S.P.Q.R.
He decidido titular la segunda crónica de mi viaje a la capital italiana con estas siglas, acuñadas en tiempos del Imperio Romano, porque hoy visitaremos algunos vestigios de aquella época. Son las iniciales de la frase en latín "Senatvs Popvlvs Qve Romanvs", cuya traducción es "el Senado y el Pueblo Romano". También lo son de la frase en italiano "sono pazzi questi Romani", o sea "están locos estos romanos", la famosa exclamación de Obélix en los libros de Astérix. Estas cuatro letras se han convertido en un símbolo de Roma y están presentes en muchos rincones de la ciudad: escudos, inscripciones, alcantarillas...
El sábado comenzamos nuestra ruta visitando una de las cuatro basílicas principales de Roma: Santa María la Mayor. Se trata de una gran iglesia de estilo indefinido, pues ha sufrido diversas ampliaciones y restauraciones a lo largo de la historia. Está dedicada a la Virgen María y, curiosamente, se edificó sobre un templo pagano dedicado a Cibeles, la diosa romana "madrileña" por excelencia. En su interior se aprecia la planta basilical y la rica decoración que veremos en casi todas las iglesias romanas. Sobre todo destaca el impresionante artesonado renacentista del techo, cubierto de oro español traído de América.


Continuamos nuestro camino para llegar a otra iglesia: San Pietro in Vincoli, situada en lo alto de una colina. No os muestro la fachada de esta iglesia porque no es especialmente hermosa ni llamativa, aunque desde su puerta capto la preciosa perspectiva que veis a continuación. Las viejas torres nos trasladan por un momento a alguna ciudad medieval, como Florencia. El tesoro de esta iglesia se encuentra en su interior: la impresionante escultura del Moisés de Miguel Ángel. Os aseguro que no decepciona y, aunque la he visto en foto mil veces, me siento emocionado por la fuerza que transmite.


Bajamos la colina, doblamos una esquina y aparece por fin, ante nosotros, el Coliseo. Consigo fotografiarlo entero antes de acercarnos, luego ya resultará imposible dada su inmensidad. El antiguamente llamado Anfiteatro Flavio es una maravilla y parece imposible que se mantenga en pie después de dos mil años. Da un poco de pena que una ancha calle de enloquecido tráfico pase tan cerca de la fachada del monumento, dejando su huella oscura en las piedras milenarias. Creo que el Coliseo debería estar rodeado de jardines, lejos de la contaminación, para que dure al menos dos mil años más.


El Coliseo se encuentra rodeado de otros monumentos y ruinas que nos trasladan a los lejanos tiempos del Imperio Romano. Junto al gran anfiteatro se alza el Arco de Constantino y enfrente, dominando la colina, los restos del Foro Romano. La vista es espectacular en todas las direcciones, si no fuera porque una marabunta de turistas lo inunda todo. Desistimos de visitar el interior del Coliseo, ante la longitud de la cola y el tiempo de espera estimado: casi una hora. Nos asomamos por los arcos inferiores y a través de ellos sólo vemos gente y piedras, así que seguimos tranquilos nuestro camino hacia el próximo destino.


Nuestro próximo destino es la Basílica de San Juan de Letrán, otra de las cuatro mayores de Roma. Para llegar a ella bajamos por una calle tranquila llena de tiendas de souvenirs. Desembocamos en una gran plaza, donde se alza la fachada de la iglesia, convertida hoy en Catedral de Roma. Es la iglesia más antigua del mundo, un puzzle de todos los estilos y épocas cuya exterior dice poco. En el interior sorprenden las imponentes estatuas de mármol que representan a los doce apóstoles, de la escuela de Bernini. También el dorado mosaico de estilo bizantino que cubre el ábside, preciosa y brillante obra del siglo XIII.



Seguimos caminando entre ruinas de grandes edificios que conocieron mejores tiempos, como las gigantescas Termas de Caracalla, de las que hoy sólo quedan algunos muros de piedra y ladrillo que asoman entre los pinos. Recorremos la Vía del Foro Imperial, abrumados por la gran cantidad de monumentos que nos rodean. Mires donde mires encuentras restos de palacios, templos y mercados; columnas anónimas o famosas como la de Trajano, y estatuas dispersas de varios emperadores. Al final llegamos a la Piazza Venezia, donde se alza el gigantesco Monumento a Vittorio Emanuele como símbolo de la unidad de Italia.



Este enorme y blanco pastiche parece plantado sobre las ruinas de la antigua Roma, que asoman bajo el mármol. A sus pies, un enjambre de turistas, coches y autobuses sortean las obras y las vallas intentando cruzar la plaza. Conseguimos salir de este caos y nos dirigimos hacie el río Tíber, en busca de algo de tranquilidad. Encontramos nuevas sorpresas como el Teatro di Marcello: un teatro romano sobre el que se ha construido un palacio renacentista, dando lugar a una curiosa construcción. Un poco más abajo encontramos el pequeño, redondo y encantador Templo de Vesta, que destaca sobre el verde de la hierba y los pinos.


Llegamos por fin hasta la iglesia de Santa María in Cosmedín, muy diferente a las grandes basílicas que hemos visitado. Bajo su elevado y elegante campanario encontramos una iglesia pequeña y antigua, de estilo románico, interior íntimo y decoración sobria, que invita a la paz y al recogimiento. En el pórtico situado delante de la iglesia se encuentra otra de las principales atracciones de la ciudad: la Bocca della Verità. Cuenta la leyenda que la boca de esta gran tapa de alcantarilla medieval muerde a los mentirosos. Hacemos cola tras otros turistas para someternos a su juicio y, como veréis a continuación, la boca muerde mi mano.


Evidentemente, se trata de una broma: ya sabéis que yo no soy mentiroso. Llevamos todo el día sin parar de andar y ni siquiera hemos comido, así que estamos agotados y hambrientos. Estamos justo enfrente del barrio del Trastévere y decidimos dirigirnos hacia él para comer y reponer fuerzas, sólo tenemos que cruzar el río Tíber. Lo hacemos a través de la Isla Tiberina, donde hago la siguiente foto: un encantador rincón con su correspondiente iglesia. Cruzamos un puente donde parejas de enamorados, turistas y locales, enganchan candados como prueba de su amor. Fijaos en las letras que decoran el escudo.


Efectivamente, las siglas S.P.Q.R. que están presentes en tantos rincones de Roma ocupan el centro de este escudo. Las cuatro letras aparecen rodeadas de las que forman los nombres de los enamorados, escritas para la posteridad. Pensaréis que "están locos estos romanos" como diría Obélix, pero creo que es una romántica imagen para poner fin a la crónica de mi segunda jornada en esta romántica ciudad.


















gritosdesesperados dijo
que envidia me das, joeeeeee
Un viaje de lo más interesante...y yo sin poder salir...ains...
Eres un as documentando tus escapaditas...además de las fotos, nos vas explicando...por lo menos aprendemos un poco...
besos guapo, y cuidado esa mano!!! jajaja
10 Abril 2010 | 09:28 PM