Querido padre:
Te has marchado para siempre y no he podido decirte adiós como me hubiera gustado. Por eso te escribo esta carta, que no es sólo de despedida sino sobre todo de agradecimiento. Porque son muchas las cosas buenas que me has dado y que llevaré siempre conmigo, no sólo llevo de ti el nombre y el apellido. Tú me enseñaste a ser honrado por encima de todo, dando ejemplo con tu honestidad y tu forma de actuar en todo momento. Me enseñaste a tener principios y valores, esas cosas que tanto escasean hoy en día. También a ser crítico y capaz de elaborar ideas y pensamientos propios, lo que me hace sentirme diferente y especial. Pero sobre todo me inculcaste el sentido de la justicia, algo de lo que me siento profundamente orgulloso.
Me enseñaste a amar la cultura y el arte, desde los libros hasta la arquitectura. Por si no lo sabes, siempre he llenado los papeles con dibujos y planos de todo tipo de edificios que sólo están en mi cabeza, igual que hacías tú. Recuerdo aquellas noches cuando era pequeño y tú te quedabas jugando con mi LEGO: en cuanto me despertaba corría al salón para admirar la casa que habías construido para mí. Yo hoy construyo casas virtuales con un juego de ordenador y sueño con construir algún día la casa de mis sueños, algo que sin duda tú también has soñado siempre. Porque además de ser inteligente, culto y racional, tú siempre dejaste hueco a la imaginación y la fantasía. Por eso fuiste el mejor Rey Mago del mundo y por eso recuerdo con una sonrisa los felices días de mi infancia.
En aquellos días, los sábados y domingos nos llevabas a visitar museos y exposiciones, despertando en mí grandes ilusiones y abriendo mi mente. Porque tú me has enseñado a disfrutar de los placeres de la vida, como la buena comida, el buen vino y esa siesta que nunca te saltabas. Me has enseñado a apreciar el valor de una conversación animada y enriquecedora. Me has animado a viajar, a conocer lugares y culturas diferentes. En definitiva, me has hecho como soy y por eso te doy las gracias. Porque gracias a ti no soy materialista y no valoro a las personas por lo que tienen, sino por lo que son. Como a ti, me gustan los coches pequeños, no necesito presumir de coche grande porque sé que hay cosas mucho más valiosas en el interior de cada uno.
Creo que yo también te enseñé algunas cosas a ti, aunque fue difícil... Tú creías que lo sabías todo y que todo era como tú lo habías aprendido, pero la vida nos enseña a base de golpes y nos enfrenta continuamente a nuevos retos. Recuerdo mi gran decepción la primera vez que tus hijos te sometimos a una prueba: no estabas preparado y no supiste reaccionar, pesaba mucho la educación que habías recibido, como tú mismo reconociste. Pero con el tiempo aprendiste a ser tolerante y abierto también en lo social, como ya lo eras en lo político y económico. Comprendiste que la vida no es teoría sino práctica, que cuando los problemas te tocan de cerca se ven de otra manera, que lo importante no es el "qué dirán" sino la felicidad de tu familia y de todas las personas.
En los últimos años ya no sufrías por esas cosas que te hicieron sufrir años atrás, porque la edad y la experiencia dan sabiduría y tranquilidad. En los últimos días de tu vida sí te he visto sufrir, pero no me quedo con esos momentos de sufrimiento sino con los de intimidad y ternura que he vivido contigo, al cuidarte, besarte y acariciarte como si fueras un bebé. Es curioso cómo la vida acaba como empieza, me ha gustado formar parte de tu vida y estar contigo hasta el final. Ahora no sé dónde estás, pero te siento y sé que ya no sufres, que por fin descansas en paz. Sólo quería decirte algunas cosas personales, pero las hago extensivas a mamá, mis hermanas y mi hermano, tus nietos, familiares y amigos, porque sé que a ellos también les has dado muchas cosas buenas. Gracias, papá.


























marga dijo
Me has hecho llorar. Que carta tan bonita... con tanto sentimiento "bonito"... como tu. Eres para mi alguien muy, muy especial. Besos
7 Febrero 2011 | 10:00 PM