Roma, la ciudad eterna
El viernes 19 de marzo, San José, fue día festivo en Madrid. Como este año no tenemos puentes en mayo, decidí aprovechar ese largo fin de semana para viajar a Roma, ciudad que no conocía. Mi madre ya está contenta: siempre me regañaba por viajar a países lejanos sin conocer la capital italiana. Yo sabía que iría antes o después y por fin lo he hecho, algo de lo que me alegro profundamente.
Roma me ha impresionado por su grandiosidad, que no por conocida ha dejado de sorprenderme. Creo que la acumulación de monumentos en sus calles es superior a la de cualquier ciudad del mundo. Las piedras de todas las épocas nos hablan de nuestra historia, que es la de la humanidad. Pasear por Roma es una experiencia apabullante para los sentidos, como pude comprobar durante tres intensos días.
Llegamos el viernes por la mañana y buscamos nuestro hotel, cercano a la estación Termini como la mayoría. Tras instalarnos salimos a dar nuestro primer paseo por la ciudad. Comenzamos la ruta por el parque de Villa Borghese, el jardín de una antigua villa romana hoy abierto al público para disfrute de vecinos y visitantes. En él encontramos rincones tan encantadores y tan romanos como éste.

Continuamos nuestro periplo a lo largo de la muralla, que atravesamos para entrar en la vieja ciudad por la Piazza del Popolo. Una enorme plaza, tan monumental y hermosa como casi todas las que veremos, que sirve de entrada triunfal al centro de la ciudad. Ante nosotros uno de los esbeltos obeliscos que decoran Roma, flanqueado por las cúpulas de dos iglesias gemelas, nos ofrece una simétrica y perfecta perspectiva.

Entre ambas iglesias y a ambos lados de ella desembocan tres calles que forman el llamado "tridente". Bajamos por una de ellas hasta llegar a otra emblemática plaza de la capital italiana: la Piazza di Spagna, con su famosa escalinata repleta de gente. En lo alto se yergue orgullosa la iglesia de la Trinità dei Monti, cerrando una preciosa vista que impresiona aún más en vivo y en directo.

Estamos en pleno centro de Roma y la muchedumbre de turistas y locales es brutal. Más aún cuando llegamos a uno de los monumentos más famosos de la ciudad. La impresionante Fontana de Trevi parece no caber en la pequeña plaza donde se sitúa. Frente a ella se apiña un enjambre de personas de todos los orígenes que luchan por encontrar un hueco para hacerse la foto tirando la moneda al agua.

Callejeando seguimos hasta aparecer frente a otro impresionante monumento: el Panteón. Se trata del edificio de la antigua Roma que se mantiene mejor conservado, "gracias" a que fue transformado en iglesia. Os muestro sólo la mitad de su fachada porque el resto está cubierto de andamios. Tampoco os enseño el interior porque no consigo entrar, aunque lo intento varias veces: siempre está cerrado al público.

Por fin llegamos a la plaza más famosa de Roma, el auténtico centro de la ciudad. La Piazza Navona es alargada porque ocupa el lugar de un antiguo estadio romano. Las colosales fuentes de Bernini, los elegantes palacios y la esbelta iglesia de Borromini, convierten esta romántica plaza en una joya barroca. Entre los monumentos, algunos pintores tratan de vender sus cuadros a los muchos turistas.

Seguimos caminando por calles más o menos estrechas, rodeados de palacios con fachadas estucadas y de blancas iglesias renacentistas, todas parecidas. Comienza a atardecer cuando llegamos al Campo dei Fiori, una animada plaza al sur del centro histórico. Para hacer honor a su nombre, varios puestos de flores ocupan parte de la plaza, llenando de color el mágico momento en el que se encienden las farolas.

Estamos cansados y hambrientos, así que cruzamos el Tíber para entrar en el típico barrio del Trastévere. Casi todos los turistas vienen a cenar aquí, algo lógico porque en sus románticas y estrechas calles abundan los restaurantes. Nos sentamos en una terraza, por supuesto, para poder fumar mientras comemos pasta italiana. Después pasamos ante la iglesia de Santa María in Trastévere, que visitaremos mañana.

De noche, con los monumentos iluminados, la ciudad adquiere un brillo especial. Caminamos junto al río disfrutando del panorama, para bajar la cena. Estamos agotados, pero siempre hay un monumento delante que no nos queremos perder. Llegamos hasta el Castel Sant'Angelo, edificio-tarta que fue mausoleo romano, prisión y residencia papal. Frente a él, el Ponte Sant'Angelo, con sus diez preciosos ángeles de Bernini.

Nos dirigimos a la Piazza de Spagna para coger el metro de vuelta al hotel. No podemos más, y eso que todavía nos quedan dos días por delante. Recorremos la Vía Condotti, donde se suceden las tiendas más lujosas de la ciudad. Fotografío un escaparate que podría ser la página de una revista de moda, una imagen muy italiana que me sirve para cerrar la crónica de mi primera jornada en Roma, la ciudad eterna.





















gabriela dijo
Charlitox viajero, gracias por invitarnos a recorrer esa preciosa ciudad y mostrarnos los monumentos que estudiamos cuando niña. Me llama mucho la atención la cercanía de todo por allá...les resulta tan facil recorrer europa, que me da algo de envidia...¿viajaste en avión?
Bueno, estaremos esperando el relato de los dos días que faltan...
Un abrazo grande.
31 Marzo 2010 | 01:50 AM