En la sacristía
Juanito tenía sólo nueve años cuando todo comenzó. Su colegio era de curas y allí ser monaguillo era un honor reservado a unos pocos elegidos. Un viernes, durante la misa, el Padre Grande dijo que su monaguillo se había hecho mayor y que necesitaba uno nuevo. Cuando acabó la eucaristía hizo salir a todos los alumnos excepto a los del curso de Juanito, que permanecieron sentados. Todo en el Padre Grande era como su apellido: su barriga, su cara y sus manos resultaban inmensas a los ojos de los niños que lo miraban desde abajo, sentados diligentemente en los bancos de la capilla del colegio. El sacerdote comenzó a caminar de un lado a otro de la capilla mirando fijamente a los niños, uno por uno. Se frotaba las manos mientras los escrutaba una y otra vez, hasta que se detuvo ante Juanito, lo señaló con su gran dedo y le dijo "tú, a la sacristía".
Juanito era entonces un niño tierno y rubio, de ojos azules y mirada angelical. Se ruborizó, se levantó y avanzó lentamente hasta la sacristía, cabizbajo y temeroso. Oyó cómo sus compañeros abandonaban ruidosamente la capilla y vio cómo el Padre Grande entraba y cerraba la puerta con llave. Comenzó a temblar y el cura le dijo que no temiera, que debía estar satisfecho por ser el elegido, que desde ese momento pasarían mucho tiempo juntos y que nada de lo que ocurriera en la sacristía debería saberse fuera de allí. Le explicó que estaban en la Casa de Dios y que Jesús bendecía todo lo que allí sucediera, pero que si contaba algo a alguien Dios le castigaría y le dejaría sordo, ciego y mudo para toda la vida. Aquel día comenzó para Juanito una pesadilla que duraría tres años, los que estuvo como monaguillo del Padre Grande hasta que se hizo mayor.
Juanito aprendió que su función como monaguillo era ayudar al Padre Grande a vestirse para la Misa y a desvestirse después. Lo que no entendía era por qué debían quedarse desnudos los dos, si él siempre había creído que la túnica y el alba se colocaban sobre la ropa de calle. Tampoco entendía por qué debía tocar aquella cosa grande que tenía el cura entre las piernas, por qué tenía que frotarla y agitarla hasta que salía un líquido blanco y pringoso. El Padre Grande le decía que era para purificarse y hacía lo mismo con el niño, pero a él no le salía nada. El sacerdote no desistía y seguía intentando día tras día, incluso con la boca, hasta que un día por fin salió. Entonces el Padre Grande dijo satisfecho que por fin había conseguido sacarle todos sus pecados e impurezas. Juanito ya había terminado su etapa como monaguillo y el cura necesitaba buscar a otro.
Juanito ahora es Juan, un hombre adulto hecho y derecho, que no es feliz ni lo ha sido jamás. Algo en su interior se lo impide, porque aquellos tres años le marcaron para siempre y condicionaron su forma de ser y de relacionarse. Nunca contó a nadie lo que ocurría en la sacristía, aunque todo aquello le parecía raro y le daba asco. Al principio no se atrevía por miedo a quedarse sordo, ciego y mudo. Luego prefirió borrarlo de su memoria, porque sabía en el fondo que aquello no estaba bien. Se volvió introvertido y comenzó a tener problemas en el colegio, su adolescencia fue complicada y sus padres no entendían nada. Ahora, al destaparse los escandalosos abusos sexuales cometidos por curas en toda Europa, vuelven a su memoria aquellos días y decide hablar por fin. Está dispuesto a denunciar a aquel cura para que otros niños no pasen por lo mismo que él.
Este relato es pura ficción, pero desgraciadamente es bastante real.
Se lo dedico a todos los juanitos y les animo a que hagan como Juan.















lascosasdepepe dijo
ficción que desgraciadamente se convierte en realidad... un abrazo.
28 Abril 2010 | 07:10 PM