Año Nuevo Afortunado
He pasado el Fin de Año en Canarias por sexta vez. No conozco mejor lugar para desconectar, para huir del frío y del estrés, para descansar entre sol y playas, entre año y año. Cada vez que voy a estas islas me entran ganas de quedarme allí, es algo que no descarto y que tal vez haga algún día. Conozco a otras personas que ya lo han hecho, que dejaron la península y se quedaron a vivir en Canarias, y que ahora son felices. No me extraña, porque creo que allí hay calidad de vida, por lo menos yo lo veo así. Para mí es un lujo poder andar en pleno invierno en camiseta, bermudas y chanclas. Poder ir a la playa en diciembre y en enero, sobre todo cuando en Madrid estamos sufriendo una ola de frío polar que me impide moverme y pensar con lucidez, entre viento, lluvia y nieve. Yo estoy hecho para el calor y la tranquilidad, para la naturaleza y los espacios abiertos, para estar semidesnudo y no abrigado hasta el cuello. Dicen que vivir en una isla te acaba ahogando, pero tal vez tenga que experimentar esta sensación por mí mismo.



He pasado el Fin de Año en Lanzarote por segunda vez, ocho años después de la primera. Es ésta una isla privilegiada entre las Afortunadas por su clima, tranquilidad y belleza. Lo bastante pequeña como para recorrerse con comodidad, es ideal para visitarse en Navidad porque toda ella es como un Belén, como un parque temático de casitas blancas y palmeras. Conozco todas las islas Canarias menos El Hierro, esa isla remota y desconocida que espero descubrir algún día. Todas son igualmente maravillosas y cada una tiene sus propios encantos, pero Lanzarote destaca por su equilibrio y armonía. Sin las vertiginosas pendientes (ni la vegetación exuberante) de las islas occidentales: La Palma y La Gomera. Sin la masificación (ni la oferta cultural) de las islas principales: Tenerife y Gran Canaria. Sin las grandes dintancias (ni las maravillosas playas) de su vecina Fuerteventura. Con su aridez y su increíble paisaje lunar, Lanzarote ha sabido sacar partido de sus carencias y conservar intacta su esencia, en gran parte gracias a su gran mentor César Manrique.



En esta ocasión no hemos visitado las obras de César Manrique que jalonan la isla como un rosario. Ya las conocíamos de nuestro viaje anterior y esta vez ha hecho buen tiempo, así que hemos preferido disfrutar de la playa, en busca de ese color oscuro con el que ahora doy envidia a mis pálidos compañeros de trabajo. Sí hemos descubierto una obra de Manrique que no conocíamos: LagOmar, la casa que diseñó para el actor Omar Shariff y que éste perdió jugando al póker, según cuentan las malas lenguas de la isla. Como en los Jameos del Agua y en la mayoría de sus obras en Lanzarote, este artista multidisciplinar se apropia de la naturaleza volcánica y la transforma a su antojo, consiguiendo espacios muy espectaculares pero impensables hoy en día, en unos tiempos (los actuales) en los que prima la conservación sobre cualquier tipo de transformación. Aquí uno sueña con ser el actor propietario de esta increíble casa, cuyos dueños actuales han transformado en museo y restaurante, pero también sueña con ser el artista con el poder de intervenir de semejante forma en el entorno natural.



La huella más importante de Manrique en Lanzarote no la forman sus impactantes obras, sino su importante legado que aún perdura. El respeto por la arquitectura popular y su integración en el entorno, la conservación de las antiguas costumbres, el ensalzamiento de lo auténtico y lo autóctono, son valores que han conseguido una isla única y diferente. La paz que transmiten sus casas blancas sobre negros jardines de cenizas volcánicas, con sus ventanas azules a juego con el cielo y el mar, o verdes a juego con las palmeras y los cactus. Los muros de rocas volcánicas en círculo, formando terrazas, bancales o refugios que sirven para proteger del viento tanto a las vides que producen el delicioso vino de malvasía, como a nosotros en las playas semivírgenes que veis a continuación. En primer lugar, las playas de Papagayo, al sur, frente a las islas de Lobos y Fuerteventura. Después, una cala de agua turquesa junto a Orzola, al norte, donde nos dimos los mejores baños. Por último la salvaje playa de Famara, al pie de los imponentes acantilados, frente al archipiélago Chinijo que forman La Graciosa, Alegranza y Montaña Clara.



La naturaleza de Lanzarote es árida y redondeada, pero a la vez salvaje e impactante. El mar rompe con fuerza en barlovento, contra las rocas volcánicas horadadas de Los Hervideros, o contra el blanco y marinero pueblo de El Golfo. Es una delicia sentarse en una terraza junto al mar que lo impregna todo, para paladear una copiosa parrillada de pescado junto con las omnipresentes papas con mojo. La gastronomía canaria es una maravilla y sorprende con las lapas, los quesos o el gofio escaldado que esta vez no hemos encontrado. Es una experiencia conducir por la carretera que lleva a Timanfaya, que es como una alfombra extendida directamente sobre el malpaís, y disfrutar de los increíbles colores de los centenares de volcanes, que parecen rebaños de vacas paciendo sobre él. Cuando cae la noche sobre la isla, tras un precioso atardecer, la ausencia de luces innecesarias, y por tanto de contaminación lumínica, permite contemplar el cielo plagado de estrellas.



El fin de año fue peculiar. Vimos ponerse el último sol de 2009, una hora más tarde que en la península, tras una alambrada. Era la valla del aeropuerto, pero a mí me pareció una increíble ironía por motivos que ahora no vienen al caso. Justo entonces, por el lado opuesto, salió una inmensa luna llena. Podéis verla sobre el Gran Hotel Arrecife, la única torre que existe en Lanzarote, porque por lo visto ni siquiera esta isla se ha librado de la especulación urbanística y la fiebre constructora de los últimos años. Luego nos fuimos a cenar al tranquilo apartamento que alquilamos en Puerto del Carmen y, tras las uvas, que apenas pude probar porque estaban malísimas, comenzaron los fuegos artificiales. Los conocía de otras veces, porque en todas las islas de este archipiélago los cielos se llenan de colores y cohetes cuando comienza el año nuevo, también una hora más tarde que en la península. Un año con un nombre tan bonito como 2010, que ha comenzado de forma tan especial para mí, y encima con plenilunio, tiene que ser afortunado para todos.


























lasrecetasdeteresa dijo
Que suerte tienes de poder viajar tanto, a mi me gustaría pasar el año nuevo fuera de Madrid, pero no se cuando podre, espero no ser demasiado viejita para poder hacerlo. Gracias por compartir estas fotos tan preciosas.
me alegro que lo hayas pasado también. Besitos
9 Enero 2010 | 08:48 PM