Varanasi, el río de la vida y la muerte
Varanasi es una de las ciudades más antiguas del mundo y la más santa de la India. Levantada a la orilla del Ganges, el río sagrado del hinduismo, durante mucho tiempo se conoció como Benarés y recientemente recobró su antiguo nombre. Todas las experiencias que hemos vivido en nuestro viaje se ven superadas por esta facinante ciudad, que asusta y atrapa a la vez. Hemos leído y oído infinidad de historias y vivencias antes de llegar, pero estamos deseosos de experimentarlas en nuestras propias carnes. A pesar de la insistencia del guía local en organizarnos la visita a los ghats y el paseo en barca al atardecer, rechazamos la oferta y nos lanzamos por nuestra cuenta. Ya tenemos incluido el paseo en barca al amanecer y nos parece suficiente.
En cuanto pisamos la calle nos damos cuenta de que el hervidero es más frenético de lo que habíamos imaginado. Nos encontramos rodeados de una auténtica marabunta, que crece a medida que nos acercamos al río. Cogemos un tuc-tuc, pero llegamos a un punto en el que está prohibido el tráfico rodado y tenemos que continuar andando. Es entonces cuando tenemos que poner a prueba nuestros nervios, pero decidimos echarle valor y seguir adelante. Yo ya he aprendido, gracias a las experiencias que he vivido hasta ahora en la India, que lo mejor es hacerme el tonto y no contestar a nadie. Así, camino mirando al frenta haciendo caso omiso de los hombres, mujeres y niños que se acercan a mí y tratan de entablar conversación.


Finalmente conseguimos llegar a la orilla del río Ganges, donde se suceden los ghats a lo largo de los kilómetros de ribera. Estamos en el centro, en los ghats principales, que a esta hora de la tarde están bastante tranquilos. Sólo hay un puñado de sadhus sentados en los escalones, a los pies de los majestuosos palacios, tratando de mendigar alguna moneda a los turistas. Como no hemos comido en todo el día, decidimos subir a la terraza de un restaurante, desde donde se divisa una impresionante panorámica. Las aguas de color pardo del río se pierden en la distancia, mientras en primer plano centenares de barcas esperan a los turistas. Estamos a la altura de las copas de los árboles y veo, camuflado entre las hojas, un precioso loro verde.


Hay quien dice que en las sucias aguas del Ganges no hay vida, pero yo os aseguro haber visto a un pescador sacando un pez vivo del río. Es uno más de los misterios de este río sagrado para los hindúes, que se bañan en sus aguas para purificarse. Todos quieren morir aquí y ser quemados junto al Ganges, porque así su alma irá por fin al cielo y se librará del ciclo perpetuo de las reencarnaciones. Por eso abundan en esta ciudad los enfermos, tullidos y ancianos que esperan pacientes y alegres a que les llegue la muerte, un trance que para ellos no tiene nada de triste. Bajamos del restaurante justo cuando comienza a atardecer y contratamos a un barquero para que nos dé nuestro primer paseo por el río, nuestra primera experiencia inolvidable.

Comienza a oscurecer y montones de barcas con turistas a bordo comienzan a surcar las tranquilas aguas del río. Nuestro barquero nos lleva cerca de la orilla y nos va mostrando los ghats, hasta que llegamos al de Harishchandra, uno de los dos crematorios principales. Una enorme pira funeraria arde en todo su esplendor y me veo tentado de hacer una foto, pero me contengo porque he leído que está terminantemente prohibido. Al fijarme en la hoguera veo con total claridad un esqueleto envuelto en llamas; aparto la mirada y la dirijo a otro lado, pero esa fugaz visión me acompañará por el resto de mis días. Todavía hoy, al recordarlo, mi cuerpo se estremece. Volvemos al ghat principal cuando empieza la puja (pronúnciese "puya").

Las pujas son las ofrendas que los hindúes hacen a los dioses. Normalmente se hacen en los templos, pero en Varanasi se hacen también en los ghats junto al río. Normal, pues las aguas del Ganges son sagradas y su orilla está plagada de templos dedicados a todas las divinidades. Las barcas de turistas comienzan a concentrarse ante el ghat de Dashaswamedh, donde tiene lugar la ceremonia más vistosa de todas. Mientras hindúes y turistas van llenando el río de velas que flotan sobre las aguas, siete jóvenes comienzan una mágica danza al son de la música tradicional. El fuego, el incienso, la melodía y los movimientos de los bailarines, rodeados de una multitud por tierra y agua, componen un ritual difícil de explicar con palabras.

No recuerdo cómo volvemos al hotel, pero sí que llegamos exhaustos y nos acostamos pronto. Tenemos que madrugar mucho para volver al río a disfrutar de su otro momento culminante. Aún es de noche cuando nos recoge el chófer en el hotel y nos lleva a toda pastilla hasta los ghats, pues a esta hora las calles están desiertas. Subimos a la barca cuando comienza a amanecer y una luz misteriosa y blanquecina da un aspecto fantasmagórico al río. Volvemos a hacer el mismo camino que hicimos ayer por la tarde, aunque con otra barca, otro barquero y otra luz. Poco a poco la ciudad empieza a desperezarse y los ghats comienzan a poblarse de gente que se baña en las aguas del Ganges siguiendo su ritual de cada mañana.



