Ya os dije en enero que este iba a ser para mí un año de cambios, y lo ha sido. Empecé el año con cambios y lo termino igual, con uno que tenía pendiente. Mi casa necesitaba un arreglo, un repaso y una mano de pintura, que había ido retrasando por pereza. Sabía que meterme en obras era un lío, pero no podía retrasarlo más y ha valido la pena. Porque la casa ha quedado impecable, blanca, impoluta y como nueva. Y lo que es más, ahora ya no tengo más remedio que hacer zafarrancho de limpieza.

Siempre me han gustado las casas amplias, diáfanas, con pocos objetos, como las que vemos en la tele o en las revistas. Pero me he dado cuenta de que es imposible mantener una casa así, porque es inevitable acumular todo tipo de trastos a lo largo del tiempo. Mi piso no es muy grande, por desgracia, así que con los años había llenado cada uno de sus rincones de cosas: ropa, revistas, libros y cacharros traídos de todos los rincones del mundo. Sabéis que me gusta viajar y, aunque no lo hago para comprar, siempre traigo algo...

El lunes vino la cuadrilla y yo me eché a temblar. Eran como Pepe Gotera y Otilio si conocéis los viejos cómics, o como Manolo y Benito en la serie de la tele. En este caso eran tres: Emilio con su hijo Miguel y su yerno David, el cuñado del anterior. Supuestamente iban a tardar entre una y dos semanas en hacer todo lo que tenían que hacer, pero nada más lejos de la realidad. Iban como motos y acabaron en tres días, mejor dicho en tres mañanas, porque a las dos de la tarde se marcharon puntualmente el lunes, el martes y el miércoles.

Yo ya había empezado a limpiar y recoger un poco antes de que vinieran, pero cuando se fueron llegó lo peor. Si de lunes a miércoles me pegué la gran paliza moviendo los muebles de un lado a otro y guardando todos los cacharritos en bolsas, después comenzó la dura tarea de devolver mi casa a su ser. Y claro, cuando las paredes y los techos están blancos y limpios, se ve mucho más la porquería de todo lo demás, así que llevo días sin parar de dar a la escoba, la fregona y el trapito, luchando contra el polvo acumulado durante años.

Todo está ahora fuera de su lugar, pero no quiero volver a ponerlo como estaba. Es el momento de aprovechar para tirar montones de trastos inservibles que lo único que hacen es estorbar. Afortunadamente no soy materialista y no suelo sentir ningún apego por los objetos, así que llevo días revisando los recuerdos acumulados y tirando montones de cosas: cajas, papeles, ropa, aparatos viejos, rotos y obsoletos... Nunca he encontrado el momento de hacerlo, pero las mudanzas y las obras son ocasiones perfectas para esto.

Y en esto consiste mi zafarrancho de limpieza: en deshacerme de las cosas viejas para hacer sitio a las nuevas. Creo que es importante en la vida, de vez en cuando, pararse a revisar lo que tenemos y analizar lo que es realmente importante y necesario. Estamos acostumbrados a almacenar cosas absurdas que ocupan un espacio que podríamos dedicar a otras más útiles. Ahora que se acerca la Navidad y nos dejamos llevar de nuevo por el consumismo desaforado, deberíamos pensar en esto y elegir con más cuidado nuestros regalos.