Fatehpur Sikri, Agra y el Taj Mahal
Esta mañana dos amigos me han dicho que tengo el blog abandonado y, la verdad, me ha sentado fatal. Debéis comprender que estas crónicas sobre mi viaje a la India me llevan bastante más tiempo que un post normal. Además, como comenté en mi entrada anterior, este otoño está acabando conmigo entre problemas y enfermedades, que me tienen sumido en un estado de letargo del que espero salir pronto. Por último, reconozco que desde que me regalaron Los Sims 3 por mi santo le he dedicado más tiempo que al blog. Me he enganchado a este juego como me enganché a las dos versiones anteriores y a todos y cada uno de sus packs de expansión. Mea culpa.
Salimos por fin del Rajastán y entramos en el vecino estado de Uttar Pradesh. Notamos de inmediato que el paisaje se hace más verde y el atuendo de la gente más apagado. Nada más cruzar la frontera nuestro conductor para el coche para preguntar, como de costumbre. Veo a una extraña mujer, distinta a todas las que hemos visto hasta ahora, y me dispongo a hacerle una foto. Ella me ve y comienza a acercarse a la vez que disparo mi cámara. De pronto recuerdo que no llevo rupias sueltas y me entra el agobio, así que cierro corriendo la ventanilla. Afortunadamente, nuestro chófer llega justo en el momento en el que ella empieza a golpear el cristal. Partimos de de allí a una velocidad que me parece lenta, comparada con el ritmo de los latidos de mi desbocado corazón.

Poco después llegamos a Fatehpur Sikri, la ciudad abandonada. Fundada por el emperador Akbar para ser capital del Imperio Mogol en 1571, fue abandonada por todos sus habitantes sólo catorce años después. Hay varias teorías, pero la más aceptada es que este abandono se debió a la falta de agua que se produjo en esta ciudad rodeada de vegetación. Hoy se conserva en perfecto estado y sus edificios parecen recién construidos, pero el único que se mantiene vivo es su importante mezquita. Atrae a musulmanes de todo el país y su estilo me recuerda al de las mezquitas persas que vi en Irán. Recorremos la gran explanada rodeados de algunas mujeres y muchos hombres de todas las edades, que rezan o se lavan. Alguno nos persigue para que le contratemos como guía o le compremos un collar.


El resto de la ciudad abandonada de Fatehpur Sikri es un recinto cerrado, al que se accede previo pago. Sólo algunos turistas, entre ellos muchos indios, perdidos en esta impresionante ciudad de anchas plazas, espacios abiertos y elegantes palacios de piedra roja. Dejo volar mi imaginación y me veo viviendo en este maravilloso lugar, hoy abandonado y convertido en museo, donde sólo vive algún que otro perro. Como yo, cada uno vive su historia particular en esta mágica ciudad, pienso al ver a unos hombres que tratan de abrazar una extraña columna en el interior de un palacio. Se tratará de alguna leyenda de las muchas que encierra este misterioso lugar, como la que dice que Akbar fundó esta ciudad porque aquí se encontró con el santo que vaticinó el nacimiento de su hijo primogénito.




Salimos de la ciudad y regresamos hacia el coche caminando por una carretera que parece tranquila y apacible. Hago una bonita foto a una mujer que cruza los arcos de la muralla, sin ver que al fondo hay un grupo de niños. Hacia ellos vamos sin remedio y sin saber lo que nos espera. En cuanto nos acercamos comienzan a pedirnos jabón, chocolate, rupias o lo que sea. Sacamos los botes de gel que hemos cogido en los hoteles y se los damos, pero de todas partes empiezan a salir niños y niñas que nos rodean y nos acosan hasta que me pongo nervioso. Seguimos andando sin hacerles caso, pero una niña me persigue hasta que estallo. Cuando me agarra la mochila le suelto un guantazo en la mano, a la vez que le pego un grito, pero a ella le da igual y sonríe. Por primera vez en el viaje, han conseguido sacarme de mis casillas.


