¡Adelante!
No conseguía recordar cuándo había comenzado a llover de aquella manera. Era una lluvia suave y débil, pero continua y persistente. Llovía así desde hacía muchos días, semanas, puede que incluso meses. Tumbado en el sofá, veía cómo la lluvia resbalaba por los cristales de las ventanas, que permanecían siempre cerradas. Ya casi no salía de casa, sólo cuando era imprescindible, pero volvía rápidamente y se encerraba de nuevo en la semioscuridad, en esa triste penumbra que sólo rompía la fantasmagórica luz que salía de la televisión. Ese aparato estaba siempre encendido, era su única compañía en aquella casa, el único sonido que rompía el silencio absoluto en el que vivía.
De repente, un día le pareció ver un rayo de luz en el exterior y decidió salir. Abrió la puerta y avanzó unos pasos, se detuvo y miró atrás. Entonces se dio cuenta de que aquella casa era en realidad su propio cuerpo. Las ventanas eran sus propios ojos, de modo que aquellas gotas de lluvia que empañaban los cristales eran las lágrimas que nublaban su vista. Se quedó quieto, asombrado, y entonces comprobó que había dejado de llover. Poco a poco se disipó la neblina que antes cubría todo y el triste gris comenzó a teñirse de luminosos colores. Todo brillaba de forma increíble, como no recordaba haber visto jamás, ni siquiera en aquellas películas fantásticas que ponían en la tele.
Se frotó los ojos una y otra vez, hasta que empezaron a picarle, al igual que la nariz. No se preocupó, dedujo que por fin había llegado la primavera, que aquellos picores eran los síntomas de su alergia. Era evidente, porque todo estaba cubierto de flores silvestres a su alrededor. El prado verde donde se encontraba lucía un manto multicolor, con motas amarillas, violetas y rojas, de ese color intenso que sólo tienen las amapolas. Respiró hondo y sintió molestias, pero no le importó, prefería las dificultades primaverales a las penas que aquel invierno le habían mantenido aletargado en su casa. Ese invierno triste, gris y lluvioso, que había durado una eternidad, o eso le parecía.
Entre la maleza, semioculto bajo la hierba que había crecido más de la cuenta, reconoció el camino serpenteante. Recordó que antes, mucho tiempo atrás, recorría aquel camino cada día. Instintivamente comenzó a caminar por aquella senda que aún vivía en lo más profundo de su memoria. Y mientras caminaba, volvían a él los recuerdos de aquel tiempo que se había detenido. Recordó entonces que había tomado una decisión, que había quedado en el aire por todo lo que sucedió. Vio que sus pasos se aceleraban y se encaminaban cada vez más rápidos hacia su destino. Sonrió al ver que aún estaba a tiempo de recuperar su vida, de cumplir su sueño. Entonces fue su corazón el que se aceleró.
Por fin vio la puerta al final del camino y entonces sus piernas empezaron a temblar. Las dudas le invadieron y le volvieron a paralizar, pero por poco tiempo. No estaba dispuesto a volver atrás, a renunciar a todo lo que le importaba en la vida. Sus principios, sus valores, sus ideas, todo estaba en juego. Ya había perdido demasiado tiempo y no podía seguir así, sabía que en la vida hay que ser coherente y tomar decisiones, a veces arriesgadas. Al menos para eso le había servido aquel terrible invierno, ahora sabía que no podía seguir así. Los últimos pasos fueron terribles, pero ya no había marcha atrás. Respiró hondo, se armó de valor y llamó a la puerta. La suerte estaba echada. Al otro lado se oyó "¡adelante!".

















gabriela dijo
Amigo mío, me alegro muchísimo que hayas dejado atrás ese largo invierno, y que te arriesgues a entrar en la primavera aunque reaparezca la molesta alergia...esa misma que te dice "estás vivo! ". Sé que el solcito te hará bien, esa nueva luz te dará energía, y ese llamado de ¡adelante! hará que te atrevas a disfrutar sin sentirte culpable, porque no es que olvidemos a los que ya no están; es sólo que la vida nos llama.
Besos mil, y que bueno que te tenemos de vuelta, Charly.
5 Mayo 2011 | 11:48 PM