Año Nuevo en San Miguel (Azores)
Sabéis que me gusta pasar el Fin de Año lejos de casa, hace mucho que no lo paso en Madrid. Sabéis también que me gustan las islas y muchos años he pasado estas fechas en Canarias, pero ya no me quedan islas de ese archipiélago por descubrir (bueno sí, El Hierro, pero creo que ahora no es el momento)... Buscando destino para el cambio de año encontré una magnífica oferta a las islas Azores y no me lo pensé dos veces. Estas islas portuguesas están un poco mal vistas desde la famosa reunión que mantuvieron allí tres políticos cuyos nombres prefiero no recordar, pero es hora de pasar página y atreverse a conocerlas. Así pensé, así lo hice y he venido encantado, así que os recomiendo a todos visitarlas antes de que pierdan su encanto tan especial.



Las islas Azores son nueve y yo he estado en la mayor de todas ellas, San Miguel, que recibe el sobrenombre de la isla verde. Los prados y los bosques cubren casi toda su superficie y llegan hasta la costa, inaccesible bajo los elevados acantilados. Aunque estas islas son famosas por su anticiclón, del que hemos oído hablar tantas veces al "hombre del tiempo", aquí no hace tanto calor como en Canarias. Pero es que las Azores están a la misma latitud que la península ibérica y estamos en invierno, no hace frío como en Madrid, pero el tiempo es variable e inestable. Por eso sólo pudimos bañarnos en el mar en la piscina natural rodeada de rocas volcánicas que vais a ver. Está en la Ponta da Ferraria, en el extremo Oeste de la isla, y bañarse aquí es una experiencia única, ya que una caldera volcánica calienta el agua y convierte esta poza en un spa natural.



El origen volcánico de San Miguel se hace patente en cada rincón, en las rocas negras que se usan para la construcción y en los gigantescos cráteres, hoy llenos de agua y convertidos en lagunas. Son varias las que hay en la isla y se convierten en su atracción principal. Las más espectaculares son las de la zona de Sete Cidades, una pequeña población situada en el centro de un verde valle al Oeste de la isla. Está rodeada de tres lagunas: la Azul que acabáis de ver, la Verde (separada de la anterior sólo por un estrecho puente) y la de Santiago, que vais a ver a continuación en el fondo de un cráter de empinadas paredes. Los prados y los bosques que inundan todo, gracias al clima atlántico, tan húmedo, llenan los paisajes de una belleza inigualable. Sobre todo cuando disfrutamos de las vistas desde los altos miradores como el de la Vista do Rei.



Estas islas reciben su nombre de las aves rapaces que abundan aquí, como pudimos comprobar. No sólo vimos azores volando en la lejanía, también pudimos ver varios ejemplares de cerca, posados junto a la carretera o incluso en mitad de la calzada. Si en lugar de un animal recibieran su nombre de una planta, sin duda se llamarían islas Hortensias, pues estas grandes y bellas flores están por todas partes, sobre todo al borde de todas las carreteras. Llegamos a la capital de la isla de San Miguel, llamada Ponta Delgada. Es la mayor ciudad de la isla y en ella podemos ver bellos edificios coloniales, de muros blancos que contrastan con la piedra negra volcánica. Hay muchas iglesias y, en la Puerta de la Ciudad, se prepara la celebración del Fin de Año. En su importante puerto, además de barcos pesqueros, descansan algunos grandes cruceros.



Al día siguiente comenzamos nuestra ruta en Ribeira Grande, la segunda ciudad mayor de la isla. En el centro hay una bonito parque con un río y un puente, junto al cual se ha instalado el gran nacimiento. Alrededor del parque hay varios bellos edificios barrocos: dos iglesias y el original Ayuntamiento, con su torre, su escalinata y su arco. Pasamos bajo este arco y caminamos por el humilde barrio de pescadores hasta llegar a la playa, la primera que vemos de proporciones considerables. Los grises nubarrones amenazan tormenta y no apetece nada bañarse, ni siquiera en las piscinas que se han construido en la orilla. Todo está desierto, sólo algunos jóvenes tratan de hacer surf envueltos en neopreno, esperando que llegue la ola sobre la que navegar...