Desde que entramos en Uttar Pradesh hemos notado que la gente es más agresiva, pero aún no hemos visto nada. Llegamos a Agra, donde la agresividad llega a cotas insospechadas. Tiene su lógica: aquí está el Taj Mahal, el monumento más visitado del mundo, así que lo peor de cada casa de la India ha venido a Agra a intentar aprovecharse de los turistas que vienen de todos los rincones del mundo. Resulta que estamos a viernes, justo el día que cierra el famoso monumento, que sólo podremos ver mañana al amanecer. Cogemos un tuc-tuc al centro de la ciudad, pero allí no encontramos nada interesante y encima nos sorprende la lluvia, haciendo aún más desagradable la visita. Finalmente escampa y nos decidimos a entrar en el Fuerte Rojo, que nos sorprende favorablemente: un remanso de paz entre tanta violencia.


Desde lo alto del fuerte disfrutamos de una maravillosa vista del Taj Mahal, que aparece a lo lejos, a la orilla del río. Es la primera vez que vemos el famoso monumento, que incluso desde la distancia resulta impresionante. También disfrutaba de esta vista el maharajá desde los arcos de la Sala de Audiencias, donde ahora se hacen fotos los turistas locales. El fuerte encierra muchas sorpresas, que nos dedicamos a descubrir hasta que llega la hora del cierre. Comienza a atardecer y las estancias se vacían de turistas, apareciendo aún más majestuosas ante nuestros asombrados ojos.



Salimos del fuerte con intención de acercarnos al Taj Mahal, pero no conseguimos cumplir nuestro deseo de que alguien nos lleve a la fachada que da al río. Nos bajamos de varios tuc-tuc porque los conductores sólo quieren llevarnos a tiendas o restaurantes, vendernos drogas o liarnos. Finalmente cogemos un rickshaw (cuyo conductor nos ofrecerá mujeres por el camino) que nos acerca hasta el parque que rodea el famoso monumento. No conseguimos verlo de cerca porque el recinto está rodeado de un muro, así que desistimos y nos vamos a cenar. Después, más relajados, decidimos cruzar a pie el bazar que nos separa de nuestro hotel, el fabuloso The Gateway, la nueva marca de hoteles urbanos de la cadena Taj. No han acabado las sorpresas, porque caminando por este bazar viviremos el último momento tenso del día.
Paseamos por un laberinto de callejuelas intentando orientarnos, cuando de repente quedamos sumidos en la más absoluta oscuridad. Ya os he contado que en este país son frecuentes los apagones, pero hasta ahora ninguno nos había sorprendido tanto. Nos quedamos clavados como estatuas sin saber qué hacer, intentando mantener la calma. Afortunadamente, poco a poco empezamos a ver luces y conseguimos salir de allí sanos y salvos. Llegamos al hotel reventados y exhaustos, en busca de nuestro merecido descanso. Tenemos que madrugar para visitar el Taj Mahal al amanecer, pues dicen que es la mejor hora: hay menos turistas, hace menos calor y el sol de la mañana hace que brille más. Desgraciadamente está nublado y no brilla mucho, cuando lo vemos aparecer tras la puerta del recinto, después de pasar los férreos controles de seguridad.


Me siento confuso entre un sinfín de sensaciones encontradas. He visto tantas veces el Taj Mahal en fotos o películas que me parece increíble estar aquí por fin. Aunque conozca el monumento y la leyenda de su construcción, la maravillosa historia de amor del rey que levantó el edificio más bello para recordar a su fallecida esposa, no me decepciona. Aunque esté nublado, el majestuoso mausoleo supera todas mis expectativas. La belleza, simetría y perfección del edificio no tienen parangón. Acercarse y verlo crecer, apreciar los detalles de su fachada, todo es una experiencia sin igual, aunque yo no esté muy despierto a estas horas de la mañana. Lo rodeamos y entramos en su interior, lo que sí supone una pequeña decepción porque está muy oscuro y no se ve nada. Luego volvemos a alejarnos y nos despedimos de él y de su perspectiva perfecta.













al-javivi dijo
majestuoso y maravilloso, al igual que el post.
Que cantidad de contrastes, lo que hay que vivir para llegar a admirar maravillas como estas!!!
Se te olvida comentar la suciedad de la ciudad de Agra, donde la basura campa a sus anchas como en ninguna otra ciudad de la India que yo haya conocido.
Pero como siempre merece la pena
Gracias!
10 Noviembre 2009 | 08:27 PM