Llegué del colegio por la tarde, a la misma hora que cada día, pero en casa se respiraba una ambiente diferente. Mis padres estaban en el salón, sentados junto a la mesa camilla, oyendo la radio con cara de preocupación. Yo no entendía qué ocurría, pero intuía que era algo gordo, pues el ruido de la radio era cada vez más confuso y ensordecedor, mientras las caras de mis padres se tensaban por momentos. De repente se levantaron y me dijeron que me quedara quieto, en casa, esperando a que volvieran. Salieron corriendo para ir a buscar a mi hermano, que estaba en la calle. Yo me quedé solo y puse la tele para ver si me enteraba de algo, pero no entendía nada.

Llegaron mis hermanas y me encontraron solo en casa, esperando. Por fin volvieron mis padres con mi hermano, todos nos reunimos frente a la tele menos mi madre que no paraba de hacer llamadas telefónicas. Pasaban las horas y todo era cada vez más confuso, nos acostamos sin saber qué iba a pasar, mis padres se quedaron despiertos con la radio, no sé hasta qué hora. Al día siguiente mi madre me dijo que había llamado la madre de un compañero mío del colegio y la había convencido para que yo no fuera a clase. Por una parte me alegré, aunque tampoco lo tenía muy claro, estaba deseando salir a la calle para saber qué pasaba.

Por la tarde me llamó mi compañero de clase para decirme que, como se aburría en casa, había convencido a su madre para que le llevara al colegio a media mañana. Me dio muchísima rabia y lloré por dentro, no entendía por qué su madre (que era de derechas) había decidido primero convencer a mi madre para que yo no fuera al cole y después llevar a su propio hijo. Creo que fue entonces cuando cogí una manía tremenda a ese amigo, ya nunca fue como antes, aunque tal vez él no tuviera la culpa... Me sentí fatal, me pareció que yo había quedado como un cobarde, como si tuviera miedo de los militares golpistas, de los tanques...

Varios días después, acudí con mis padres y mis tías a la gran manifestación que llenó de gente las calles de Madrid. Tras una gran pancarta con la frase "Por la libertad, la democracia y la constitución" caminamos más de un millón de madrileños, una cifra que jamás se había alcanzado antes en ninguna otra manifestación. Recuerdo perfectamente la panorámica desde lo alto del scalextric de Atocha (que sería demolido años después): era impresionante ver tanta gente por todas partes, mientras oscurecía bajo la débil lluvia y el frío invernal. Yo sólo tenía trece años entonces, pero aquellas sensaciones quedaron grabadas para siempre en mi interior.

Días después, en clase de historia, el profesor (a quien llamábamos el Mofeta) dijo que muy poca gente había acudido a aquella manifestación. Entonces yo salté como un resorte, alcé mi voz y dije que aquello era mentira, que yo había estado allí rodeado de un millón de personas. Me sentía orgulloso de haber formado parte de aquel glorioso momento histórico, de aquella demostración de unidad del pueblo por la democracia. Me daba igual que mi profesor o mis compañeros pensaran de otra manera, yo ya entonces tenía muy claras mis ideas y estaba dispuesto a defenderlas con uñas y dientes. Supongo que ahí empecé a labrar mi fama de "rojo" y revolucionario.

En estos días en los que el mundo árabe lucha por la libertad y la democracia, cuando vemos a ciudadanos de muchos países levantándose contra los dictadores, el recuerdo de estos hechos que ocurrieron hace treinta años en España cobra un significado especial. La transición española tras la dictadura franquista sirve de modelo para los países árabes, los latinoamericanos y otros muchos pueblos que luchan por su libertad. No debemos olvidar el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, que estuvo a punto de truncar nuestra modélica y ejemplar transición democrática. Una fecha que ha quedado grabada en nuestra historia como 23-F.