Después comenzamos a ascender hacia la laguna situada en el centro de la isla, pero en la mitad del ascenso hemos de hacer una parada. Estamos en el Monumento Natural da Caldeira Velha, un precioso paraje que nos traslada a la prehistoria, sobre todo por los helechos gigantes que nos rodean por doquier. Vemos la caldera con el agua hirviendo y el humo que asciende hacia el cielo, mientras notamos el fuerte y apestoso olor a ácido sulfhídrico. Seguimos caminando y llegamos hasta una poza donde la gente se baña y se ducha bajo las cascadas que caen por paredes teñidas de colores por el azufre y otros minerales. El entorno es de una belleza increíble y mágica, pero volvemos caminando hasta el coche para seguir el ascenso. Por fin llegamos arriba y vemos la Lagoa do Fogo escondida entre la niebla, como las vacas que pastan en los verdes prados.





El tercer día vamos de excursión hasta la Lagoa das Furnas, aunque parece que estamos en el Parque de Yellystone por el paisaje: bajo las montañas cubiertas de bosques, cientos de calderas escupen humo y hacen hervir el agua de manera natural, lo que aprovechan los vecinos para cocinar. La verdad es que es todo bastante alucinante, yo había visto fenómenos volcánicos parecidos en Canarias, pero no en este paisaje tan verde y boscoso. Todo aquí tiene un aire mágico y diferente, como ese bosque que parece encantado...



Más extraña resulta aún la vecina localidad de Furnas, un pueblo rodeado de montañas y lleno de calderas por todas partes, o sea, columnas de humo blanco y peste a bomba fétida, que inunda incluso el nacimiento que se ha colocado por Navidad. Hay también un bonito jardín botánico con una poza donde uno se puede bañar por un módico precio, pero preferimos huir del pueblo y dejar atrás la peste que impregna todo, para dirigirnos hasta una bella playa de la costa sur. Por desgracia, el tiempo vuelve a dejarnos con las ganas de tomar el sol.



Es 31 de diciembre, así que por la noche vamos hasta la capital para celebrar el Fin de Año. Cenamos en un buen restaurante que reservamos ayer y después disfrutamos de la verbena de Nochevieja en la Plaza, con orquesta y petardos. Un año más nos quedamos sin tomar las uvas, ya nos pasó lo mismo el año pasado en Venecia. Ya sé que es una costumbre española, pero no puedo evitar echarla de menos cada vez que paso un Fin de Año fuera de mi país... Al día siguiente comemos en Lagoa, la tercera ciudad más importante de la isla, donde fotografío un mural con caras de niños, una imagen llena de ilusión para comenzar el año.


Y con esta imagen pongo fin al resumen de este viaje que ha dado mucho de sí, porque me he dejado cosas en el tintero. Me ha gustado San Miguel y aún me quedan ocho islas Azores por conocer, y mucho más por hacer, porque ni siquiera he hecho la actividad más típica de estas islas: avistar las ballenas y los cachalotes que surcan estas aguas del océano Atlántico. Supongo que en verano será mejor, para bañarse en el mar y tomar el sol, pero tampoco desecho volver para ver nacer otro año nuevo...















Gabriela dijo
¡Maravilloso viaje, el que has hecho! Preciosas y muy descriptivas fotografías, magnífica arquitectura, muy bien conservada se ve, y ya irás a disfrutar de sus playas cuando estén más cálidos los días... que yo sé que eso te gusta y ahora habrás echado de menos.
Hermosas lagunas aprovechan los cráteres, y las sales disueltas les dan color diferente a cada una...
Sí que te felicito por la elección que hiciste.
Besos.
8 Enero 2012 | 01:25 AM