. Salimos por la mañana de Jodhpur (fundada por Rao Jodha), en dirección a Udaipur (fundada por Udai Singh II). Dejamos atrás el árido desierto de Thar y nos internamos en una zona más verde y montañosa. Hacemos una parada en el camino, para visitar los impresionantes templos jainistas de Ranakpur.

Como vestimos bermudas, para entrar en los templos nos tenemos que poner encima unos horribles pantalones anchos que parecen de pijama, con los que tenemos unas pintas tremendas. El interior es de una belleza sobrecogedora, no en vano se trata de uno de los conjuntos jainistas más importantes del país. Nos vemos rodeados de cientos de columnas de mármol, todas diferentes, talladas y esculpidas magistralmente con motivos geométricos y florales. Las figuras humanas de los capiteles me recuerdan a las estatuas de los templos aztecas.


Tras esta extraordinaria visita continuamos camino hasta Udaipur, la ciudad más romántica del Rajastán. Tanta fama tiene que se ha convertido en la "ciudad de las bodas" y la gente acude hasta aquí para casarse, tanto de la India como del extranjero. La bella ciudad está situada a orillas del lago Pichola y rodeada de verdes colinas. En cuanto nos instalamos en el hotel Trident, a las afueras de la ciudad, salimos a dar un agradable paseo hasta el lago. Allí, un elefante hace las delicias de los turistas mientras su cuidador se baña.


Por primera vez vemos los famosos ghats: esas escalinatas de piedra que bajan desde las fachadas de los edificios hasta las aguas del lago. Aquí, los hombres y mujeres se bañan, lavan la ropa, rezan o se sientan a ver pasar la vida. Detrás de ellos se alza el majestuoso Palacio que domina toda la ciudad, rematado por un sinfín de torreones y cúpulas. Frente a este conjunto, cubriendo por completo una isla situada en medio del lago, se encuentra el hotel Lake Palace, un lujo al alcance de sólo unos pocos privilegiados.


Subimos a la terraza del restaurante Rainbow, situado junto a los ghats a la orilla del lago. Disfrutamos de un delicioso lassi (yogur batido con frutas) mientras vemos a unos jóvenes bañarse y hacer piruetas en el agua. Estamos tan a gusto, recostados en un colchón al borde de la azotea, contemplando el paisaje. El dueño del local se acerca a conversar con nosotros en un aceptable español y nos cuenta su sueño: levantar dos plantas el edificio que alberga su restaurante para dar cabida a un hotel. Nos explica que la inversión necesaria sería mínima para nuestros bolsillos españoles.

"I had a hotel in Udaipur" repito en voz alta una y otra vez, emulando la famosa frase de Meryl Streep "I had a farm in Africa" con la que comenzaba la película Memorias de África. El propietario del restaurante nos ha ofrecido asociarnos con él y me ha contagiado su sueño. Me veo regentando el hotel a orillas del lago Pichola, viviendo una vida tranquila y sosegada. Comienza a atardecer y la vista se hace aún más romántica, así que decidimos pedir la cena para no tener que abandonar nuestra relajada postura.

Al día siguiente visitamos el Palacio de la Ciudad, que es tan hermoso como todos los que hemos visto o incluso más. Recorremos sus patios y sus salones, todos ricamente decorados. Me sorprenden algunas estancias cubiertas de espejos y cristales de colores, que tienen el aspecto de una discoteca psicodélica. En contraste con esta decoración estridente, hay salones pintados en colores pastel que transmiten paz y tranquilidad, donde conversan relajadamente los vigilantes, que aquí visten al estilo militar.


Después nos dedicamos a pasear por la ciudad y a descubrir sus rincones. Visitamos un jardín que nos decepciona bastante y contemplamos una maravillosa panorámica: el ghat de un templo, al otro lado del lago, lleno de mujeres con saris de colores. Visitamos el templo más famoso de la ciudad y fotografío junto a él a una niña muy rara, por supuesto a cambio de unas rupias. Luego comemos en un café muy cool, lleno de jóvenes extranjeras tiradas por el suelo. Udaipur es una ciudad donde los "mochileros" se sienten como en su casa, lo que no es difícil de entender.


Por la tarde tenemos nuestra excursión en barca por el lago Pichola. Es una actividad típica de aquí y no hay turista que se la pierda. Compartimos nuestra barca con el timonel y con gente de diversas nacionalidades, bajo un calor sofocante. Desde el agua todo adquiere un aspecto diferente y mágico: el Palacio brilla como reflejado en un espejo, mientras el blanco hotel Lake Palace parece un trasatlántico perdido, un buque fantasma, como si fuera el Titanic a punto de hundirse entre la niebla.


Por fin llegamos al punto más lejano de nuestra travesía acuática: la isla de Jagmandir. Nos recibe una hilera de elefantes de piedra y nos disponemos a recorrer el palacio, pero también nos decepciona. No hay nada que ver aquí, sólo el espléndido panorama de la ciudad que se divisa entre los elefantes. El pequeño palacio y su jardín están acondicionados para celebrar bodas, y vemos a unos cuantos empleados preparando un banquete. Afortunadamente hay unos aseos fantásticos y hago buen uso de ellos, porque mientras espero el siguiente barco llega el gran retortijón. Se acabó el romanticismo, el resto de mi estancia en Udaipur será una cagalera continua. Pasaré la segunda noche entre la cama y el retrete de mi habitación del hotel Trident.















Maria dijo
Vaya manera de acabar tu estancia en Udaipur! A la hermana de una amiga mía le pasó lo mismo, pero un día antes de volver! No veas que viajecito de vuelta tuvo la pobre...
La verdad es que la idea de irse a un sitio así, montarse un hotel por cuatro euros, y ver la vida pasar no está tan mal...menudo cambio de Madrid! Luego no podrías volver a la capi, jeje!
6 Octubre 2009 | 09:01 PM