Dientes de betel
Lo que os voy a contar sucedió hace ya casi cuatro años, en mi viaje a Myanmar (Birmania). Comenzamos la visita a este fascinante país en Yangón, que entonces era la capital. Nuestro primer contacto con aquella ciudad permanece en mi memoria como si fuera ayer. Nada más llegar salimos del hotel a dar un paseo y nos adentramos en las transitadas calles del centro. De repente, nos sorprendió un fuerte aguacero, el primero de los muchos que sufriríamos allí (normal, pues estábamos en agosto, en pleno Monzón). Buscamos un lugar para refugiarnos, corriendo y saltando para evitar los charcos. Al mirar al suelo, vimos que muchos de esos charcos eran rojos, como de sangre, y un escalofrío nos recorrió el espinazo. Finalmente nos paramos bajo una estrecha pasarela que cruzaba la calle; no nos cubría mucho, pero sí un poco.
Estábamos allí parados mirando el ajetreo provocado por la lluvia y seguíamos mirando los charcos rojos del suelo. De pronto vimos un bicho desconocido para nosotros, una especie de escolopendra gigante de color blanco, nadando por un charco hacia nosotros, y nos miramos aterrados. No tuvimos tiempo a reaccionar, porque de inmediato apareció entre la muchedumbre un chico semidesnudo, con el torso descubierto y vestido sólo con el longyi (la falda tradicional birmana). Ante nuestro estupor, saltó sobre el monstruoso bicho y lo pisoteó con sus pies descalzos. Luego nos miró y sonrió, mostrando sus dientes podridos y ensangrentados. Nosotros no entendíamos nada, no dábamos crédito, nos preguntábamos qué hacíamos en aquel país, en aquella ciudad. Fue una primera impresión impactante y fuerte, que se nos quedó grabada con fuego.
Luego todo cambió y comenzamos a disfrutar de nuestro viaje por aquel maravilloso país. Aprendimos que allí existe una costumbre muy extendida entre la mayoría de los hombres y algunas mujeres, sobre todo las más mayores. Mascan la nuez de betel, un fruto que machacan, mezclan con especias y envuelven en una hoja que introducen en la boca. Por todas partes veíamos a los hombres masticando y escupiendo al suelo un líquido rojo, que al principio nos pareció sangre. Esta costumbre, equivalente al tabaco en nuestra sociedad, tiene efectos estimulantes y sedantes. Pero también tiene una consecuencia desagradable: los dientes se pudren y enrojecen de tanto mascar betel. Así, mientras los niños birmanos lucen una sonrisa blanca y limpia, casi todos los hombres y algunas viejecitas muestra una boca a la que da miedo mirar, así que evitan sonreír.
Aquello me pareció muy curioso y pasé medio viaje tratando de conseguir una foto "de dientes" que mostrara en imagen lo que os he explicado. Mi amiga Tere, a quien acababa de conocer, observó que yo me planteaba objetivos alcanzables a corto plazo y que lograrlos me hacía feliz. Pues bien, conseguir hacer la foto "de dientes" se convirtió en mi principal objetivo, casi en una obsesión, durante muchos días. En el trayecto en barco desde Mandalay hasta Bagán había un candidato perfecto, que al llevar a una preciosa niña en brazos no se extrañó de mi obsesión por fotografiarle, pero no hubo manera: cada vez que disparaba, el hombre cerraba la boca pudoroso. Ya creía que no lo iba a conseguir cuando, al bajar caminando hacia Pindaya desde el Monasterio de Yatzaki, me encontré con este sonriente joven, disparé y... ¡Misión cumplida!















flor_deloto dijo
Es impactante, pero son las costumbres que a veces nos chocan.
La foto es muy buena, por cierto.
Beso.
12 Mayo 2010 | 12:14 AM