La Gala de los Goya puso anoche en Madrid un brillante colofón a un fin de semana plagado de celebraciones, que comenzó con la inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno y continuó con el Año Nuevo Chino, el Carnaval y San Valentín. Además de brillante, fue la gala más vista de la historia, precisamente la correspondiente al mejor año para el cine español. Se acabó el hablar de la crisis perpetua de este sector, pues se ha demostrado que cuando las cosas se hacen bien los espectadores responden. En 2009, a pesar de la crisis, el público ha vuelto a llenar las salas para ver cine, y no sólo americano. Yo mismo recuerdo que durante las pasadas fiestas navideñas había tres películas españolas entre las diez que más recaudaban en los cines. Hay que felicitarse, pero no apoltronarse sino ponerse las pilas para seguir creciendo, como bien dijo Alex de la Iglesia en su cañero discurso como Director de la Academia de Cine.

La película triunfadora de la noche, como todos esperábamos, fue la magnífica Celda 211, que se llevó 8 premios de 16 nominaciones, entre ellos mejor película y mejor director. Daniel Monzón ha conseguido un peliculón en toda regla, que ha tenido tanto éxito en la taquilla como en las críticas, algo difícil de conciliar. Eso lo sabe bien el director, que comenzó ejerciendo de crítico (recuerdo perfectamente su etapa en el programa de televisión Días de Cine). Ya nos sorprendió con su primer largometraje, El corazón del guerrero, pero desde entonces ha avanzado a grandes pasos hasta alcanzar el clímax con esta película de género carcelario. En ella destacan las interpretaciones, que también fueron premiadas: Luis Tosar recibió el Goya al mejor actor protagonista por su villano Malamadre, un personaje para no olvidar; su pareja en la vida real, Marta Etura, fue la mejor actriz de reparto; y el sorprendente Alberto Ammann el actor revelación.

En segundo lugar quedó Ágora, la superproducción de Alejandro Amenábar que se llevó 7 premios, todos ellos técnicos. Según salían a recoger su Goya los responsables de los efectos especiales, dirección artística, vestuario, maquillaje y peluquería, quedaba demostrado lo que ya me había comentado mi amigo Javier. Ninguno de los premiados hablaba español, ya que Amenábar se ha rodeado de un equipo técnico internacional para llevar a cabo su película. Es una pena (por no decir una vergüenza) que las subvenciones y las ayudas que ha recibido la segunda película más cara de la historia del cine español (la primera, Planet 51, recibió el Goya a la mejor película de animación) vayan a manos extranjeras. Sabemos que hay muchos buenos técnicos españoles que necesitan trabajar y no hay excusa para buscarlos fuera, ni siquiera la envergadura de la película. Celda 211 tiene alcance internacional y está hecha con un equipo español.

Los pocos premios restantes estuvieron repartidos. Sólo dos películas repitieron: la argentina El secreto de sus ojos (película hispanoamericana y actriz revelación, Soledad Villamil) y la emotiva Yo también (canción y actriz protagonista, Lola Dueñas, que quiso compartir su premio con su compañero de reparto, el actor con síndrome de Down Pablo Pineda). La sorpresa estuvo en el premio al actor de reparto, al que también aspiraban Antonio Resines y Carlos Bardem por Celda 211: se lo llevó Raúl Arévalo por su papel en Gordos. El Goya a la mejor música fue el único que se llevó Los abrazos rotos, la última y mediocre película de Pedro Almodóvar. Sin embargo, el director acudió a la Gala para entregar el Goya a la mejor película, como sorpresa final que dejó boquiabiertos a todos los presentes. Parece que el Director de la Academia, que "es muy pesado" como dijo Pedro, le convenció para volver a los Goya después de tantos años.

La Gala presentada por Andreu Buenafuente fue solvente, rápida y entretenida, aunque carente de espectacularidad y glamour. Penélope Cruz y Javier Bardem, que se sentaron juntos en primera fila, atrajeron todas las miradas. Sobre el escenario hubo momentos divertidos y originales, como el tsunami que anunció el premio a los efectos especiales, o la presencia de Pocoyo para entregar el Goya a la película de animación. Sorprendió a todos que una mujer, ajena al mundo del cine y contable de profesión, subiera al escenario para entregar un Goya: había ganado un concurso enviando un SMS y ése había sido su premio. También hubo momentos emotivos, como el tradicional repaso a los profesionales del cine español fallecidos en el último año y, sobre todo, el Goya de Honor a Antonio Mercero. El director no acudió a la Gala pero sus hijos hablaron por él, que sufre alzheimer, precisamente la enfermedad de la que habló en su última película.

En resumen, una noche en la que se hizo justicia y una gala con todos sus ingredientes, retransmitida por primera vez en riguroso directo y sin cortes publicitarios. Una gran fiesta para el cine español, que por fin tiene algo que celebrar. Como amante del cine y como consumidor de películas españolas, me alegra ver por fin la luz al final del túnel y espero que esto sea el comienzo de una nueva edad de oro para nuestro cine. Creo que Alex de la Iglesia se ha estrenado con buen pie, conciliando y empujando a sus compañeros. Al hilo de lo que el Director de la Academia dijo en su discurso, confío en que el nivel de exigencia en este sector siga aumentando, para que podamos ver muchas películas tan buenas como la que triunfó anoche.