Bajo la débil luz del amanecer, y la humedad que empaña mi cámara, nos sorprenden los imponentes palacios de todas las épocas que se alzan junto a la orilla. A sus pies, hombres, mujeres y niños, familias enteras, se sumergen alegremente en las sucias aguas. Los hombres casi completamente desnudos, las mujeres casi completamente vestidas. Según sale el sol y se va disipando la niebla, todo adquiere otro tono más brillante y multicolor. Es entonces cuando comenzamos a disfrutar de verdad de este increíble espectáculo, que vivimos entre el regocijo y el pudor. Los vecinos parecen acostumbrados al tránsito de turistas que les contemplan desde las barcas y no parece importarles, siguen con su vida como si nada.



Volvemos por el río y bajamos hasta el ghat de Manikarnika, el otro crematorio principal. Aquí los colores se vuelven más apagados, entre el humo de las piras funerarias y los montones de leña por todas partes. Hago una foto discretamente desde la distancia, que podéis ver a continuación. Esta zona es más tranquila y aquí puedo fotografiar a algunos curiosos personajes, en actitud íntima y personal, alejados de la muchedumbre. Me refiero al hombre barbudo que veréis después, que parece sorprendido o asustado, tal vez por nuestra presencia o por mi cámara. También al niño que deja caer el agua del río entre sus manos, en una bella estampa cuyo significado desconozco, pero que sin duda transmite paz y tranquilidad.



Regresamos al ghat principal para poner fin a nuestro paseo en barca matinal. Cuando llegamos está en su momento álgido, abarrotado de gente de todas las clases y condiciones, que se mezcla en una extraña armonía. Bajamos de nuestra barca y nos mezclamos con ellos, deslumbrados por los brillantes colores de los saris de las mujeres y las sombrillas de los sadhus, sin saber adónde mirar. Quienes han terminado de bañarse se visten, mientras nosotros volvemos raudos al coche que nos lleva de vuelta al hotel para desayunar. No son aún las ocho de la mañana, y nos parece increíble que haya tanta vida a estas horas tan tempranas, a las que la mayoría de nosotros habitualmente está durmiendo.



El resto de nuestra estancia en Varanasi pasamos el tiempo recorriendo las callejuelas del casco viejo. Calles estrechísimas que se cruzan formando un laberinto increíble, donde nos perdemos continuamente. Templos que aparecen escondidos tras cualquier esquina y bazares sin fin, donde venden seda y todo tipo de mercaderías agrupadas por gremios. A la hora de comer subimos a la terraza de un restaurante, donde somos los únicos clientes. Tras sentarnos y pedir, notamos un fuerte olor a quemado y vemos que el humo enturbia el aire. Nos damos cuenta entonces de que estamos junto al ghat de Manikarnika, el crematorio que os he mostrado antes. Noto cómo las cenizas caen sobre mi cuerpo, y supongo que también sobre la deliciosa comida. Prefiero no pensar y seguir comiendo, que estamos en Varanasi y "lo que no mata, engorda".

Visitamos la importante Ciudad Universitaria, donde un famoso templo atrae a multitud de fieles. Allí hay un grupo de hombres que entonan rezos y cánticos a distintas voces, que se funden con las campanadas que dan quienes entran al templo. El resultado es un sonido místico de gran fuerza, que consigue conmover y elevar mi espíritu. Aún visitamos otros templos antes de volver al centro y seguir recorriendo el intrincado laberinto lleno de sorpresas. Un niño se pega a mí como una sombra y no consigo que desaparezca; en cuanto me descuido vuelve a estar junto a mí. Tanteo continuamente mis bolsillos y le grito hasta perderle de vista. Cada rato tenemos que apartarnos para dejar pasar a un cortejo fúnebre camino del crematorio: los familiares llevan el cadáver en volandas, cubierto de telas y flores de colores. Caminan lo más rápido que permiten las callejuelas y la multitud. Todos parecen alegres.

Algunas calles acaban, de forma inesperada, en el ancho río. Alivia salir del ambiente cerrado y abigarrado, para enfrentarse a la grandeza del aire y el agua. En el Ganges las sorpresas continúan, como la que veis en esta última foto: un antiguo templo semihundido en las aguas, inclinado, como si se resistiese a ser devorado por ellas. Una imagen que resume la intensidad de esta ciudad, donde la vida y la muerte se dan la mano.














Gabriela dijo
Esta entrada me gustó mucho, por lo representativa de las costumbres y tradiciones de la India, y me trajo a la memoria una noticia que leí la semana pasada.
No sé si sabes, el Banco Mundial prestará a la India mil millones de dólares para limpiar el río Ganges. Ya hubo intentos, el último en 1989, todos fallidos.
Personalmente, lo veo difícil, casi imposible, precisamente por todo lo que cuentas, ya que habría que cambiar religión, tradiciones, costumbres arraigadas, actos de fe, etc. ¿Qué opinas?
Un abrazo.
11 Diciembre 2009 | 03:45 AM