Comienzo este post en el mismo lugar donde acabó el anterior. Estamos en Yangshuo, una turística localidad de 300.000 habitantes, que en China se considera un pueblo pero en España hay ciudades con menor población. Empieza a atardecer en la orilla del río Li y ha desaparecido el ajetreo de barcos que había por la mañana. Ahora los vecinos y los turistas, la mayoría chinos, se acercan hasta aquí para pasear, bañarse o refrescarse. Si me abstraigo de la multitud, consigo encontrar algunas imágenes románticas y bucólicas, bajo las imponentes montañas calizas que dominan el horizonte.

Paseamos ahora por la Calle de los Extranjeros, sin duda la más turística y transitada del pueblo. Se trata de una vieja calle empedrada, rodeada de antiguas y típicas casas, hoy reconvertidas en tiendas, bares y discotecas. Un centro comercial peatonal donde podemos encontrar todo tipo de mercancías y ver cómo trabajan los artesanos. En plena calle, una chica teje con un telar mientras, un poco más allá, una mujer extrae la seda de los capullos y la extiende para que se seque. Comienza a anochecer y se encienden las luces de colores de esta calle, que poco a poco se va animando.

Entramos en varias tiendas, una de ellas  atendida por las dos preciosas hermanas que vais a ver a continuación. En este pueblo hay gran variedad de razas mezcladas, pues en él conviven multitud de nacionalidades desde hace tiempo. Seguimos caminando por esta turística calle cada vez más llena de gente, menos mal que nos sentimos igual de seguros que en cada rincón de China. Buscamos un restaurante para cenar y finalmente encontramos uno donde probaremos el plato típico local: pescado del río Li a la cerveza. Desde nuestra mesa, en la terraza de un primer piso, la vista de la calle atestada es impresionante.

A la mañana siguiente, subimos a desayunar al comedor del hotel, que se  ubica en el ático. Desde la azotea disfrutamos de la maravillosa vista del pueblo, con sus casas blancas asomando entre los picos calizos y la verde vegetación. El tiempo es espléndido y el día nos parece perfecto para lo que tenemos en mente: alquilar bicicletas para recorrer los hermosos alrededores del pueblo. Primero nos hacemos con un mapa que nos dará más de un quebradero de cabeza, después nos subimos a las bicis y empezamos a pedalear.

En cuanto logramos dejar atrás el pueblo vemos que la idea de las bicicletas ha sido buena, mejor aún, fantástica. La experiencia de recorrer la campiña, ver los verdes arrozales, los campesinos trabajando... es inolvidable. Por fin nos sentimos inmersos en esa China rural que tanto anhelábamos, lejos de las trepidantes ciudades actuales, anclada en el pasado, apacible y sin prisas. Por culpa del mapa nos perdemos y pedaleamos más de la cuenta, pero al final nos alegramos. Gracias a esos kilómetros de más, descubrimos paisajes maravillosos y cruzamos aldeas semiabandonadas, que me recuerdan a mi infancia.

Pedaleando por este paraíso, después de dar un largo y agradable rodeo, conseguimos llegar al destino que nos habíamos marcado: la Montaña de la Media Luna, cuyo nombre comprenderéis en cuanto la veáis. Se trata de un espectacular arco natural de roca en lo alto de la montaña. El hueco parece una media luna y cambia de forma según la perspectiva. Estamos ya en plena ruta turística y por aquí abundan las atracciones de todo tipo: picos curiosos, árboles gigantes, ríos y barrancos, algunos verdaderos y otros falsos. También hay varias cuevas y visitamos la primera que nos encontramos: la Cueva del Dragón.

Visitamos la cueva en grupo, rodeados de chinos, así que no entendemos las explicaciones de la guía en su idioma. Tampoco hay mucho que entender y nos deleitamos con las curiosas estalactitas y estalagmitas, las gigantescas columnas y formaciones curiosas (todo profusamente iluminado y multicolor, como ya hemos visto que es norma en este país). Recorremos parte de la cueva en barca, navegando por ríos y lagos subterráneos, el resto del entretenido paseo lo hacemos a pie. Salimos por la puerta del dragón que da nombre a la gruta y cruzamos centenares de puestos para turistas (otra norma china), subimos de nuevo a las bicis y pedaleamos hasta el río Yulong, donde encontramos un agradable lugar para comer. Comemos al aire libre, junto a este hermoso río donde los turistas chinos vienen a navegar en balsas y hacer batallas de agua: se mojan unos a otros con todo tipo de artilugios inventados a tal efecto.

Tras la agradable comida montamos en las bicis para volver a Yangshuo y, tras pedalear un rato, es cuando el paraíso se transforma en infierno, pero no de fuego sino de agua. De repente, sin previo aviso, comienza a llover con una fuerza indescriptible. La tormenta monzónica nos pilla desprevenidos en mitad de la carretera, en medio del campo, de la nada. No podemos avanzar y no hay nadie alrededor, nos refugiamos bajo un árbol pero no sirve de nada, estamos calados hasta los huesos, sin saber qué hacer. Entonces aparece un ángel (no tiene ojos claros porque es chino) en una furgoneta, para y dice que subamos. No sé ni cómo nos metemos con las bicicletas en la furgoneta, pero lo conseguimos y el hombre nos lleva hasta nuestro hotel, con una sonrisa en los labios. Le damos unos billetes mojados como propina, aunque ni siquiera nos la pide. Es la aventura del viaje, al menos tenemos una, aunque la sensación de infierno se repite al día siguiente.

En nuestro último día en Yangshuo entramos en el Mercado, que nos sorprende más aún que el de Guilin. Ya os dije que en esta zona de China se come de todo, pero aquí vemos cosas que ni siquiera reconocemos y otras que preferimos no reconocer. Entre patos, sapos y serpientes, oímos ladridos a lo lejos y nos tememos lo peor. Cuando nos acercamos, vemos un espectáculo dantesco para nuestros ojos occidentales: un hombre escalda un gato y lo despelleja, medio perro quemado cuelga del techo y otros canes vivos lo miran desde las jaulas. Hago la foto disimuladamente, pero una mujer me interrumpe pidiendo dinero (por eso sale movida). Cuando se lo contamos a la guía en el coche de vuelta a Guilin, ella nos explica que es "una raza de perro para comer". Nos quedamos con las ganas de comprar un perro en el mercado para salvarlo de su destino. Más adelante, en Hong Kong, veremos a un joven con aspecto de colgado y con un perro de esa misma raza...