Pushkar, el lago sagrado
Algo recuperado de mi tendinitis en el hombro, sigo con el relato de mi viaje a la India. El trayecto desde Udaipur es más accidentado de lo normal, porque la carretera está en mal estado y tenemos que desviarnos varias veces. Hemos oído y leído mucho sobre Pushkar, es pequeña población plagada de templos, construida alrededor de un lago en cuyos ghats los brahmanes timan a los turistas. Por fin llegamos a nuestro hotel Pushkar Palace, que también es histórico, o como dicen aquí heritage. Nos asomamos a ver el panorama y quedamos estupefactos, al ver que el lago está prácticamente seco y sólo hay agua en algunas albercas construidas junto a los ghats. Nos cuentan que el Rajastán sufre una pertinaz sequía y, lo que es peor, el monzón de este año no ha sido generoso.


Nos disponemos a recorrer el pueblo, que se limita a una larga calle paralela al lago en dirección al Templo de Brahma, el único dedicado a esta deidad en todo el país. Recorremos la calle rodeados de peregrinos de todo pelaje y apreciamos la diversidad de razas y costumbres. Comprendemos que los hippies vinieron a la India en los años 70 y se llevaron a Europa y América las costumbre locales. Porque los indios caminan descalzos, llevan pendientes y pulseras, toda clase de piercings y tatuajes... Por no hablar del cabello, que llevan largo, con rastas, rapado y con una trenza detrás... Entre los transeúntes vemos también animales, como las palomas en el ghat o las omnipresentes vacas a la puerta de un templo.


El cielo comienza a nublarse de pronto y comienza a llover, así que nos refugiamos en un restaurante con intención de comer. La lluvia se transforma en una fuerte tormenta y vemos el arco iris sobre los templos y los montes. La tromba de agua arrecia y parece no tener fin. Nos habían hablado de la sequía, pero parece que nosotros hemos traído la lluvia y los vecinos lo agradecen. El problema no es que llueva, sino que no hay luz. Estamos ya acostumbrados a los continuos apagones que se dan en este país, aunque normalmente duran poco. Sin embargo, nos dicen que en Pushkar se va la luz cada tarde durante tres horas, y necesitan electricidad para cocinar o para hacer un simple lassi.


Esperamos en vano a que vuelva la luz para poder comer y, cuando la lluvia comienza a amainar, decidimos seguir nuestro camino. Continuamos paseando por la calle, rodeados de templos, havelis, mujeres con saris y hombres con turbantes. Finalmente llegamos al Templo de Brahma, el destino de todos los visitantes, donde nos rodea una gran multitud. Dentro no se permite hacer fotos, ni introducir cámaras, ni tabaco ni bolsas, así que optamos por turnarnos: mientras uno entra, el otro se queda con sus pertenencias, incluidos los zapatos. Yo subo descalzo la escalera que conduce a la entrada, mientras las mujeres me ofrecen flores y los hombres se ofrecen para hacerme de guía. Yo no hago caso a nadie porque estoy prevenido de los timos, y hago como si no entendiera lo que me dicen.


La experiencia es interesante, aunque me resulta un poco agobiante. Me siento extraño, en medio de una multitud unida por un fervor religioso que no comparto. Doy una vuelta rápida por el interior del templo y me abstengo de bajar a un cubículo donde la gente se amontona todavía más. Salgo deprisa y luego me toca esperar mientras me repongo, a la vez que un niño me presiona hasta lo imposible para que le compre algo de comer. Luego volvemos por el mismo camino y, por fin, podemos parar a cenar en un restaurante con terraza. Devoramos lo que nos ponen, después de todo el día sin comer (creo que es mi primera comida tras mi incidente intestinal). Ya ha anochecido y, de vuelta al hotel, vemos los templos iluminados, donde sigue el bullicio constante.


Al día siguiente, el sol brilla y los colores se ven más luminosos. Desde nuestro precioso hotel, con ese aire antiguo y decadente, tenemos una vista privilegiada del espectáculo junto al lago seco. Mientras desayunamos en el comedor, amueblado y decorado al estilo colonial británico, nos despedimos de Pushkar. El ajetreo sigue en los ghats, pero nosotros tenemos que marcharnos para continuar nuestra ruta. La visita a esta legendaria población ha sido corta pero intensa; sin duda ha merecido la pena.













lasrecetasdeteresa dijo
Hola Ten cuidado con tu tendinitis, pero me alegro que puedas escribir y el viaje quien pudiera verlo en persona, aunque gracias a ti es como si estuviese allí con lo bien que lo explicas y esas fotos. Tan maravillosas. Besitos.
20 Octubre 2009 | 05:14 PM