Desde Xi'an volamos hacia el Sur de China, hasta Guilin (ya os dije que se pronuncia Güilín). Una pequeña ciudad de unos 700.000 habitantes, rodeada de mágicas montañas de origen kárstico y formas caprichosas. Un río y varios encantadores lagos, entre frondosa vegetación, acaban de cerrar este precioso panorama. En cuanto llegamos al hotel y vemos la vista, decidimos salir a recorrer la ciudad y vivir la tranquilidad que se respira. Lo estamos deseando porque, además, por fin hace sol y calor, después de tanta lluvia como sufrimos en el Norte. Comenzamos a pasear y nos sorprende la cantidad de motos que circulan por las calles, supongo que hace pocos años las bicicletas eran mayoría. Pero sobre todo me llama la atención una moto cargada de patos y pollos vivos, atados por los pies en un increíble manojo rodante y sonoro.

Comemos deliciosos platos locales en un restaurante situado en un segundo piso, con amplios ventanales desde donde dominamos las calles del centro. Los elegimos por las fotos que se muestran en la carta, pero no sabemos con certeza qué pedimos. Mejor no pensarlo, porque la chica que nos ha llevado del aeropuerto al hotel nos ha dicho que en esta zona de China se come de todo. Lo corroboramos al salir del restaurante, porque nos encontramos un gran mercado que me empeño en visitar, a pesar del olor. Comprobamos de inmediato que la siesta no es una costumbre exclusivamente española, sino que en China es también muy popular. La diferencia es que los españoles suelen dormirla echados en la cama o el sillón, mientras que los chinos lo hacen en cualquier lugar, incluso en su puesto de trabajo. En los puestos del mercado se venden animales vivos de todo tipo: desde patos y pollos hasta tortugas y sapos.

Caminamos hacia el Norte de Guilin hasta nuestro destino: el Pico de la Belleza Solitaria. Por fin lo vemos, con la empinada escalera que lleva hasta su cumbre, pero no podemos llegar hasta él porque un muro nos lo impide. Resulta que la curiosa colina se encuentra dentro del recinto del Palacio de Wan Cheng, así que nos disponemos a visitarlo previo pago. Se trata de un gran conjunto palaciego del siglo XIV, con varios pabellones de extraña arquitectura, muy restaurados como ya estamos acostumbrados a ver en China. Entre ellos se extiende un amplio y frondoso jardín, donde destaca un árbol muy particular. Tiene un colgajo del tamaño y la forma del pene de un caballo, una especie de símbolo o talismán de la fertilidad o la potencia que todos los hombres agarran, como el joven que vais a ver.

Por fin llegamos a los pies del Pico de la Belleza Solitaria y nos decidimos a emprender la empinada subida, no sin cierto reparo que vencemos al ver que lo hacen ancianas y niños. El ascenso se hace duro y llegamos a la cumbre chorreando sudor, pero de inmediato vemos que ha valido la pena. Aunque comienza a llover débilmente y el cielo está cubierto de una fina niebla, podemos disfrutar de la maravillosa vista. El espectáculo de los edificios de la ciudad entre los escarpados picos, que se elevan sobre ellos y se pierden en el horizonte, es indescriptible. Parece un decorado, algo irreal, mágico, como sacado de un cuento infantil (en este caso un cuento chino).

En lo alto del pico hay un pequeño templo budista y un par de puestos de recuerdos. Estamos allí poco tiempo, el justo para dejar el panorama grabado en la retina y en la cámara de fotos, pero también para descansar de la dura subida. La lluvia amenaza con arreciar y decidimos emprender el descenso, que se nos hará casi tan duro como el ascenso. Menos mal que la tormenta se queda en falsa alarma y sólo chispeará durante un rato, así que podemos seguir disfrutando del agradable paseo. A los pies del pico hay un encantador estanque atravesado por un puente en zigzag, típico chino (por lo visto en este país piensan que el camino más corto entre dos puntos no siempre es el recto). Los kioskos y los faroles rojos completan el encantador paraje, que invita al relax y la contemplación.

Salimos del Palacio de Wan Cheng por la misma puerta que usamos para entrar y encontramos ante nosotros la calle peatonal más comercial de la ciudad, donde vivo mi momento Charlitorialist. Al final de la calle nos topamos con uno de los lagos de la ciudad, famoso por las dos elevadas pagodas que se alzan en su orilla. Bueno, en realidad una está al borde del lago y la otra en una isla en su interior, a la que se accede por un puente. Comienza a atardecer y las pagodas se recortan ante la puesta de sol a la vez que se reflejan en el agua, en una postal de belleza incomparable. Una postal que cambia a cada momento, según recorremos el paseo que bordea el lago y nos acercamos hasta los pies de las esbeltas pagodas.

Seguimos paseando y llegamos a otro lago, unido al anterior por un pequeño canal. Este segundo lago es famoso por sus puentes de todo tipo, algunos son copia de puentes famosos y otros son originales. El primero que vemos es el Puente de Cristal, cuyo nombre es totalmente literal como vais a ver a continuación. Parece sacado de un cuento de hadas, es mágico y etéreo, fantástico y de ensueño. Más adelante vemos un puente blanco y elegante, de estilo japonés: en el país del Sol Naciente cruzar un puente implica siempre subir y bajar. Está rodeado de árboles y el conjunto resulta precioso, pero no es nada comparado con lo que estamos a punto de ver. Está anocheciendo y, de repente, se encienden luces multicolores que transforman todo el entorno en un mágico lugar. De nuevo nos sentimos inmersos en un cuento infantil.

En el centro del lago hay un islote al que se llega atravesando un puente zigzagueante y, sobre él, una preciosa casa de té. Consigo hacerle la foto que vais a ver a continuación, sin duda una de las más hermosas de mi viaje. Tomamos un té disfrutando del paisaje iluminado por esas luces multicolores que le dan un aspecto irreal. Luego seguimos paseando junto al lago, que a esta hora está lleno de vida: barcas llenas de turistas lo recorren pasando bajo el puente blanco, mientras en la orilla se acumulan parejas y familias enteras. Vemos un grupo de mujeres que bailan juntas: una pone música y comienza a danzar, las demás van llegando y se unen al baile. También hay ancianos haciendo ejercicio, corriendo o caminando hacia atrás. A lo lejos, vemos el puente de cristal iluminado, cambiando de color, como todo en esta increíble ciudad de cuento.