Los ángeles tienen ojos claros
Llevo varios días queriendo publicar sobre la segunda jornada de mi reciente viaje a Roma, pero me ha sido imposible por culpa de La Coctelera. Primero no me dejaba subir las fotos, ayer ni siquiera me dejaba conectarme. Desesperado, comencé a escribir este texto, con la esperanza de poder publicarlo en algún momento. Que La Cocte esté caída y no me deje publicar no tendría mayor importancia, si no fuera porque éste es el último eslabón de una cadena de acontecimientos que ha llegado a preocuparme. Tras el duro invierno yo esperaba ansioso la primavera, que llegó puntual el 21 de marzo. A mí me pilló desprevenido en Roma, pero desde que he vuelto de mi viaje no he levantado cabeza. Me cayeron como una losa los problemas que esta estación me trae, que yo ya no recordaba y que se acentúan cada año: alergia, astenia, insomnio... Pero además comenzó para mí una mala racha llena de fenómenos extraños, algunos insignificantes como el que abre este post y otros más relevantes como los dos que os voy a relatar.
Poco después de volver de Roma me robaron el pantalón en el gimnasio, mientras yo me relajaba en mi clase de yoga semanal. Fue culpa mía porque me lo dejé en el vestuario fuera de la taquilla, algo que nunca me había pasado (supongo que iba algo atontado por mis molestias primaverales). En los bolsillos llevaba poco dinero (no llegaba a veinte euros), la cartera con las tarjetas y los carnets, las llaves de casa y las del coche. Tuve que salir vestido con un aspecto lamentable: camiseta, pantalón de deporte, americana, calcetines y zapatos. Menos mal que un amigo me acercó hasta donde tenía otras llaves de casa. Al día siguiente me llamó un buen hombre diciendo que había encontrado mis cosas, quedé con él y me entregó un sobre mientras sonreía bajos sus ojos claros. Cuando desapareció abrí el sobre y allí estaba todo: las llaves y la cartera con su contenido intacto. Evidentemente, faltaba el poco dinero que llevaba y tampoco recuperé el pantalón del traje que me acababa de comprar. Por seguridad, ya había anulado las tarjetas y había cambiado la cerradura de casa, previo pago de doscientos euros. Al menos me ahorré el tener que renovar los carnets, así que la pesadilla fue más leve de lo que pudo haber sido.
El pasado miércoles se me rompió el coche cuando íbamos camino de la playa, para pasar las minivacaciones de Semana Santa. En pleno puerto de Despeñaperros oí un sonido seco y el coche dejó de funcionar de repente, así que paré como pude en mitad de una curva cuesta arriba. Salimos a la oscuridad de la noche, bajo un cielo plagado de estrellas, nos pusimos los chalecos, colocamos el triángulo y llamamos al seguro. Nos dijeron que la grúa tardaría media hora y esperamos junto al coche, mientras notábamos el fuerte olor a gasolina y veíamos el charco que se había formado debajo. Mientras esperaba, yo veía el panorama que se me echaba encima: las vacaciones truncadas, el coche averiado en un taller lejano, la vuelta a Madrid en tren cargados de bultos... Finalmente, después de una hora, llegó la grúa y de ella bajó un hombre amable, rubio y de ojos claros. Miró los bajos, tocó algo y dijo que ya estaba arreglado: se había salido el tubo de la gasolina, pero ya estaba colocado. Yo no lo podía creer, había sido como viajar del cielo al infierno y de vuelta al cielo en sólo una hora.
Os he resumido estas dos aventuras para no aburriros, pero podéis creerme si os aseguro que los detalles eran aún más desagradables. Supongo que otras personas en mi situación se deprimirían o se cortarían las venas, pero yo siempre trato de ser optimista, ver el lado positivo de las cosas y aprender algo de todo lo que me pasa. Hace algún tiempo me preguntaba por la existencia de los ángeles y, gracias a estas experiencias, ahora estoy seguro de ella. Además, ya sé que tienen los ojos claros, así que espero reconocerlos en el futuro. Ya veis que a pesar de todo mantengo mi sentido del humor, sólo espero que algún ángel coctelero me permita publicar este post. Bueno, también espero que esta maldita primavera sea lo más llevadera posible para mi salud. Y, por supuesto, espero que esta mala racha termine pronto, o al menos que no dure siete años...













lascosasdepepe dijo
un abrazo amigo.
7 Abril 2010 | 07:56 PM