Frágiles y desprotegidos
Podríamos pensar que en España existe la justicia, que nos protege. Podríamos pensar que tantas administraciones (nacional, autonómica y local) están para defender nuestros derechos, pero nada más lejos de la realidad. Estamos desprotegidos, igual que nuestras casas, nuestras ciudades y nuestra historia. Los vecinos de El Cabanyal, el barrio de pescadores de Valencia, lo saben bien. Llevan años luchando por conservar sus viviendas y sus vidas, enfrentándose al Ayuntamiento del PP, que pretende demoler el barrio para abrir una avenida. Finalmente el Gobierno de España les ha dado la razón, a través de un dictamen del Ministerio de Cultura que declara el barrio protegido. Pero la alcaldesa Rita Barberá no ha cejado en su empeño y ha asegurado que seguirá con sus planes, pase lo que pase y pese a quien pese.
Conocí El Cabanyal hace unos años y me pareció un barrio encantador, lleno de vida y tabernas donde disfrutar del aperitivo. La táctica del Ayuntamiento ha sido dejar abandonado el barrio para facilitar su degradación, que ahora pone como excusa para derruirlo. Es la misma estrategia que sigue Esperanza Aguirre con la Sanidad Pública en la Comunidad de Madrid: dejar que se deteriore para privatizarla. Es notorio que los gobernantes del Partido Popular imponen siempre sus intereses económicos y políticos sobre los del pueblo. Si se impusiera el sentido común, no se cometerían tantos atropellos ni se permitiría acabar con El Cabanyal. Un barrio popular, marinero y entrañable, de casas pobres en su mayoría, pero que encierra verdaderos tesoros arquitectónicos modernistas como el que veis a continuación.

El problema es la falta de criterio, de control y de justicia. Mientras en otros países se cuidan con primor los barrios históricos, aunque tengan "sólo" cien años como éste, aquí no existe la protección, y si existe se quita. Los alcaldes juegan con las listas de edificios protegidos a su antojo, borrando de ella lo que quieren según sus intereses. Unido esto a la falta de sentido estético y de escrúpulos que caracterizan a algunos alcaldes, los resultados son desastrosos y somos los ciudadanos quienes lo sufrimos. No se puede consentir que se destruyan lugares únicos para levantar atrocidades, ni que desaparezcan edificios históricos para construir otros nuevos: que los hagan en otro lado. Somos como los chinos, que derriban barrios enteros de casas bajas para sustituirlos por rascacielos, acabando con el modo de vida de mucha gente.
En la capital de España los ejemplos de esta política son numerosos y precisamente de uno de ellos os hablé hace casi un año en un post que, casualmente, ha vuelto a la actualidad con nuevos comentarios. La vergonzosa Ciudad de la Iglesia, el Minivaticano que Gallardón y Rouco pretenden levantar sobre la Cornisa del Manzanares, es una aberración sin precedentes. Se pretende acabar con el único parque histórico del centro de Madrid y los ciudadanos madrileños nos hemos movilizado para intentar evitarlo, como han hecho los valencianos para defender El Cabanyal. El problema es que muchas veces los políticos toman decisiones a espaldas de los ciudadanos y, cuando nos enteramos, ya es demasiado tarde para actuar. Son muchos los casos en los que esto sucede, pero el que os cuento a continuación es flagrante.
Cuando yo era pequeño ya me gustaba la arquitectura y había un edificio que me fascinaba. Lo veía cuando iba al aeropuerto o volvía por la carretera de Barcelona; no podía dejar de mirarlo. Era un edificio conocido como La Pagoda, una de las obras cumbres de uno de mis arquitectos favoritos: Miguel Fisac. Era un icono de Madrid, un edificio futurista y moderno en una ciudad aburrida, una obra maestra de la arquitectura española del siglo XX. Pues bien, en 1999, o sea hace poco más de diez años, siendo alcalde el tremendo José María Álvarez del Manzano, La Pagoda fue demolida. De un día para otro, el emblemático edificio caía bajo la piqueta mientras los ciudadanos mirábamos estupefactos y el alcalde decía que no estaba protegido. El precioso edificio que aquí veis a la izquierda dejó lugar al que veis a la derecha:

¿Cómo se puede consentir que desaparezca un edificio que atraía las miradas de todo el mundo para construir otro tan anodino que jamáis repararíais en él? Es algo que yo no puedo comprender y me pongo malo de pensarlo; no puedo creer que estemos en manos de semejantes desaprensivos. Pero los ejemplos son muchos y en Madrid los vemos a diario, gracias a que nuestro alcalde Gallardón nos sorprende cada día con nuevas y espantosas obras. En Alonso Martínez había un kiosko de piedra de estilo neoclásico, que fue demolido antes de la reforma de esta plaza. En su lugar hay ahora una ridícula pecera de cristal, perdida en el centro de la nada. Con la excusa de dar más espacio al peatón, la plaza ha quedado convertida en un lugar indescriptible, entre pentágonos de césped que parecen casas de teletubbies y farolas descolocadas en absoluto desorden. El resultado es tan desangelado que produce desazón.
Lo mismo ha ocurrido con Callao, que también cayó en pos de la peatonalización. Cubierta con el mismo granito con el que nuestro alcalde ha cubierto toda la ciudad, esta plaza ha perdido toda su idiosincrasia. La explanada del Puente del Rey, donde Gallardón prometió una alfombra verde que uniría el Campo del Moro y el Parque del Oeste con la Casa de Campo, también se ha forrado con el granito de la cantera del amigo del alcalde. Una oportunidad de oro desaprovechada, como tantas otras, por culpa de la ineptitud de ciertos regidores. El urbanismo de nuestras ciudades está en manos de analfabetos que no tienen ningún respeto por la historia (ahora entiendo por qué están en contra de la memoria histórica). Con sus aires de nuevos ricos, sólo buscan su gloria, dejar su huella, sin tener en cuenta a los ciudadanos de a pie. ¡Por favor, que alguien les pare los pies! Entre todos podemos hacerlo.












gabriela dijo
Carlos, con esta entrada me he sentido profundamente tocada...es copia fiel de lo que muchos pensamos en muchas partes (ahora me doy cuenta), cuando empiezan a desaparecer las "casas viejas", no "antiguas", y son reemplazadas por grandes moles de vidrio o de cemento que no nos dejan ver el sol y hacen nuestras ciudades más frías y feas. Yo no sé de adonde han aparecido esta tracalada de demoledores...a lo mejor son personas envenenadas por el aire sucio de la ciudad, vaya uno a saber! , pero se nota que las neuronas les están pataleando...y están dejando la cagada...
¿Qué podemos hacer? Son gentes nombradas por otros...aparecidos quizás de dónde...
No se dan cuenta que con su actuar , nuestras ciudades están perdiendo identidad...parece que pasan una aplanadora!!
Realmente nos amargan la existencia.
Te escribo mientras estoy escuchando CNN y hablan sobre el terremoto en Haití, noticia terrible que ojalá sensibilice a los países y envíen ayuda pronto.
Un abrazo
Gabriela
13 Enero 2010 | 04:59 AM