Domingo en el Vaticano
Por fin llegamos a nuestro tercer y último día en Roma. Llevamos dos días en esta ciudad y aún no hemos visitado el Vaticano, queda en la otra punta y hemos preferido pasear por el centro. El viernes y el sábado no hemos parado de andar y de ver cosas, como os he mostrado aquí, pero aún no hemos pisado el país del Papa. Sabéis que este hombre no es de mi agrado, ni nada de lo que representa, supongo que también por eso hemos retrasado la visita. Pero el domingo decidimos coger el metro por la mañana en dirección al Vaticano, porque creemos que, a pesar de todo, merece la pena verlo, ya que estamos aquí...
Bajamos del metro y caminamos junto a montones de turistas en dirección a la Plaza de San Pedro. Según nos acercamos yo empiezo a ponerme nervioso, cada vez hay más curas y en cada uno de ellos yo veo un pederasta. No lo puedo evitar, si antes tenía manía a los curas, ahora es auténtica aversión lo que siento hacia ellos. Aquí son los reyes, están en su casa y me siento un intruso, creo que no debería estar aquí. Llegamos a la abarrotada Plaza a las doce en punto y oímos una voz aguda y monótona que nos resulta familiar. Los fieles no miran hacia la Basílica sino a un punto sobre nosotros. Nos volvemos, alzamos la vista y...

Allí está, asomado a la ventana de sus aposentos, el mismísimo Benedicto XVI. Yo no me lo puedo creer, pues no tenía intención de venir al Vaticano y menos aún de ver al Papa en persona. Queda constancia de que el encuentro es totalmente fortuito, pues de otro modo no se entendería la imagen que decora mi blog y que podéis ver a la derecha. El caso es que el Papa se dirige a la enardecida multitud que ha venido a verle desde todos los rincones del mundo. Saluda a las distintas comunidades en diferentes idiomas y los católicos se emocionan y agitan banderas de sus respectivos países. Yo asisto estupefacto al espectáculo.
El Papa, en referencia al escándalo de los muchos abusos sexuales cometidos por el clero durante décadas o siglos y que él mismo ha silenciado, dice que hay que perdonar los pecados. Añade la famosa frase "quien está libre de pecado que tire la primera piedra" y yo busco desesperadamente y sin éxito una piedra a mi alrededor, para arrojársela a la cara al Sumo Pontífice, porque yo no he abusado jamás de menores ni pienso hacerlo. No creo en los pecados ni en su perdón, pero sí creo en los delitos y en la justicia. La pederastia es un delito y los curas pederastas deben ir a la cárcel, donde serán ellos quienes sufran abusos sexuales.

Aprovechamos que la multitud está obnubilada escuchando a su ídolo y nos ponemos a la cola para visitar la Basílica de San Pedro, que se alza imponente ante nosotros. Cuando el Papa termina su discurso vemos cómo son sus fieles: sin reparo ni pudor se lanzan contra nosotros, que esperamos pacientemente, saltan la valla, empujan y se cuelan en una clara muestra de la conocida hipocresía católica. Entre ellos hay muchos españoles, familias con hijos que no paran de moverse y molestar. Finalmente cruzamos las fuertes medidas de seguridad y entramos en la gigantesca Basílica, la iglesia más grande del mundo.


El interior de la Basílica es espectacular por su gran altura. En un rincón se encuentra la Pietà de Miguel Ángel, protegida por un cristal. Decepciona un poco porque es más pequeña de lo que imaginas y encima la tienes que ver entre turistas y reflejos. Lo que más me impresiona es el baldaquino de Bernini, que veis a continuación, y la gigantesca cúpula que corona el conjunto. Todo está cubierto de oro y de mármoles de todos los colores, gigantescas estatuas de todos los Papas y muestras de la riqueza de la Iglesia en todo su esplendor. El conjunto resulta demasiado barroco y demasiado ostentoso para mi gusto, lo reconozco.


Salimos de la Basílica mareados por tanto lujo y, en el exterior, sigue la acumulación de estatuas. Veo una muy blanca y nueva y leo el nombre escrito en el pedestal: se trata de la española Santa María Soledad Torres Acosta, recién cononizada por el Vaticano. Junto a ella, grandes hornacinas vacías esperan llenarse de estatuas con nuevos santos. Fotografío a dos miembros de la Guardia Suiza, que también me decepcionan: los imaginaba más imponentes y elegantes, pero parecen dos jóvenes disfrazados. Los Museos Vaticanos están cerrados hoy domingo, así que nos quedamos sin visitar la famosa Capilla Sixtina.


Volvemos a la Plaza de San Pedro, que ya está desierta. Me sorprendo al ver a dos curillas jóvenes que tocan la guitarra y cantan acompañados de una chica. Me pregunto quién les habrá engañado y con qué malas artes, busco el cazo para echar una moneda, pero no lo veo. Dejamos atrás la Ciudad del Vaticano, no sin antes visitar las tiendas de horrendos recuerdos que rodean la plaza, en busca de un regalo para nuestras católicas madres. Buscamos un lugar para comer y lo encontramos en un encantador callejón de edificios desconchados, que nos traslada por un momento a otra ciudad, tal vez Nápoles o Génova.


Por la tarde visitamos los Museos Capitolinos, que están situados en dos palacios de la Plaza del Campidoglio, diseñada por Miguel Ángel. Se trata del museo público más antiguo del mundo y en él destaca la gran colección de esculturas de la antigua Roma. En su sala principal, la Exedra de Marco Aurelio, encontramos la colosal estatua de Hércules en bronce dorado que veis más abajo. También la famosa Loba Capitolina, convertida en símbolo de la ciudad, que os muestro en inédita perspectiva. Al parecer, las estatuas de los gemelos Rómulo y Remo fueron añadidas posteriormente, en el Renacimiento.



Cruzamos por una galería bajo la plaza desde el Palacio de los Conservadores al Palacio Nuevo, donde se suceden las salas de preciosas esculturas. Una sala está dedicada a los filósofos, otra a los emperadores, y así llegamos a una de las estatuas más famosas, que veis a continuación. Se trata del Gálata moribundo, una preciosa figura llena de sensibilidad, que nos demuestra que no todas las esculturas romanas eran triunfales. Finalmente salimos al patio de este segundo palacio, dominado por una enorme estatua de Marforio. Aquí ponemos fin a la visita a este interesante y completo museo de arte y de historia.


Emprendemos por última vez el camino de regreso a nuestro hotel, justo cuando comienza a atardecer. En el trayecto encontraremos aún algunas sorpresas. Primero pasamos ante el Palacio del Quirinale, residencia del Presidente de la República Italiana. Después entramos en la Iglesia de Santa María de la Victoria, donde se encuentra otra obra cumbre de Bernini: El éxtasis de Santa Teresa. Esta escultura, que tantas veces he visto en los libros de arte, cierra un día de lo más escultural. Cansados de comer pasta y pizza, decidimos ir a cenar a un precioso restaurante japonés. Luego a dormir, que hay que madrugar para volver a Madrid.


















gabriela dijo
Carlos, sí que me he reído con ganas con este post...tú perdona, pero la manera de contarnos tus impresiones del Papa,,,,y lo más cómico de todo, es que pienso exactamente igual. Me cuesta ver un cura y no pensar en un pedófilo...lo siento.
Hermosas las fotografías, como nos tienes acostumbrados, y muy buenas tus descripciones. Un viaje bonito y bien aprovechado que hasta te envidio.
Un abrazo grande.
19 Abril 2010 | 02:08 AM