Paz en Orchha y Kamasutra en Khajuraho
Cada vez me queda menos para terminar el relato de mi cada vez más lejano viaje a la India. Cada vez me cuesta más recordar aquellos días, pero me esfuerzo en plasmarlos aquí para compartirlos con vosotros antes de olvidarlos. Creo que vale la pena llegar hasta el final y, además, aún no he llegado al momento culminante de este increíble viaje.
Dicen que un viaje a la India no es completo si no se viaja en tren y nosotros también tenemos nuestra dosis. Después de visitar el Taj Mahal nuestro amigo conductor nos lleva a la estación de Agra, donde nos despedimos definitivamente de él a la vez que le entregamos el sobre con la propina. Estamos un poco acojonados, porque hemos visto los trenes cargados de gente que viaja entre los vagones y sobre ellos. Leemos en la guía que es imprescindible llevar cadenas y candados para que no te roben las maletas, pero nosotros no llevamos. Afortunadamente, nuestro tren es mucho mejor de lo que esperábamos y, al menos en nuestra primera clase, el ambiente es bastante parecido al de un tren español. El viaje hasta Jhansi dura sólo tres horas y es bastante agradable, aunque intentamos no quedarnos dormidos por si acaso. Vemos verdes campos con vacas y búfalos hasta que empieza a llover con fuerza.



Llegamos a Jhansi en pleno aguacero y allí nos espera nuestro nuevo chófer, que nos conduce hasta el cercano pueblo de Orchha, donde pasaremos la noche. En cuanto disminuye la lluvia salimos a dar un paseo y nos sorprende la tranquilidad del pueblo. Aquí todavía no ha llegado el turismo de masas y es un placer pasear junto al río bajo la mirada de los aún sorprendidos vecinos. Después del acoso y derribo de la sucia Agra, se agradece. Vemos el fuerte que emerge entre la fronda al otro lado del río y nos dirigimos hacia él. Al cruzar el puente de piedra me encuentro por fin con la oportunidad de fotografiar a un sadhu, aunque tenga que darle las consabidas monedas. Al hacer la foto no me doy cuenta, pero ahora que la veo me parece que está levitando. Y, cuanto más me fijo, más convencido estoy. Luego entramos en el corazón del pequeño pueblo por su apacible calle comercial.



Los edificios más sorprendentes de Orchha son los cenotafios levantados por la dinastía de los Bundela, que parecen gigantescas catedrales y se divisan desde la lejanía. No entramos porque resulta peligroso, ya que se encuentran en muy mal estado, sucios y abandonados. Me llaman la atención los extraños arcos que hay a la entrada de la población, una perfecta combinación de la arquitectura persa por abajo y la japonesa por arriba. Paseamos por caminos que acaban en el bosque plagado de monos, hasta que vuelve a llover. Entonces buscamos un sitio para cenar y descubrimos el restaurante Krishna, totalmente recomendable. Mientras saboreamos la comida casera, su joven dueño nos habla de la ilusión que ha puesto en él. Espera a los turistas como agua de mayo, pero no llegan, porque el restaurante es tan nuevo que no está en las guías turísticas. Yo le prometo que pondré su foto en internet y él se emociona.



El día siguiente amanece despejado y radiante. Durante el agradable viaje en coche hacia Khajuraho cruzamos verdes campos y caudalosos ríos. Llegamos a nuestro destino a mediodía y de inmediato salimos del hotel para ir a visitar los templos. Grave error, porque el calor sofocante nos lo hará pagar caro: yo estoy a punto de sufrir una lipotimia bajo el sol cenital. El grupo de templos del oeste es el principal y hay que pagar para visitar el recinto cerrado. En un amplio espacio ajardinado hay un puñado de templos diseminados. Todos tienen una estructura parecida, con su cúpula piramidal precedida de una pequeña nave, sobre un pedestal al que se sube por una escalera. Desde lejos parecen colmenas, pues la piedra roja de la que están construidos está completamente taladrada, como si hubiera sido atacada por un ejército de abejas asesinas.


Al acercarnos nos damos de bruces con la realidad que ya conocíamos: los templos están cubiertos de bellas esculturas, muchas de las cuales son eróticas. Son conocidos como los Templos del Kamasutra, pues muestran parejas y grupos en todas las posturas sexuales imaginables. Algunas esculturas, grandes y delicadas, se exhiben abiertamente en la fachada, como las que veis a continuación. Tres parejas en pleno acto sexual y en posturas imposibles, rodeadas de otras personas, ocupan la parte central de tres grandes frisos. Otras más pequeñas, toscas y primitivas (pero igual de explícitas) se ocultan entre esculturas de diversa temática en los frisos más estrechos. Pasamos la tarde escrutando las abigarradas fachadas de los bellos templos en busca de erotismo, hasta que cae el sol y el recinto se llena de visitantes. Entonces lo abandonamos y contemplamos el precioso atardecer desde la terraza de un café situado enfrente.



Parece imposible que estas esculturas tan provocativas se tallaran hace mil años (entre los siglos X y XI) cuando todavía hoy escandalizan a mucha gente. Hay diversas teorías que tratan de explicar por qué se esculpieron en tiempos de la dinastía Chandela, pero la más extendida (a la vez que peregrina) es que trataban de fomentar el sexo y la natalidad en tiempos de guerra y hambrunas. También vemos algunas de estas esculturas eróticas en el segundo grupo de templos, que visitamos a la mañana siguiente. Es un grupo pequeño de templos dispersos, más deteriorados que los anteriores porque no están en un recinto cerrado. Sin embargo, algunos están bastante restaurados y presentan fachadas aún más intrincadas que todas las que hemos visto, como podéis comprobar a continuación.

El último grupo de templos que visitamos en Kharujaho es diferente: se trata de un conjunto de Templos Jainistas que están abiertos al culto y contienen un museo sobre esta religión o secta. Nos sorprenden las grandes imágenes de dioses completamente desnudos, con sus atributos sexuales perfectamente definidos. Es algo a lo que no estamos acostumbrados, pero que resulta normal para los jainistas, que son naturistas y practican el nudismo. Los seguidores de esta secta visten de forma austera, semidesnudos, como el sadhu que habéis visto antes y el hombre de amarillo que veréis ahora. Viven en armonía con la naturaleza y no comen animales, algunos incluso se tapan la boca con una venda para no tragarse accidentalmente un insecto. Tras esta interesante visita salimos del templo blanco que reluce bajo el sol; estamos a media mañana y ya estamos chorreando de sudor porque aprieta el calor. Montamos en el coche que nos lleva al aeropuerto, desde donde saldremos volando con rumbo a nuestro próximo destino.

















al-javivi dijo
Orcha es un pueblo tranquilo, emergente al turismo, donde la temperatura es diferente, considereblemente más fresco y mas verde. No obstante esta en Meda pradesh fuera de la aridez del Rajastan. A destacar la amabilidad de sus gentes y resaltar el restaurante Krishna, donde un joven empresario espera a que su recien inagurado negocio sea descubierto por los turistas.
Desde aqui toda la suerte del mundo. Namaste!!!
28 Noviembre 2009 | 03:05 PM