Hay lugares en el mundo que deberían ser de visita obligatoria. Yo ya conocía algunos, como las Pirámides de Egipto, el Taj Mahal o la Gran Muralla China, pero ahora creo que los Templos de Angkor superan a los monumentos anteriores y a todos los que he visto. Es difícil transmitir su belleza, grandiosidad y variedad, porque es algo que hay que ver para creer. Aun así, como siempre trataré de compartir con vosotros esta maravilla a la que dedicamos dos días completos, que ponen punto final a este viaje por Singapur, Vietnam y Camboya.

Comenzamos nuestra primera jornada visitando Angkor Thom, la capital del reino jemer entre los siglos IX y XV. Habéis visto primero un templo que recuerda a las pirámides incas o aztecas precolombinas, situado junto a la entrada de la ciudad. Para entrar hemos de cruzar un foso, por el puente flanqueado por soldados de piedra que habéis visto en segundo lugar. Finalmente llegamos a la muralla y atravesamos la imponente puerta, coronada por las cabezas del Rey. Todas las puertas que se abren en esta muralla son iguales a esta.

El primer templo que visitamos dentro de Angkor Thom es el más espectacular de todos, el conocido como Bayón. De lejos parece que se trata de montones de piedras, pero todo cambia cuando nos acercamos y entramos. Nos sorprenden las estatuas de Buda y los relieves de bailarinas, pero sobre todo nos sorprenden las torres con las caras del Rey por los cuatro costados. Dicen que el rey que mandó construir este templo era tan egocéntrico que quería ver su cara por todas partes. Desde luego, las caras de piedra resultan impactantes.

De repente, comienza a llover de forma torrencial y hemos de permanecer en el interior del templo Bayón más tiempo del que habíamos pensado, para protegernos de la lluvia. Cuando para y salimos todo ha cambiado, ahora el templo se refleja en un estanque que se ha formado junto a él. Caminamos hasta el vecino Palacio Real, del que queda poco, tan sólo la Terraza de los Elefantes, donde se hacían las ceremonias reales, cubierta de hermosos y a la vez terribles relieves. Sobre esta terraza, la famosa estatua del Rey Leproso.

Salimos de la ciudad amurallada para visitar otro de los templos más famosos del recinto de Angkor, el conocido como Ta Prohm. Se hizo especialmente famoso por la película Tomb Raider, en la que Angelina Jolie interpretaba a Lara Croft. Aquí podemos ver cómo la selva invadió toda esta zona y los gigantescos árboles crecieron sobre el templo, arrasándolo pero dotándolo a la vez de una belleza única. Y es que la naturaleza siempre acaba imponiendo su fuerza sobre la obra del hombre, que trata de dominarla por todos los medios.

Comemos, visitamos varios templos más y descansamos junto a uno de los dos grandes estanques que hay a ambos lados de la ciudad amurallada. Estamos agotados pero queremos ver el atardecer junto al mayor de todos los templos, no solo de la zona sino del mundo entero, el famoso Angkor Wat. Pasamos junto a él por la mañana pero no quisimos parar porque había demasiados turistas. Vamos ahora, cuando empieza a caer el sol, sin saber que viviremos el momento cumbre del día y de todo el viaje que está llegando a su fin...

No tenemos tiempo de visitar bien el gigantesco templo, pero sí de disfrutar del atardecer. Los rayos del sol iluminan el templo dándole un aire mágico mientras nos alejamos de él. Es entonces cuando se da una curiosa conjunción: sobre el templo aparece un increíble arco iris mientras al otro lado, sobre el estanque, se dibuja la más bella puesta de sol que he visto en mi vida. Con esa imagen volvemos a Siem Reap a descansar, para volver aquí mismo al día siguiente. Queremos empezar la segunda jornada visitando bien este templo.

Angkor Wat es el único templo de la zona que no fue arrasado por la selva, sino que se mantuvo abierto al culto a lo largo de los siglos. Es un templo-montaña, que va creciendo en altura según vas avanzando hacia el interior. Nosotros subimos hasta lo más alto, por la empinada escalera,rodeados de turistas. Desde arriba las vistas son espectaculares y alcanzan toda la extensión del templo, con sus distintos recintos amurallados y rodeados de un foso. Después bajamos y salimos al exterior, para seguir visitando otros templos de la zona.

Visitamos muchos templos, no sé cuántos, pierdo la cuenta... Nuestro chófer nos lleva en el tuc-tuc de uno a otro, nos deja cerca y luego caminamos. Uno está rodeado de agua y hay que llegar a él por una pasarela de madera sobre los pantanos, donde los niños de la zona se bañan divertidos. Otro llama la atención porque un árbol ha crecido sobre la misma puerta del templo, así que hay que cruzar las raíces que abrazan la entrada. Todo es una aventura, una sorpresa, no paramos pero no queremos terminar de ver estas maravillas.

La última zona de templos que visitamos es diferente. Está más alejada y el paisaje es menos boscoso, más transformado por el hombre. Abundan aquí los cultivos de arroz, que aparecen inundados por las intermitentes lluvias que nos han acompañado los dos días. Los templos también son distintos, pues están construidos de ladrillo y arenisca en lugar de granito. La erosión ha transformado las ruinas en montañas que, reflejadas en el agua, recuerdan al paisaje de Halong Bay en Vietnam o de Yangshuo en China. Los búfalos pastan plácidamente en los verdes pastos y yo me despido de este increíble y mágico lugar que os invito a conocer.