Hace una semana se dio el pistoletazo de salida a los Juegos Olímpicos de Invierno, que se celebran en la ciudad canadiense de Vancouver. La olimpiada invernal siempre ha sido la hermana pequeña de la estival, aunque desde hace unos años se alterna la celebración de ambas citas para que no coincidan en el mismo año. Aun así, estos Juegos alcanzan una repercusión mucho menor que los de verano, sobre todo en países como España, sin tradición en deportes de invierno. Este año también será difícil que algún español consiga una medalla, como ocurre desde que terminó el reinado de los hermanos Fernández-Ochoa, la única familia que ha logrado metales olímpicos invernales para nuestro país.

Los problemas han perseguido desde el principio a los Juegos de Vancouver, que parecen malditos. El día antes de su apertura, un deportista murió tras sufrir un accidente en las pistas olímpicas. El pasado viernes, la ceremonia de inauguración quedó empañada por el fallo en el funcionamiento del pebetero: uno de sus cuatro soportes no subió y el encargado de encenderlo se quedó como un pasmarote, sin saber qué hacer con su antorcha ante el estupor del público. Durante la primera semana se han sucedido las masivas manifestaciones de ecologistas contra la celebración de los Juegos, con sus correspondientes disturbios. Y para colmo de males, el mal tiempo ha obligado a suspender o aplazar muchas pruebas.

Confío en que al final estos Juegos serán un éxito en lo deportivo y en su organización, aunque no es algo que me interese en especial. Lo que más me atrae de las citas olímpicas es su faceta sociológica, por su poder de unión entre los pueblos, y sobre todo la urbanística y arquitectónica. Me fascina cómo una Olimpiada es capaz de cambiar la cara de una ciudad y ponerla en el mapa mundial. La construcción de instalaciones e infraestructuras olímpicas es un indicador de la riqueza de un país y de un momento de la historia. Ahora estamos en tiempos de crisis hay que apretarse el cinturón, así que en Vancouver se ha intentado aprovechar y reciclar lo existente, que es bastante.

Vancouver es una preciosa ciudad situada entre el Océano Pacífico y las Montañas Rocosas. Rodeada de una generosa naturaleza, la pujanza de esta urbe se aprecia en las fotos que vais a ver, extraídas de la página oficial de Vancouver 2010. En ellas podéis ver las instalaciones donde se desarrollan las competiciones, que tienen su futuro asegurado. No como las de Pekín, que tras los Juegos de Verano han sido transformadas en centros comerciales y parques de atracciones. Afortunadamente, Canadá aprendió con los Juegos de Montreal 76, que sumieron al país en la ruina económica. Lo mismo ocurrió con Atenas 2004: he leído que la grave crisis griega actual se debe, en parte, al derroche olímpico.

En estas dos primeras fotos veis el BC Place, situado en pleno centro o downtown de la ciudad. Es la mayor estadio cubierto de Norteamérica, puede dar cabida a 55.000 espectadores sentados y en él se celebran las ceremonias de inauguración y clausura de los Juegos, así como las entregas de medallas diarias.

En esta bonita foto habéis visto el Canada Hockey Place, con capacidad para 19.300 espectadores. Como es evidente, en él tiene lugar la competición de hockey sobre hielo, uno de los deportes más espectaculares y violentos de los Juegos de Invierno.

Impresionante panorámica de Cypress Mountain, donde se celebran algunas carreras de esquí y snowboard. Sin duda el esquí, en todas sus modalidades, es el deporte rey de los Juegos de Invierno. Por eso, la ciudad que aspire a organizarlos debe tener cerca montañas nevadas.

Dos vistas del Ricmond Olympic Oval, sede del patinaje de velocidad, otro de los raros deportes que aquí sólo podemos ver cuando hay olimpiadas. En la primera vemos el interior del pabellón, con su llamativo techo de madera. En la segunda vemos su fachada, iluminada a la bonita luz del atardecer.

Panorámica del Pacific Coliseum, con el skyline de Vancouver detrás. En este palacio cubierto con capacidad para 14.000 espectadores tienen su sede el patinaje artístico y el patinaje de velocidad en pista corta.

Vista interior del Vancouver Olympic Centre, en plena competición de curling. Este extraño deporte, incomprensible para los profanos, se juega aquí durante estos días.

Cierro con el Whistler Olympic Park y sus trampolines para los saltos de esquí. Sin duda es éste el deporte invernal que me gustaría practicar, porque me transmite la sensación de volar en libertad. También me gustaría ver unos Juegos Olímpicos de Invierno en España, donde nunca se han celebrado. Jaca lo ha intentado hasta la saciedad y también Granada, sin fortuna. Con las nuevas normas olímpicas, que permiten mayor distancia entre la ciudad sede y las pistas de esquí, lo intentarán Barcelona y Zaragoza. Con esas normas, podríamos llegar a ver en Madrid unos Juegos de Invierno, ya que no nos dan los de verano...